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El mapa de los percances, reales o imaginarios, no se agota con estos nombres. Bajo una densa cortina de incertidumbre, todo, hoy, luce como una amenaza. La bancarrota de Lehman abre la caja de Pandora que ni la Fed ni el Tesoro se animaron a explorar cuando Bear Stearns implosionó. No sólo porque gatilla de inmediato una lluvia de activos para la venta, al obligar a desmontar una maraña de operaciones de repos (pases), bajo las peores condiciones imaginables. Cuando estalla una granada, nadie puede saber, a ciencia cierta, cuál será el recorrido de las esquirlas. Y la liquidación abrupta de toneladas de transacciones de derivados no es, por cierto, asimilable a un proyectil de mano. En rigor, hasta que decanten sus efectos, no será posible identificar el riesgo de contraparte con precisión. Quienes cubrieron su exposición a determinados contratiempos con un traje hecho a medida en Lehman, si sufren una avería, descubrirán que no basta con acertar el talle del chaleco antibalas si el que no cumple es el sastre. Una posición balanceada y a cubierto puede quedar desprotegida si no se echó mano a suficientes garantías. De ahí, el febril accionar de los traders de la ISDA (la asociación internacional de operadores de swaps y derivados) para compensar los negocios cruzados y reducir el impacto neto del percance. Vale tener presente que un jugador perjudicado por esta súbita hendija es una ficha de dominó que tambalea. Si sus espaldas no lo resisten, repercutirá en terceros y así sucesivamente. La teoría del caos asevera que el aleteo de una mariposa puede causar un sismo en las antípodas. Cuesta creerlo. Pero la caída de Lehman y la consiguiente destrucción de valor que presagia evocan, más bien, a una bandada de pterodáctilos que, de repente, se echó a volar en distintas direcciones.
Es verdad, ayer se sintió el temblor, pero no hubo un terremoto. Un mercado bajista («bear»), común y silvestre, garantizaría un Dow Jones en las inmediaciones de los 10 mil puntos y, con la caída estrepitosa de ayer, todavía restan consumir más de 900. A su vez, la Fed inyectó, con urgencia, 70 mil millones de dólares para calmar las aguas revueltas del mercado monetario. Aceptando como colateral, menos animales domésticos, toda la fauna de activos imaginable.Si al miércoles pasado,la ventanilla de redescuento había librado avances por 23 mil millones de dólares, cabe colegir que ayer se habrá reforzado la asistencia. Otros bancos centrales, en Europa y Asia Pacífico, debieron acudir a similares artilugios con idénticos propósitos. En EE.UU., la tasa de funds llegó a dispararse cuatro puntos por encima de su umbral de 2%. La tensión, así definida, es extrema. Hoy, la Fed podrá recortar la referencia (y otros bancos centrales plegarse en compañía), pero queda claro que lo que tumbó a Lehman no es la osadía de una tasa de interés a 2%. Ni lo que apagará el incendio, una mera rebaja de ocasión.
Nada nunca es tan desacertado o dañino como para no albergar un costado bueno. Desde ya, la cerradanegativa de las autoridades de los EE.UU. a conceder garantías surtió un efecto buscado. Las mediciones tomadas ayer, en Wall Street y las principales plazas financieras, recogen una sensible disminución en las partículas en suspensión de riesgo moral (moral hazard). Si el ambiente luce menos respirable es culpa, por entero, de una percepción de riesgo sistémico en rápido ascenso. Es un viejo dilema al que las autoridades, después de las experiencias de Bear Stearns y las dos grandes agencias hipotecarias, han resuelto darle una respuesta diferente. La bancarrota impone una disciplina que no exime, por primera vez, a los acreedores de su responsabilidad. Ya no sólo participan de las penurias los accionistas comunes o preferidos. Pero el camino de las quiebras acentúa el peligro de una profunda disrupción. Y , en estas horas decisivas, nadie puede asegurar que el remedio no sea más mortífero que la propia enfermedad. En cuyo caso, el contribuyente deberá correr con una doble maldición: lidiar personalmente con los destrozos y pagar una factura de magnitud sin precedentes.




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