A tal punto ha llegado la pendiente que el Merval está viendo peligrar hasta los que parecían lejanos 2.000 puntos, alcanzados hace mucho tiempo atrás. Y, de hecho, lo magro y trabajoso que se había podido acumular en el camino de 2007 se fue por la rejilla: y desde el jueves que nuestro Merval muestra signo negativo, debajo del cierre de 2006. Los dos datos que pueden dar la cruda síntesis, para el momento que se vive en los mercados. Y en el nuestro, en especial, porque parece haber sido tomado entre dos fuegos: el que llega con su larga llamarada de los desastres iniciados con el Dow.
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Y le agrega leña autóctona, con la serie de dislates que se han venido cometiendo en torno a títulos públicos, ahogo de financiación externa y balances empresarios que dejan grabada la huella, de los márgenes que se pierden.
A esto se le puede sumar una voz de alto rango gubernamental que se complace en dispersar que un «acreedor» es casi un enemigo y que merece ser maltratado (Alberto Fernández, justificando al índice falseado del INDEC).
En la caldera
Recuerdo de vieja y exitosa serie de TV («La caldera del diablo»), la trama que se está llevando adelante es como lava hirviente que cayó sobre los índices del mundo. La pregunta del día viene resultando siempre la misma: ¿y dónde se estabiliza esto?
En realidad, la pregunta debería ser otra: ¿dejarán que se decante bien o volverán con los parches que se colocan desde febrero? El Merval acusó la semana más que los otros, bajando 4,4 por ciento y quedando en 2.053 peligrosos puntos, mientras el Bovespa sólo cayó 0,4% y el Dow hasta tuvo un ligero saldo positivo, de 0,5 por ciento.
Los «gurúes», de afuera y de adentro, han variado sus mensajes y acomodándose al escenario sin ningún pudor: con lo que aumenta más la confusión. Sólo queda esperar y ver. Siempre se arranca de nuevo y mejor ahora, desde abajo, que la Bolsa no termina nunca. Y la nuestra, tampoco.
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