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Acuerdo resuelve problema (equivocado)
Lawrence Summers (*)
Los elementos que fueron dando forma al pacto y el pacto en sí mismo son multifacéticos, y así también es la reacción que genera. La mía tiene varios aspectos.
Alivio. Estados Unidos no caerá en la primera suspensión de pago de su historia; no habrá necesidad de una austeridad a corto plazo que dañe la economía; no habrá un ataque a los programas claves de protección social de la nación o de cobertura universal de salud; y tampoco otro lamentable espectáculo como el del mes pasado en al menos otros 15 meses.
Todo esto estuvo en duda hace apenas una semana, cuando la intransigencia del Congreso amenazaba con transformar en insoluble el problema de elevar aceptablemente el techo de la deuda.
El juramento hipocrático aplica a la economía tanto como a la medicina y por lo tanto no es algo menor que el Gobierno haya alcanzado un acuerdo que no cause daños inmediatos. Bien podría ser que no haya habido posibilidad de conseguir un pacto mejor dada la dinámica política del Congreso.
Cinismo. Un observador objetivo podría predecir que habrá un mayor déficit presupuestario en Estados Unidos en los próximos años fiscales de los que hubieran proyectado unos meses atrás. Las perspectivas económicas se han deteriorado, y es razonable estimar que incluso una reducción de medio punto porcentual en el crecimiento promedio de 10 años agregaría bastante más que 1 billón de dólares a la deuda soberana para 2021.
Pese a los compromisos para reducir el gasto en el rango de u$s 1 billón, los acuerdos alcanzados tendrían poco impacto sobre el gasto en la próxima década. El pacto confirma los muy bajos niveles de gasto negociados para 2011 y 2012, y cierra el gasto de 2013 en el entorno de donde la mayoría esperaba que lo hiciera este Congreso.
Más allá de eso, los resultados son inciertos. La realidad es que el Congreso vota el gasto discrecional todos los años y los legisladores actuales no pueden restringir medidas que puedan adoptarse en el futuro. Cierto, hay topes y amenazas de recortes generales de gastos en la legislación del límite de deuda, pero es virtualmente cierto que serían reformuladas en 2013, de manera que la realidad era y sigue siendo que el gasto discrecional reflejará en gran medida la voluntad de los próximos congresistas.
Notablemente para un asunto tan trascendental, el convenio que la supercomisión buscará para reducir el déficit en u$s 1,5 billón llega sin ningún acuerdo sobre cuál será la base desde la que serán restados. ¿Incluye los recortes de impuestos de Bush? ¿Incluye o excluye las extensiones de impuestos y la fijación anual del AMT (sigla de Impuesto Mínimo Alternativo sobre ingresos)? Estas y otras cuestiones similares siguen sin resolverse.
Las discusiones sobre la base cálculo tienden a nublar la mente, pero son muy importantes. Quizás se utilice una base de la legislación actual, asumiendo una eliminación gradual de los recortes impositivos de Bush, en cuyo caso no habrá motivos para garantizar la revocación de las rebajas impositivas a los ingresos más altos porque no aportarán al objetivo final.
Tal vez, y más probablemente, en un intento por facilitar la reducción del déficit, se adopte una base de cálculo siguiendo las políticas actuales. Esto abordaría la no extensión de los recortes tributarios a los ingresos altos de la era Bush como un incremento impositivo de u$s 1 billón, un resultado difícilmente esperable dada la probable composición de la supercomisión.
Ansiedad económica. El problema de Estados Unidos está mucho más ligado al empleo y a la falta de crecimiento que un excesivo déficit presupuestario.
Esto se confirma en que un solo dato económico negativo borró de un plumazo todas las ganancias de los mercados de acciones por haber eludido el país una cesación de pagos y por el hecho de que el rendimiento de los bonos alcanzaron nuevos mínimos cuando el riesgo ligado a la deuda era aparentemente mayor.
En la dirección actual de la política monetaria, que incluye un retiro sustancial de los estímulos fiscales cuando expiren a fin de año los recortes impositivos a las nóminas, sería una sorpresa si el crecimiento fuera lo suficientemente veloz incluso como para llevar al desempleo por debajo del 8,5% a fines de 2012.
Con la expansión en menos del 1% en la primera mitad del año, la economía está ahora atascada, con la perspectiva de shocks adversos derivados de la crisis financiera europea, que indudablemente no está bajo control, alzas en los precios del petróleo y una merma en la confianza por parte del sector corporativo y de los hogares. Según el flujo de las estadísticas, la probabilidad de que la economía vuelva a caer en recesión es al menos de 1 en 3 si no se hace algo nuevo para que aumente la demanda y se impulse el crecimiento.
Si estas consideraciones están cerca de ser correctas, el alivio pronto cederá paso a la alarma sobre el futuro económico y fiscal de EE.UU.
Entre todas las cuestiones por venir, dos temas sobresalen. Primero, el método más fácil para reducir el déficit con una sola medida que está disponible es no extender los recortes impositivos a los altos ingresos de la era Bush. El presidente debe dejar claro que de ninguna manera aceptará una extensión. Claridad en ese capítulo de u$s 1 billón, junto con una muy modesta reforma a la ayuda social, será suficiente para alcanzar las metas de reducción. Segundo, es esencial que se adopte una ampliación al recorte impositivo de las nóminas y otras medidas, como el mantenimiento de la infraestructura y una extensión en el seguro de desempleo para impulsar la demanda.
Aún hay tiempo para confirmar la máxima de Churchill que dice que Estados Unidos siempre hace lo correcto después de agotar todas las alternativas.
Agencia Reuters


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