“Se terminó el alto el fuego”, señaló el presidente Trump, iracundo, en la reunión de la Otan. Dos buques que atravesaban el estrecho de Ormuz fueron atacados, por Irán el lunes pasado. Y Estados Unidos tomó represalias. “Se cayó el Memorándum de Entendimiento”, dijo Trump. ¿Y, ahora qué? Una lluvia de misiles cruzados sobrevino trascartón. ¿Volvemos a la guerra? Los mercados no creen que la historia se repita. El crudo Brent trepó 5% desde niveles deprimidos, propios de la pre-guerra. Pero no amagó siquiera con romper el umbral de los 80 dólares por barril, el piso en tiempo de hostilidades. La Bolsa también acusó recibo. El S&P 500 retrocedió 0,45% el martes y 0,28% el miércoles. Pero recuperó todo, y un poco más todavía, el jueves. Sin que mediaran noticias, el viernes remató una semana en alza: +1,3%. No importa lo que diga Trump. Wall Street no cree en lágrimas. El S&P 500 quedó solo a un paso – 0,45% - de los récords.
Wall Street no cree en otra guerra y sigue subiendo: las tasas de interés apuestan al boom de la IA
Los mercados financieros minimizan la escalada geopolítica en Medio Oriente, mientras los rendimientos de los bonos reflejan expectativas de mayor crecimiento impulsado por la revolución tecnológica.
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Wall Street no cree en otra guerra y sigue subiendo: las tasas de interés apuestan al boom de la IA.
Nadie niega el crescendo de los actos de violencia. Pero, todos son de mecha corta. Acciones individuales, no una ofensiva continuada. El fuego arrecia el fin de semana. Ya sucedió antes que todo cede cuando reabren los mercados. Bajo esa óptica, lo de Trump es un exabrupto. Uno más. Después de las represalias, no se vuelve a la guerra sino a la mesa de negociación. La razón es clara: el ánimo guerrero se agotó a fines de marzo. El 7 de abril se pactó una tregua de dos semanas que se mantuvo invariablemente desde entonces. El Memorándum de Entendimiento se firmó el 17 de junio a modo de acuerdo provisional con vistas a arribar en el plazo de dos meses a la paz definitiva. EEUU hizo notables concesiones – entre ellas, eliminar sanciones, algunas con más de 40 años de vigencia – que ahora revoca. Lo urgía reabrir el paso por Ormuz y evitar, según Trump, “una catástrofe económica”.
En el apuro, se decidió que el régimen futuro de navegación por el estrecho quedara en una zona gris carente de definiciones precisas más allá del no cobro de peajes o comisiones por el plazo de 60 días. Es sabido que los países ribereños – Omán y especialmente, Irán – tienen precisamente esas pretensiones. La libre navegación fue la principal víctima que produjo la guerra. Y será imposible resucitarla.
A pesar de todos los peligros entre 30 y 40 navíos transitan Ormuz desde que se firmó el acuerdo provisional. Los mercados de energía volvieron a estar bien abastecidos muy rápidamente. Aunque en buena medida porque China redujo su demanda de importaciones durante la guerra y no volvió a incrementarla. Irán facilita la navegación por las rutas del norte, las suyas, para todos aquellos que se someten a sus instrucciones. EEUU quiere reflotar la ruta previa a la guerra (a la que hay de desminar todavía) o, por lo menos, que haya una ruta omaní libre de su tutela. Irán, con sus ataques constantes, boicotea esa alternativa. Si Trump quisiera volver a la guerra debería restablecer el bloqueo naval. Ahí se lo tomaría en serio.
Pero ya aprendió que la guerra no sería ninguna solución duradera. Ni siquiera tomar el control físico del estrecho serviría. Con más de mil kilómetros de costa, Irán siempre podría hacerle la vida imposible a la navegación comercial. Y a la par podría también bloquear Bab el Mandeb (usando a los hutíes, uno de sus grupos proxies). Esa es la conclusión a la que llegó Wall Street cuando relanzó vigorosamente el bull market en abril. A la postre, surgirá un acuerdo que contemplará el pago de servicios marítimos. En el largo plazo, sí, la oferta de la región deberá buscar otras salidas y/o perderá incidencia en el mercado mundial.
