Para los más de 1.000 millones de personas que en todo el mundo seguimos la fe católica, esta semana será difícil de olvidar (vaya en esto un homenaje a "hombre bueno" que ya no está con nosotros). Para los pocos millones que seguimos las peripecias del mercado bursátil norteamericano, resulta totalmente olvidable. Es que con la que acaba de terminar ya sumamos cuatro semanas consecutivas de una baja en la que el humor de los inversores más que en "mal humor" parece irse convirtiendo en desesperanza. Y una de las causas de esta desesperanza se llama estanflasión (proceso de recesión con suba de precios), una palabreja que no se escuchaba desde los '70, y que parece sentirse cada día más entre las charlas de los especialistas. Si no se quiere hacer un análisis tan "profundo" de las cosas podemos, como es casi una costumbre, culpar por la baja accionaria a la nueva suba del precio del petróleo, que trepando 4,43% quedó el viernes en u$s 57,27 por barril, un nuevo récord (nomina) histórico. Claro que frente a esta idea no podemos dejar de contraponer la baja que experimentó la tasa de interés, que de 4,58% retrocedió a 4,45% en las últimas cinco sesiones, y la suba del dólar que cerró en la ultima sesión en u$s 1,291 por euro y 107,53 yenes. Si en cambio preferimos remitirnos al efecto de los números de la macroeconomía sobre las acciones, debemos admitir que es cierto que en la jornada del viernes los del empleo estuvieron debajo de lo esperado. Pero ni 0,95% que perdió el Dow al cerrar en 10.404,3 puntos, ni 0,72% del NASDAQ, sugieren que éstos sorprendieron realmente a los inversores (de hecho los mínimos intradiarios se marcaron poco antes del cierre).
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