13 de febrero 2008 - 00:00

Venezuela: una revolución roja para los boligarcas (tercera nota)

• El amor no es eterno

Quien busque en Venezuela, como la enviada especial de este diario, el saldo revolucionario y «rojo» (para explicar la utilización corrompida en el Caribe de la palabra marxista), se llevará una sorpresa: en el medio del mar de los altos precios del petróleo, de una riqueza árabe, Hugo Chávez sólo logró bajar en parte el porcentaje de los pobres, conservar una brutal disparidad económica entre sectores y, sobre todo, propiciar que los ricos cada vez más ricos de su tierra (los boligarcas) ostenten una lujuria del consumo que jamás imaginaron los menemistas de antaño denunciados por el kirchnerismo. Importan entonces las estadísticas, los recorridos y las confesiones de un régimen que dice ser lo que no será; también el pensamiento de un socio militar de Hugo Chávez que hoy se le ha puesto enfrente.

Zoraida, delegada barrialde una villa caraqueña,es de las pocas quese anima a denunciarlas fallas de larevolución bolivariana.
Zoraida, delegada barrial de una villa caraqueña, es de las pocas que se anima a denunciar las fallas de la revolución bolivariana.
Caracas - «¡Ahora sí que Chávez cumplió su promesa de acabar con los pobres!». La ironía proviene de Zoraida, líder vecinal del barrio Caucagüita, una villa de emergencia de 650 familias ubicada bien alto en los cerros del Petare, en el este de Caracas.

Si alguna vez Zoraida llegó a votar por Chávez, hoy lo oculta. «No se puede prometer amor eterno», y agrega: «Por fin, la gente ya se despierta de esta mentira, esto de la revolución bolivariana». Al subir por los estrechos callejones, los vecinos que se asoman o saludan no llegan a mostrarse tan locuaces como su delegada barrial. Tienen temor, se percibe. «Cuéntale que tu niño interrumpió su tratamiento porque los médicos cubanos dejaron de atender», pide Zoraida. Se refiere al programa «Barrio Adentro», una de las 3.000 misiones bolivarianas para asistencia sanitaria. Se calcula que en los últimos meses, por escasez de medicamentos e insumos, y deserción del personal médico, cerca de 700 de estas misiones ya bajaron la persiana (los cubanos no están regresando a la isla, sino que se « triangulan» hacia otros países del Caribe e incluso de Estados Unidos).

«Muéstrale las marcas de balacera en tu casa.» «Dile lo que pasa con los chamos (muchachos) de los Círculos Bolivarianos.» «Cuéntale que no encuentras harina.» La letanía del fracaso. Aunque el hastío y el desencanto trascienden -son nueve años de Chávez y es mucho tiempo-, todavía el sentimiento que prevalece es el miedo a la represalia. Zoraida es de las pocas que se animan. Las respuestas, los descargos, en la mayoría de los del barrio, se guardan. Nadie quiere decir su nombre. Todos pasan apresurados. «Fotos no», es lo que piden. Quieren, está claro, preservar un puesto de trabajo, o un plan social, o a un pariente en la política o en el gobierno.

  • Cáscara

  • Basta mirar los módulos (así llaman a los hexágonos que construye el gobierno para alojar las distintas «misiones») para comprobar que están nuevos. Sin nada adentro. Pura cáscara. La policía, como una transpolación de la de la provinciade Buenos Aires, no da abasto: de los 600 efectivos asignados para patrullar los cerros del Petare, 350 de ellos están custodiando a diputados y concejales. La violencia, también, llegó a los Círculos Bolivarianos, especie de «unidades básicas» a la venezolana y cuyo fin era adoctrinar al pueblo en el socialismo siglo XXI. Ahora, en el descontrol, son aguantaderos de matones. «¡No están con política sino con armas y se las dieron a 15 chamos que están metiendo miedo a metralla en el barrio!», denuncia Zoraida.

    En los barrios pobres vive el estrato E de la población. Son obreros y amas de casa, con tres hijos o más. Es justamente esta porción de la población (53% de los venezolanos) la que más se había beneficiado con las políticas sociales del gobierno de Chávez. De acuerdo con un estudio de la empresa Datos (especializada en estadísticas y encuestas), 18% de esta franja aprovechaba las bondades de al menos dos de estas misiones (ver recuadro) a la vez. La Misión Robinson (planes de alfabetismo y de escuela primaria) es la más popular entre las amas de casa.

    Además de este «bienestar» social, los ingresos de la clase E aumentaron 92% en términos reales entre 2003 y 2007.

    Aunque si se pone la lupa sobre los últimos años, se puede comprobar que en 2006 el aumento fue de 23% y en 2007 de apenas 5,5%, también en términos reales. La canasta básica de alimentos está calculada en BsF 1.073 y el ingreso medio de la clase E en BsF 2.000, renta mensual que no llega a cubrir las necesidades elementales, ya que al sumarle servicios, vestimenta y calzado, gastos de salud, educación y vivienda, el presupuesto llega a BsF 2.588. Inflación y escasez son una combinación letal. Al gobierno de Hugo Chávez le va mal con los alimentos. « Desabastecimiento», dicen los consumidores; «acaparamiento», dicen en el gobierno. Más allá de la semántica, solamente los de ingresos altos -que ni pestañean al pagar por vinos franceses, quesos suizos, carne argentina o caviar iraní- se salvan del vía crucis para encontrar comida.

    Soluciones gubernamentales como los Mercal ( minimercados populares con productos que provee el Estado), o las Casas de Alimentación ( comedores para niños) no alcanzan. Es que Venezuela, enfocada exclusivamente hacia la exportación del petróleo, produce poco e importa casi la totalidad de sus alimentos (un millón de toneladas anuales). El enojo de Chávez con Colombia y la militarización de la frontera ya han hecho profundos cortes en la cadena de abastecimiento. El cuello de botella en la distribución es tal, que las Casas de Alimentación abren cuando pueden, es decir, cuando tienen algún alimento para ofrecer a los niños.

    ¿Chávez perdió el apoyo de los pobres? ¿El sueño del chavismo ha muerto? Todavía no. Sobre todo porque no tiene aún con qué reemplazarse. En agonía está, eso sí. Inflación, escasez de alimentos básicos, fallas gruesas en la atención sanitaria. Y ese desmadre, de parte del presidente Chávez, en agredir todo lo de afuera: los medios de comunicación, Colombia, los tamberos, las distribuidoras alimentarias, las petroleras internacionales. Una lista interminable de amenazas. Eso cansa.

    La clase obrera siempre apoyó masivamente a Chávez. Aunque en el referendo del 2 de diciembre pasado, los barrios caraqueños, como éste que visitó Ambito Financiero, mostraron una abstención de 64%. Fue la primera vez que el imbatible Hugo Chávez no sólo perdió una votación sino que su pueblo, su sustento electoral, le contestó con un «faltazo». Resta sumar un último ingrediente. Quien lo aporta, en el barrio Caucagüita, es un joven de unos veintipico de años, encargado de uno de los centros recreativos del barrio. «Ellos (por el gobierno de Chávez) se vienen ensuciando en política como todos los anteriores. Si no, ¿cómo me explicas que empiecen en bicicleta y que estén ahora arriba de las Hummer?». Y cuando percibe que uno toma nota de lo que acaba de decir, me advierte: «No menciones mi nombre, que aunque haya corrupción en la política, no quiero perder mi trabajo». Y ese tema será otra nota.

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