Las minutas de la última reunión de la Fed fue la otra gran noticia de la semana. Se repite textual: dentro de la “mayoría” de los participantes que ven escenarios en los que la inflación baja rápido, “casi todos” apoyarían mantener las tasas donde están, o un recorte. Pero lo opuesto también se verifica. Entre los que sostienen escenarios en los que la inflación se mantiene elevada, “casi todos” favorecerían endurecer la política monetaria. Gracias al mapa de puntos, una rémora del viejo estilo de comunicación que Kevin Warsh quiere eliminar, se sabe que el banco central está dividido en mitades, sin contar a Warsh quién optó por no emitir opinión. Sin embargo, sus promotores de la Administración Trump han dicho que Warsh no quiere subir las tasas (Kevin Hassett dixit) pero enfrenta un directorio hostil que puedo obligarlo a hacer lo incorrecto (Trump y Hassett dixit).
¿Qué pasará en la próxima reunión?
En la Cumbre del BCE en Sintra, Warsh puntualizó que las expectativas de inflación y los riesgos inflacionarios habían disminuido desde el último cónclave de la Fed. Esta semana prestará testimonio ante el Congreso, martes y miércoles, y podrá explayarse más. También se conocerá la inflación de junio. Y lo que se espera es una desaceleración que haga bajar la lectura interanual de 4,2% a 3,8%.
Con el traje de halcón puesto, Warsh podrá cómodamente dejar las tasas dónde están. Todo luce prolijo, pero, ¿es así? Los bond vigilantes, se sabe, tienen sus propias opiniones. Las tasas del Tesoro no se mantienen estables, operan en alza firme. La de dos años trepó 10 puntos base en la semana. El viernes cerró en 4,21%. El techo de fed funds se ubica en 3,75%. La brecha creciente revela una presión para endurecer la política monetaria, a la que tarde o temprano habrá que prestarle atención.
Las tasas largas no desentonan y también se elevan. Más de 10 puntos base en la semana. La de 30 años volvió a instalar campamento al norte de 5%. La de 10 años por encima de 4,55%. ¿Qué les pasa a los bonos que son tan díscolos? ¿No piensan que la caída de los precios de la energía se encargará de bajarle los humos a la inflación? ¿No le creen a Warsh cuando hace hincapié en su celo antiinflacionario? ¿O desconfían de un doble discurso?
El problema no es la inflación. Como señaló Warsh, las expectativas que albergaban los bonos cayeron a plomo. La inflación interanual trepó a 4,2% por culpa de la guerra. Las expectativas de inflación implícitas subieron levemente, a 2,5% en junio. Pero ahora regresaron a su nivel de comienzos de año: 2,20-2,25%. Los bonos no dudan de la promesa de Warsh: la Fed cumplirá con su mandato de regresar la inflación a su meta de 2%.
El motor de la suba es el ascenso de las tasas de interés reales. Un animal diferente. Ubicada en 1,70-1,80% antes de la guerra, la tasa de los bonos del Tesoro ajustables por inflación (TIPS) a diez años, aumentó con los avatares bélicos. Tocó 2,10% en abril. Y aflojó después de la tregua del día 7. Pero, desde mayo, no obstante el cese del fuego y el posterior acuerdo provisional con Irán, la tasa real retomó la escalada y no pisa el freno. Que el crecimiento previsto de la economía se haya calmado – de más de 3% a 1,3% según el pronóstico en tiempo real de la Fed de Atlanta – no la sujetó en lo más mínimo.
No hay mejor explicación de esta pujanza que el boom de la inteligencia artificial (IA). Que es algo en lo que también creen fervorosamente Kevin Warsh y la Administración Trump. La ironía es que tamaña bonanza demanda más capital y propicia el aumento de la tasa real. No es la idea que Warsh les vendió a sus mentores cuando estaba en “campaña” para suceder a Jay Powell. Este cambio de paradigma es distinto al que identificó Alan Greenspan en los años 90 con el auge de Internet (y la inflación controlada). Es posible que en el largo plazo, la IA sea un factor desinflacionario importante. Hoy por hoy, la IA se traduce en un fuerte exceso de demanda de capital. Y presiona a favor de un aumento de las tasas (nominales y reales) en vez de propiciar una baja. Si su contribución final es una economía significativamente más productiva, no habría nada de extraño en que además promueva una tasa real de equilibrio (o tasa natural) más alta y, no de forma circunstancial, sino permanente.



