Las recientes medidas lanzadas por el gobierno desempolvaron los recuerdos de algunas etapas pasadas. La comparación con el plan BONEX implementado en 1989 es inevitable. Aunque los economistas coinciden en afirmar que se trata de iniciativas claramente diferentes, admiten que ambas detentan una similitud fundamental: se les restan grados de libertad a los ahorristas, imponiéndoles restricciones sobre los montos y formas de disponer de su dinero. «El hecho de que un ahorrista no puede tener en su bolsillo el dinero al vencimiento del plazo fijo dispara instantáneamente una similitud con el plan BONEX», señaló Carlos Pérez, director ejecutivo de la Fundación Capital.
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Sin embargo, es cierto que las diferencias entre uno y otro plan son significativas. Mientras que el plan BONEX se trató de una confiscación de depósitos a cambio de títulos públicos con vencimiento en 10 años, las medidas recientemente lanzadas permiten disponer del total del dinero en forma instantánea, aunque no en efectivo. «Esto no es un plan BONEX y tampoco se está violentando la ley de intangibilidad de los depósitos», aclaró Pérez, para quien las nuevas medidas constituyen un «torniquete para detener la hemorragia».
Lo cierto es que muchos señalan que si bien no se priva de la totalidad de los fondos a los ahorristas, las medidas podrían actuar en los hechos como una restricción importante. «La gente va a tratar de usar el menor efectivo posible. De la noche a la mañana no se puede decirles a los verduleros, taxistas, etc. que implementen tarjetas de débito o crédito», explicó Pérez.
A fines de diciembre de 1989 el entonces ministro de Economía del gobierno de Carlos Menem, Erman González, sorprendió a los ahorristas al anunciar la confiscación de todos los depósitos a plazo fijo del sistema bancario. A cambio se entregaron bonos en dólares a 10 años, denominados BONEX 89. Estos títulos tenían dos años de gracia en el pago de capitales de intereses, con el objetivo de desahogar las arcas de un Estado que se debatía entre la insolvencia y la inflación. A partir del tercer año, el bono comenzaba a pagar intereses, mientras que el capital se amortizaba anualmente a razón de 12,5 por ciento.
Pero realmente fueron muy pocos los ahorristas que mantuvieron el bono hasta su vencimiento. Más aún si se tiene en cuenta que en esa época muchos plazos fijos se pactaban a una semana, por lo que la disponibilidad de fondos era más imperiosa que en un plazo fijo actual. La mayoría de los ahorristas optó por vender el título en el mercado secundario, y como consecuencia de ello, al poco tiempo, el bono cotizaba con una depreciación abismal que llegó a 75 por ciento.
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