Venezuela: una revolución roja para los boligarcas (tercera nota)
• El amor no es eterno
Quien busque en Venezuela, como la enviada especial de este diario, el saldo revolucionario y «rojo» (para explicar la utilización corrompida en el Caribe de la palabra marxista), se llevará una sorpresa: en el medio del mar de los altos precios del petróleo, de una riqueza árabe, Hugo Chávez sólo logró bajar en parte el porcentaje de los pobres, conservar una brutal disparidad económica entre sectores y, sobre todo, propiciar que los ricos cada vez más ricos de su tierra (los boligarcas) ostenten una lujuria del consumo que jamás imaginaron los menemistas de antaño denunciados por el kirchnerismo. Importan entonces las estadísticas, los recorridos y las confesiones de un régimen que dice ser lo que no será; también el pensamiento de un socio militar de Hugo Chávez que hoy se le ha puesto enfrente.
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Zoraida, delegada barrial
de una villa caraqueña,
es de las pocas que
se anima a denunciar
las fallas de la
revolución bolivariana.
Además de este «bienestar» social, los ingresos de la clase E aumentaron 92% en términos reales entre 2003 y 2007.
Aunque si se pone la lupa sobre los últimos años, se puede comprobar que en 2006 el aumento fue de 23% y en 2007 de apenas 5,5%, también en términos reales. La canasta básica de alimentos está calculada en BsF 1.073 y el ingreso medio de la clase E en BsF 2.000, renta mensual que no llega a cubrir las necesidades elementales, ya que al sumarle servicios, vestimenta y calzado, gastos de salud, educación y vivienda, el presupuesto llega a BsF 2.588. Inflación y escasez son una combinación letal. Al gobierno de Hugo Chávez le va mal con los alimentos. « Desabastecimiento», dicen los consumidores; «acaparamiento», dicen en el gobierno. Más allá de la semántica, solamente los de ingresos altos -que ni pestañean al pagar por vinos franceses, quesos suizos, carne argentina o caviar iraní- se salvan del vía crucis para encontrar comida.
Soluciones gubernamentales como los Mercal ( minimercados populares con productos que provee el Estado), o las Casas de Alimentación ( comedores para niños) no alcanzan. Es que Venezuela, enfocada exclusivamente hacia la exportación del petróleo, produce poco e importa casi la totalidad de sus alimentos (un millón de toneladas anuales). El enojo de Chávez con Colombia y la militarización de la frontera ya han hecho profundos cortes en la cadena de abastecimiento. El cuello de botella en la distribución es tal, que las Casas de Alimentación abren cuando pueden, es decir, cuando tienen algún alimento para ofrecer a los niños.
¿Chávez perdió el apoyo de los pobres? ¿El sueño del chavismo ha muerto? Todavía no. Sobre todo porque no tiene aún con qué reemplazarse. En agonía está, eso sí. Inflación, escasez de alimentos básicos, fallas gruesas en la atención sanitaria. Y ese desmadre, de parte del presidente Chávez, en agredir todo lo de afuera: los medios de comunicación, Colombia, los tamberos, las distribuidoras alimentarias, las petroleras internacionales. Una lista interminable de amenazas. Eso cansa.
La clase obrera siempre apoyó masivamente a Chávez. Aunque en el referendo del 2 de diciembre pasado, los barrios caraqueños, como éste que visitó Ambito Financiero, mostraron una abstención de 64%. Fue la primera vez que el imbatible Hugo Chávez no sólo perdió una votación sino que su pueblo, su sustento electoral, le contestó con un «faltazo». Resta sumar un último ingrediente. Quien lo aporta, en el barrio Caucagüita, es un joven de unos veintipico de años, encargado de uno de los centros recreativos del barrio. «Ellos (por el gobierno de Chávez) se vienen ensuciando en política como todos los anteriores. Si no, ¿cómo me explicas que empiecen en bicicleta y que estén ahora arriba de las Hummer?». Y cuando percibe que uno toma nota de lo que acaba de decir, me advierte: «No menciones mi nombre, que aunque haya corrupción en la política, no quiero perder mi trabajo». Y ese tema será otra nota.




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