No a la flotación
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• Sobrerreacción
Diez años de convertibilidad no fueron suficientes para generar instituciones fiscales que reconocieran la necesidad de implementar una política fiscal sustentable en el tiempo, y que pudiera capear los problemas de inestabilidad en el sistema financiero internacional. Suponer que tenemos esas instituciones, suponer que podremos manejar la política fiscal dentro de parámetros compatibles con una meta inflacionaria, y suponer que el Banco Central va a poder resistir la presión del gobierno nacional y de los gobiernos provinciales para no emitir todo lo que haga falta para financiar sus respectivos déficit es cerrar los ojos a lo que ha sido la experiencia argentina de los últimos sesenta años. Es claro que, si no hubiéramos tenido la convertibilidad, hoy tendríamos hiperinflación. Así somos los argentinos. Reconozcámonos y actuemos en consecuencia.
¿Cómo aplicar estas lecciones de nuestra historia para elegir el régimen cambiario? Lo óptimo sería mantener la convertibilidad, cumplir con las promesas a los tenedores de pesos y a los tomadores de crédito. Sin embargo, en el actual contexto, con una importante salida de capitales, esto implica un aumento considerable de la paridad cambiaria de equilibrio.
El gobierno debe hacer el esfuerzo de revertir la confianza, básicamente trabajando para lograr un superá-vit presupuestario sustentable, tanto a nivel nacional como provincial. Si esto no es políticamente viable, el tipo de cambio deberá subir a su nuevo valor de equilibrio -ya sea por vía de una mayor deflación o por vía de la devaluación-. De las dos alternativas, la menos costosa socialmente es una devaluación -aunque tendrá importantes costos, como veremos luego-, luego de la cual se vuelve a un ancla nominal sumamente rígida, que tenga en cuenta la debilidad de nuestras instituciones fiscales.
Cuanto mayor sea la fortaleza del gobierno, cuanto mayor la credibilidad que pueda inspirar y cuanto más rápido se prevea la reversión en el flujo de capitales, menor deberá ser la devaluación.
Una vez elegido el camino de la devaluación, la convertibilidad dejará de ser una alternativa válida, pues quien rompe una promesa no puede formular, a continuación, la misma promesa. Por lo tanto, la devaluación debe ser acompañada por un esquema más rígido aún que la convertibilidad. Un esquema que puede proveer esa rigidez, al mismo tiempo que no es susceptible de cambios futuros, es la dolarización en el contexto de un acuerdo con los Estados Unidos.
Por último, recordemos que la clase media --recla-mando, con razón, la disponibilidad de sus ahorros-se alzó contra el gobierno del ex presidente De la Rúa y provocó su caída. Una devaluación, con sus consecuencias sobre la distribución del ingreso y de la riqueza, puede producir un impacto sociopolítico aún más significativo que el congelamiento de los depósitos, sobre todo si se llega a un descontrol monetario.Y, en el contexto actual, la flotación puede llevar a ese descontrol.




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