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Aquel larguísimo mes de agosto
El film portugués «Aquel querido mes de agosto» es una interminable sucesión de tramos documentales y pequeña ficción, que se apreciaría mejor en salas de butacas reclinables.
El extenso mes que nos toca ver empieza con una serie de tomas documentales tipo caseras, de esas que la gente saca con su camarita por la ventanilla del auto. Por ejemplo, la entrada de un pueblo portugués visto desde la carretera, los veraneantes, etcétera. De ese lote puede tocarnos alguna fibra el seguimiento de una procesión que va por callecitas angostas, a los sones de una dolida fanfarria de músicos locales. También, una banda de música popular cuyos acordes se asemejan vagamente a los que hacía el legendario Cuarteto Leo cuando quería ir terminando el baile (para las nuevas generaciones, el Cuarteto Leo alegró fiestas y nostalgias de la pampa gringa con una particular simbiosis de tarantelas, pasodobles y rancheritas, hace de esto como medio siglo). Del resto, se oye bastante, quizá demasiado, eso que los portugueses llaman pimba y deberían llamar pimba-pimba, y, a modo de descanso, unos melódicos berretas. La verdad, no es para comprarse el disco de la película.
Pero de a poco, casi imperceptiblemente, se incorporan otros registros. Así, mientras los lugareños van contando lo suyo a cámara, empiezan a surgir dos historias: la de un grupo de filmación que ha llegado para rodar una versión terrorífica de «Caperucita Roja» pero le faltan fondos, y la de un pequeño drama que alguien decide filmar con actores improvisados del mismo pueblo. Un drama de amor, sencillito, acaso interesante, sin dudas mal actuado, pero bien representativo del interior portugués, ese que no figura en las postales.
La idea no está mal. Incluso atrapa a varios espectadores. Sin embargo, para que estuviera bien de veras, convendría eliminar decenas de minutos anodinos, reiterativos, hasta mal filmados, de esos que cualquier cineasta elimina en la sala de montaje, pero Gomes retuvo porque hacen a su propósito: un film adormecedor que fascine a los teóricos del metalenguaje, los amantes del cine king-size, y, ¿por qué no? los espectadores que vayan sólo con la sana intención de echarse una siesta. Estos últimos arriesgan dormirse con una película y despertar con otra, tal es la evolución del relato, y ciertamente la segunda parte es más interesante que la primera. En suma, ideal para disfrutar en sala de butacas reclinables.
P.S.


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