Madrid - Tal como adelantó este diario ayer, José María Aznar y Néstor Kirchner tendrán una comida hoy a solas, fuera de protocolo. Sólo que durante el día se corrigió ese formato para agregar a las esposas (en sus antiguas negociaciones políticas el Presidente siempre bromeaba con que para concurrir en una fórmula él era más caro que el resto porque llevaba también consigo a su esposa). En efecto, los Aznar y los Kirchner saldrán esta noche a comer a un restorán elegido especialmente por el primer ministro. La zona a la que irán es el Madrid viejo o «de los Austrias», vecino a la Plaza Mayor y a su célebre Arco de Cuchilleros. Si bien la identidad del lugar se guardaba como un secreto bajo siete llaves anoche, un conocedor de La Moncloa apostó por el mesón Botín. Otro especuló que podría ser el menos conocido Casa Lucio. Habrá que ver.
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La idea que preside el encuentro es desentrañar las opiniones de Kirchner sobre varios aspectos de las relaciones exteriores argentinas que resultan borrosos para Aznar y también para George W. Bush. Uno de ellos es la relación con el Fondo Monetario Internacional y los acreedores del país; otro, la estabilidad política de Latinoamérica, cuestión que involucra varias incógnitas: la Bolivia de Evo Morales, el posible triunfo de Tabaré Vázquez en Uruguay, las tensiones sin solución de Colombia, por la guerrilla y el narcotráfico. También su visión de Brasil, cuya orientación económica la dirigencia española aprecia pero en cuya dimensión y capacidad de liderazgo desconfía (finalmente, España sueña con ocupar el rol de nave insignia de la región, a fuerza de invertir y hacer política).
Quienes asesoran a Aznar convencieron al primer ministro de que para despejar el verdadero sentir de Kirchner conviene no conversar con demasiado público, es decir, fuera de un contexto que lo obliga a menudo a asumir posturas demasiado rígidas o dedicadas «a la platea». Se verá si el viejo Madrid inspira ese sinceramiento que busca el dueño de casa. Después de todo, Aznar ya conoce el papel de preceptor de presidentes argentinos. Lo aprendió con Eduardo Duhalde, a quien también recibió en La Moncloa después de que el canciller le dijo: «Explícale tú cómo es el mundo porque a mí no me hace caso».
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