Una manta corta para la noche larga del coronavirus

Economía

La capacidad para priorizar la vida para luego atender la economía recaerá sobre tres dimensiones clave: el sistema de salud, las medidas de distanciamiento social y contención del virus y el estado de la economía y la deuda pública. La economía y la deuda, eslabones débiles.

El coronavirus ya llegó y la Argentina mostró sus cartas. Primero la vida, después la economía. ¿Hasta dónde podrá seguir el juego? La capacidad de sostener dicha estrategia recaerá sobre tres dimensiones clave: el sistema de salud, las medidas de distanciamiento social y contención del virus y el estado de la economía y la deuda pública.

Un sistema de salud avanzado… pero no tanto

El país cuenta con un sistema de salud dotado de buenos recursos (materiales y humanos), aunque su calidad a lo largo y ancho del país es despareja.

En el plano internacional, el sistema es relativamente avanzado a nivel de la región, pero sus condiciones distan de los sistemas de salud de países de primer mundo, muchos de los cuales están siendo desbordados por el coronavirus.

En la coyuntura, las variables críticas son las camas de terapia intensiva (disponibles y equipadas con respirador), el personal especializado y la capacidad de diagnóstico. En todos los casos, existen limitaciones que serán más relevantes a medida que la epidemia se acelere (ver cuadro).

De esta manera, la resiliencia del sistema de salud dependerá de la eficacia de las medidas de distanciamiento social implementadas para aplanar la curva de infecciones, y evitar su colapso.

Distanciamiento social: temprana reacción del Gobierno

De hecho, un rasgo distintivo del caso argentino es la velocidad en la adopción de las medidas de distanciamiento social. Si bien otros países tomaron medidas similares al mismo tiempo ya se encontraban en estados más avanzados de la epidemia (ver cuadro).

p7-crisis.jpg

Aquí anida una serie de incógnitas. ¿Cuán eficaces serán estas medidas para atemperar el proceso de contagio y, en última instancia, alcanzar el objetivo principal de reducir el número de fatalidades? ¿Qué dimensión tendrá su impacto adverso en la economía?

La economía y la deuda, los eslabones más débiles

El paquete de medidas anunciado a la fecha incluye una transferencia de emergencia a empleo doméstico, trabajadores informales y monotributistas de bajos ingresos; una ampliación del seguro de desempleo; la exención del pago de contribuciones patronales así como el congelamiento de los alquileres y la suspensión de los desalojos y de corte de servicios por falta de pago para los sectores más vulnerables. Si bien el costo inicial estimado por el FMI asciende a 1% del PBI, la extensión de las restricciones y su efectos adversos harán que el costo final, aunque incierto, sea significativamente más elevado.

El espíritu de las medidas económicas está alineado con el de las implementadas en el resto del mundo: tratar de minimizar el inevitable impacto recesivo, priorizando a los sectores más desfavorecidos y protegiendo las fuentes de trabajo.

En este caso, la característica que distingue a la Argentina es la frágil situación ex-ante de la economía.

Antes de la coronacrisis, el país ya atravesaba una coyuntura delicada. En recesión desde 2018, la Argentina exhibía una tasa de desempleo de 10,6%, con un sector informal en torno a 40% del empleo total, una tasa de pobreza de 35,6%, una deuda pública (bruta) de 88% del PBI y una inflación estimada en 40% para 2020. En la carrera económica contra la pandemia, la nación no larga como las demás, corre desde atrás y le da una recesión de ventaja al virus.

Las herramientas para atravesar la tormenta son pocas; la incertidumbre, mucha. El espacio fiscal es cuasi nulo. La Argentina cuenta con una alta presión tributaria (alrededor de 32% del PBI, comparado con 25% en promedio en América Latina) y una elevada tasa de informalidad. Por ende, el margen para recurrir a una nueva suba de impuestos es inexistente. Por otro lado, el espacio fiscal se reducirá aún más con el derrumbe la actividad y su impacto en las arcas públicas; efecto que se acentuará si el contribuyente vapuleado por la crisis privilegia otros gastos urgentes y difiere el pago de impuestos. Dicho de otro modo, el comportamiento del contribuyente determinará la magnitud del impacto fiscal efectivo.

Cerrados los mercados voluntarios de capital, la Argentina negocia una refinanciación de su deuda pública. Un acuerdo basado en una quita moderada de valor presente con extensión de plazos de pago –y un período inicial de gracia– podría resultar una jugada de ajedrez que fabrique un margen adicional de maniobra. Ello permitiría alejar el fantasma de un default y dejar de amortizar deuda neta, bajar el riesgo país, conceder un alivio financiero al sector privado y recrear un mercado de crédito en pesos, destruido por los reperfilamientos forzados. En ese mismo marco, el gobierno debería buscar transformarse en un receptor activo de los programas de apoyo en la lucha contra el coronavirus del FMI, el Banco Mundial y otros multilaterales. Así mismo, sería deseable promover una ampliación de los derechos especiales de giro (DEG) del FMI para aumentar las reservas líquidas de los estados miembro, como se hizo durante la crisis de 2009.

El Banco Central, hasta ahora con las manos atadas por la alta inflación, se liberará para priorizar los nuevos objetivos de la política económica. En los hechos, será el financista de última instancia de la cruzada sanitaria aunque, a diferencia del primer mundo, lo hará sin garantía de buen colateral y en un país al borde del default. Los controles de capitales y de precios anteriores a la epidemia podrán contener el efecto inflacionario del aumento inicial de la emisión neta en pesos. En lo inmediato, las restricciones bancarias y la propia cuarentena, recortarán la velocidad de circulación del dinero y hasta podrían generar una demanda extra de efectivo para cubrir las necesidades del día a día. En la medida que el sector privado liquide ahorros en moneda extranjera para afrontar obligaciones perentorias en moneda local, dicha emisión sería compatible con una relativa calma cambiaria. Pero se trataría de un equilibrio circunstancial ya que finalmente la demanda de dinero se reducirá por la fuerte caída de la producción y las transacciones. Con el deterioro ostensible de la situación fiscal, precios de commodities en baja y la postergación indefinida de la carta que suponía Vaca Muerta; el horizonte cambiario de mediano plazo se complicará aún más.

Minimizar fatalidades sin herir de muerte a la economía, será posible?

El desafío es enorme. La noche del coronavirus será larga y la manta es muy corta. Sin dudas, la tarea del gobierno, dada la escasez de recursos es una misión casi imposible. “Si el dilema es la economía o la vida, yo elijo la vida”, dice el presidente Fernández. “Después veremos cómo ordenar la economía”. Está claro que la prioridad es minimizar las fatalidades, que la sociedad y el espectro político la apoyan, pero si hay un muerto que el sistema de salud no se puede permitir es la economía. En rigor, habrá que ocuparse de ella en todo momento, aún si se tomó la decisión de elegir la vida. La cuarentena podría hacerse añicos si se rompe la cadena de pagos y de abastecimientos por una avalancha de quiebras y un estallido económico. Y el día después, quedará el desafío de afrontar las consecuencias de la monetización de la crisis en un contexto de oferta de dinero excesiva, muy alta inflación y una sociedad empobrecida, que tras un enorme sacrificio emergerá aún más pobre.

Dejá tu comentario