19 de octubre 2010 - 00:00

Ana Eckell involucra en su arte a espectadores activos

Con obras recientes y de distintos momentos de su trayectoria, Ana Eckell busca en su muestra «La última curva» que el público ingrese a la «usina» donde se gesta la acción de la artista y se encuentre con ella.
Con obras recientes y de distintos momentos de su trayectoria, Ana Eckell busca en su muestra «La última curva» que el público ingrese a la «usina» donde se gesta la acción de la artista y se encuentre con ella.
«Tengo conciencia que comprometo mis emociones -emociones turbulentas, pacíficas, confusas-, que me involucro totalmente en el acto de pintar. Pero lo que quiero es movilizar a los demás. Lo que busco no es algo intelectual, sino producir una especie de corriente de intercambio, de juego recíproco donde yo objetivo y el otro también», señala Ana Eckell, que presenta «La última curva», en el Museo de Artes Plásticas Eduardo Sívori (Av. Infanta Isabel 555). La exposición, que incluye obras recientes y de distintos momentos de la trayectoria de la artista, convoca la participación del espectador para que se ponga en el lugar del otro y se encuentre con él. La idea es que el público ingrese a la «usina» donde se gesta la acción: proponer otra lectura, promover otro contacto, definir otro curso de acción.

Apela al rol de un nuevo espectador activo, «en lugar de una actitud pasiva, la propia dinámica del arte contemporáneo ha ido proporcionando de modo creciente su intervención activa, e incluso su creatividad en la recepción de las propuestas artísticas», sostuvo el crítico español José Jiménez.

Eckell (Buenos Aires, 1947), realiza sus primeras exposiciones individuales en la década del 70 pero su presencia se afirma en los 80. Como muchos de los exponentes del arte de esos años elige la pintura como lenguaje, poniendo de manifiesto su orientación estético ideológica en una fase en donde se vuelve a reivindicar a la pintura, en contraposición con las tendencias promotoras de la desmaterialización del arte.

En esos años, sus obras muestran de un modo simbólico las escenas de violencia transcurridas en la década anterior. Se inclina por una figuración expresiva y vertiginosa, en la que personajes de la escena nacional son transfigurados en imágenes sarcásticas, en las que emplea una paleta de fuerte cromatismo y una pincelada vigorosa. Son trabajos en los que se reconocen referencias a la producción de Otto Dix y Georges Grosz, y un afán «por presentar una mirada punzante sobre la realidad».

Personajes que se retuercen de alegría y de dolor, que caminan, saltan y se mueven en espacios diversos, animales y objetos que acompañan a los seres vivos en sus indescriptibles cabriolas, aparecen en las obras de esa época, con citas de la historieta y el cine. El vértigo de sus dibujos y pinturas cuestiona la falsa solemnidad, la formalidad exterior.

En propuestas caracterizadas por el rigor en el oficio, plantea una visión más depurada aunque sin dejar de acentuar sus descripciones del dolor y lo terrible. Concentra su potencia en imágenes descarnadas, en pinturas trazadas con negros sobre telas blancas, que se convierten en verdaderas parábolas sociales. Parte de la vida diaria, esa realidad convertida en centenares de imágenes y palabras, anotaciones incesantes de lo que fue, lo que es y lo que será. Esa rutina cotidiana a la que superpone el sueño y el deseo. Desarrolla una pintura sólida en la que animales, objetos y figuras humanas se entremezclan con imágenes de la historieta y el cine, poniendo al descubierto los excesos, la frivolidad y el desamparo.

Eckell parcela el espacio para situar a sus personajes y procede por medio de lo que se podría llamar «acumulación simetrizante». Así saca ventaja de las zonas blancas, que suponen vacíos vitales, modulaciones de lo extraterreno, y entre ellas ubica a sus criaturas en bandas horizontales y verticales, de acuerdo a una ley que administra con equilibrio entre las necesidades expresivas y las demandas de lo terrible de lo cotidiano. Las imágenes se hacen más sintéticas y depuradas, la paleta pierde sus cualidades cromáticas anteriores, y emergen siluetas de hombres y mujeres en posiciones y situaciones enigmáticas, que despliega sobre fondos blancos. Son escenas envueltas en una peculiar atmósfera emocional, que adquiere visibilidad, fundamentalmente, por el trazo gráfico y gestual.

Entre otras distinciones, Eckell recibió el Premio Artista Joven del Año, Asociación Argentina de Críticos, Buenos Aires, 1983; Mención Premio de Pintura Cándido Portinari, Bienal Latinoamericana, La Habana, 1984; el Gran Premio de Honor, en el Salón Nacional de Dibujo y Grabado, en 1996; y al año siguiente el Primer Premio Costantini.

Presentó sus obras en numerosas muestras en el exterior, como en La otra cara, Kassel, Alemania; la Biennale de París en 1985; la XVIII Bienal Internacional de San Pablo; Osaka Print Triennale 94, Japón; y representó a la Argentina en la Bienal de Venecia de 1997.

Su exposición en el Museo Sívori propone al espectador encontrarse con el productor de arte. Por ello la artista plantea: «No se trata de imponer un pensamiento monolítico, sino de asomarse a un sistema de pensamiento visual que se autodestruye cíclicamente para dar lugar a asociaciones, exploraciones. La apuesta es a que en esas figuras se filtren contenidos que escapan al control de la mente. Que en el juego con el medio utilizado encuentren su forma. Que desplieguen la posibilidad de instalar otro punto de partida, con el consiguiente bagaje de materias técnicas y procedimientos, y su implícito mestizaje».

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