Carine Tardieu es la autora de “Du vent dans mes mollets” (El viento en mis canillas), joyita sobre la feliz inocencia infantil que aquí se conoció como “Pequeñas diferencias”, donde tenían cierto peso lateral la enfermedad y la infidelidad. Ahora llega otra película suya, con esos mismos asuntos penosos y una felicidad culposa, de adultos en crisis. El título es discutible. Uno de los amantes, un médico, es todavía joven pero ya tiene una hija más que adolescente, además de un chico en los últimos años de infancia. Es un hombre, dedicado a la investigación de un tratamiento para el cáncer de mama que pueda evitar la mastectomía. Quien va a ser su amante, es una arquitecta que solo podríamos llamar “joven de espíritu”, porque casi lo dobla en edad (anticipemos que tiene otro padecimiento, no cáncer).
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Amores maduros, y desparejos
Podría pensarse en otras películas de parejas desparejas, como dos buenas de los ’70: “Querida Luisa”, de Philippe de Broca, con Jeanne Moreau y Julian Negulesco, y “Los días que me diste”, de Fernando Siro, con Inda Ledesma y Arturo Puig. La que ahora vemos tiene ciertos recursos de estilo de las románticas de los ’70, pero va por su camino y sorprende con algunas variaciones argumentales. No es perfecta, primero resulta medio confusa, en partes se hace un poquito solemne, y pudo haber terminado a los 85’, pero se desarrolla con atendible sutileza, buena pintura de situaciones y caracteres y justa participación de los personajes secundarios, en particular Cécile de France como la esposa engañada, que reacciona de modo admirable, digno de imitación, y después pierde los estribos. Por supuesto, los mayores elogios van para Fanny Ardant, la veterana protagonista, que desparrama luz en cada sonrisa, y en cada mirada. En cambio Melvin Poupaud, restringido al papel de tipo pintón serio y ocultador, no se luce (nada que ver con el loco divertido que hizo en “Pequeña flor”, de Santiago Mitre). Dos detalles: el poema que Ardant recita en la bañera es de Sylvia Plath, y el guion inicial, que reclama disfrutar de la vida, lo escribió Solveig Anspach, cuando ya era víctima de un avanzado cáncer. A ella está dedicada la obra.


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