El verdadero desafío del próximo gobierno no será reactivar la economía, ya que si el gobierno fuera bueno, la reactivación vendría sola. El verdadero desafío consistirá en crear una organización económica a prueba de balas, que nos permita crecer por espacio de dos o tres generaciones. El propósito de este artículo es identificar la causa de la declinación de nuestro país y proponer la correspondiente solución.
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Si me pidieran que identificara tan solo una causa de la declinación argentina en el siglo XX, respondería de inmediato: el sistemático repudio de los EE.UU. por parte de la sociedad argentina y de su dirigencia. De este repudio, que llega a nuestros días, sigue la mayoría de nuestros errores: el aislacionismo, el autoritarismo, la autarquía comercial, el centralismo fiscal y también la inflación, entre otros síntomas de inmoderación.
Juan Bautista Alberdi supo detectarlo tempranamente. En la década de 1850, Alberdi le dijo a Urquiza: «Sr. Presidente, firme tratados internacionales», de los cuales la Argentina no pueda echarse atrás. ¡Qué notable comprensión del comportamiento histórico de nuestro país puso de manifiesto Alberdi en ese consejo! Ya adivinaba que la volatilidad crónica era un rasgo distintivo de la nueva nación, por su juventud, por su tradición hispánica o por su lejanía del mundo desarrollado, y también adivinaba que la solución era someterse en forma voluntaria a reglas y pactos supranacionales. Alberdi intuía que la Argentina no debía quedarse a la intemperie, que debía entrar en un gran club, porque la pertenencia a un gran club imparte un sesgo de moderación y previsibilidad a la conducta de los socios. En otras palabras, intuía que las reglas supranacionales pueden ser civilizatorias, que nos pueden ayudar a salvarnos de nosotros mismos.
• Sociedad tácita
El consejo de Alberdi se materializó en la sociedad comercial tácita que nuestro país tuvo con Gran Bretaña en el período 1860-1930. Antes de 1860, la Argentina estuvo a la intemperie y declinó; después de 1930, volvió a quedar a la intemperie y volvió a declinar. Decimos que somos pro europeos cuando en realidad somos antinorteamericanos. Este engaño nos hace mal; un país no puede funcionar en contra de algo; sólo puede funcionar y prosperar cuando está a favor de algo.
Desde 1930, los argentinos vivimos en el edificio económico que construyó Federico Pinedo en sintonía con el mundo fragmentado de entonces. Sus tres pilares básicos siguen en pie: emisión de dinero sin respaldo, proteccionismo industrial y unitarismo tributario. Con el paso del tiempo, ese edificio fue abusado y ya no le sirve a nadie. Ahora se impone construir un nuevo edificio económico.
Como primera medida, el nuevo gobierno debe meter al país dentro de un gran club. Para nosotros, ese club es el NAFTA, como para los españoles y los irlandeses ese club ha sido la Unión Europea. La Argentina debe apuntar a convertirse en socia preferencial de los EE.UU. en Sudamérica, como Inglaterra lo es en Europa, Israel en Medio Oriente, Australia en Oceanía y el Japón en el Extremo Oriente.
La piedra angular del nuevo edificio económico argentino será, entonces, una sociedad preferencial con los EE.UU. En este marco, y en vista de que la Argentina se ha quedado sin instituciones económicas fundamentales, la propuesta es importar instituciones de los países que las tienen de probada calidad. La moneda sin respaldo fue sepultada por la hiperinflación en 1989; la banca confiable fue sepultada por el «corralito» en 2001; la posibilidad de exportación en gran escala fue sepultada por el Mercosur, y la posibilidad de una buena gestión del gasto público fue sepultada por el unitarismo inherente a la coparticipación federal de impuestos. En síntesis, la propuesta es dolarizar, abrir una banca offshore e ingresar al NAFTA. También incluye la descentralización de los grandes impuestos nacionales para que las provincias y los municipios se autofinancien.
Esta propuesta no es original. Sólo trata de copiar las exitosas experiencias de Irlanda y España, que reemplazaron sus viejas monedas por el euro y se abrieron al libre comercio con la Unión Europea. Tampoco es original en la historia de nuestro país, porque sólo trata de reproducir el proyecto de la generación del '80 en un nuevo envase; el viejo patrón oro se llama ahora dólar y el centro de la economía mundial se mudó hace mucho de Londres a Nueva York.
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