Una semana que se ganó el cartelito de « localidades sin numerar», donde cada uno debía ubicarse donde mejor pudiera y en los sitios que quedaran disponibles. Tanto le podía tocar el peor de los ángulos del recinto, como estar casualmente en el mejor de los sitios y en el momento preciso. Porque lo más peligroso del período atravesó por el indicador básico, el volumen, contraído o dilatado como siendo de una silicona bursátil moviéndose a discreción. Tanto se llegó a comprimir el jueves como a resucitar el viernes, y esos $ 85 millones para acciones superaron el mínimo virtual requerido -$ 70 millones-para funcionar bien. De ahí que el desborde tomador elevó todo en 1,6%.
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Sin poderse ver más allá de las narices, los operadores más audaces intentan penetrar la bruma y adivinar hacia dónde irán los negocios -y, en consecuencia, los precios-de la rueda siguiente: casi nunca mejor espejo de la política económica, que se dedica a manejar el día por día, sin aceptar reclamos por lineamientos más lejanos. El Merval consiguió en la semana 1,3% a favor, cerró en otro nivel máximo nominal: pero todos sabiendo que un día puede comerse faisán y, al otro, sólo las plumas.
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