17 de julio 2001 - 00:00

Problemas golpean al Mercosur

Entre las turbulencias que tuvieron en vilo al gobierno en las últimas horas hubo una que pasó prácticamente inadvertida: el gobierno argentino estuvo a punto de reaccionar frente al de Brasil con una dureza tal que las relaciones se pusieron al borde de la ruptura.

El motivo fue comercial, como sucede últimamente, aunque pudiera tener raíces políticas por la idiosincrasia de los personajes en juego. El miércoles de la semana pasada, el secretario general de Itamaraty, Luiz Felipe de Seixas Correa, entregó al encargado de negocios de la embajada argentina en Brasilia una carta casi afrentosa en queja por la adopción de la Resolución 258, que mantenía para las importaciones desde Brasil el factor de empalme cambiario, lo que implicaría una reducción de hecho del arancel externo para productos similares de terceros países a los que, por esa resolución, no se les aplica el mismo empalme.


•Recelo

Seixas Correa aprovechó la ausencia de su jefe (el canciller Celso Lafer se encontraba en Lisboa dictando una conferencia sobre sus «Polaridades inciertas») y avanzó con una furibunda nota. Presa permanente del recelo hacia la Argentina, Seixas aprovechó ese instante de gravitación (siempre quiso heredar a su primo Luiz Felipe Lampréia pero Fernando Henrique Cardoso prefirió limitarlo a tareas burocráticas y nombró canciller a un intelectual como Lafer). Por segunda vez en poco tiempo, Seixas le hizo cometer un error también a Cardoso, excitando su fastidio contra Domingo Cavallo. El sociólogo, que suele preferir las bromas a los amigos, se lanzó en un reportaje concedido a «Valor económico» a hacer comentarios sobre la Argentina diciendo que «está en una crisis institucional». No tuvo respeto ni por los muertos, aunque fueran brasileños: en la misma nota se mofó del finado Mario Covas, ex gobernador de San Pablo, diciendo que «los votos se los ponía yo». Hasta José Serra, el candidato presidencial de su partido, salió mal parado en las declaraciones de Cardoso.

El activismo burocrático de Seixas (que como todo activismo suele ser de los peores) y la imaginación literaria de Cardoso llevaron la relación con el gobierno argentino al borde de la quiebra. A tal punto que la Cancillería habría preparado tres modelos de nota para responder la misiva del segundo de Lafer, una más dura que la otra. Cuando los textos llegaron a manos de Adalberto Rodríguez Giavarini, el canciller decidió una cuarta alternativa: no contestar. Al parecer le habría dicho a Susana Ruiz Cerruti, la secretaria de Relaciones Exteriores, que «responder, en este caso, es romper». En cambio, Giavarini se sirvió de la excelente relación que tejió con Lafer y lo llamó a Portugal. Con urgencia le reclamó una declaración de Cardoso que corrigiera el exabrupto de Seixas y su comentario sobre el trance argentino. «Celso, lo necesito antes de la reunión de gabinete que empieza en media hora. Sólo así podré darme por satisfecho delante de mis colegas y no agravar el estado de cosas en que nos encontramos.» Veinte minutos después Lafer le ofreció a su colega lo requerido: el entredicho comercial se seguiría discutiendo a nivel del Ministerio de Economía y Cardoso aclararía que sus impresiones fueron, en realidad, más interpretadas. A falta de mecanismos impersonales, este método va constituyendo una tradición: la empatía personal y el tino de los funcionarios (presidentes, cancilleres) salvaron a la integración de un percance serio.

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