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“Amar”: postales de vano extravío
Los seis personajes que protagonizan la dinámica e hipnótica sucesión de escenas de «Amar» son fácilmente reconocibles, como también lo son sus conflictos.
Verano, una fiesta junto al mar, y la música a todo volumen generando una alegría artificiosa en las tres parejas de amigos que comparten, sin mayores conflictos, unos días en la costa. Hay que salir a divertirse, porque la vida pasa demasiado rápido, se tenga o no un trabajo satisfactorio o un compañero fiel y comprometido.
Los seis personajes que protagonizan esta dinámica sucesión de escenas, con la fluidez y la magia algo hipnótica de un montaje cinematográfico, son fácilmente reconocibles. Como también lo son sus conflictos. Pero, aun así resulta muy placentero seguir sus desencuentros y pequeñas peripecias siempre matizadas con efectivos toques de humor. Un humor muy natural que emerge de las situaciones mismas arrastrando consigo una contracara más oscura que contamina sin remedio las situaciones más festivas.
«Amar» recorre varios temas, muchos de ellos derivados de las relaciones de pareja y de la rivalidad entre sexos. El target elegido duda en pasar por el registro civil (hombres), o mira con preocupación su reloj biológico, pero sin demasiadas ganas de ser madres (mujeres). Sin embargo, la obra no invita a reflexionar sobre estos temas, simplemente los muestra. No hay grandes enigmas a su alrededor, ni se los aborda en plan cómico-sociológico (no es un compendio de lo que piensa y siente la franja que va de los 30 a los 40 años).
Más allá de las risas e identificaciones que despierta, «Amar» hace foco en el vacío y en la insatisfacción infectada de temor que al menos en este siglo, ronda por igual a jóvenes y veteranos.
No es de extrañar que este nuevo trabajo de Alejandro Catalán («Foz», «Dos minas»), ya en su segunda temporada a sala llena, genere tanta adhesión en el público. La escasa distancia entre escenario y butacas, el espíritu lúdico que domina las actuaciones (excelente Lorena Vega) y la frescura con que se recortan gestos, frases y climas sugiriendo mucho más de lo que muestran, dan cuenta del fenómeno.
Curiosamente, lo que está a la vista es muy poco, pero estimula la imaginación: una rama de hiedra flotando sobre las cabezas de los actores, un par de sillas, unas nueve linternas con lámparas de leds (colocadas en pequeños trípodes o manipuladas por los intérpretes), recipientes con arroz imitando el sonido del mar, y música.
Aunque toda fiesta encierre una promesa de bacanal, no hay éxtasis sexual ni borrachera que duren más que unas horas. «Amar» ilumina ese breve extravío, el vano intento de mantener a raya las angustias de la vida, rasa y sin adornos.


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