10 de enero 2014 - 00:00

ARGENTINISMOS: parábola criolla del impuesto a la riqueza

Apropósito de la efímera fama popular que esta semana cosechó Bienes Personales, vale la pena repasar la parábola de este tributo, por lejos el más odiado del sistema financiero argentino. Como muchos otros primos hermanos recaudadores, o no tanto, el gravamen fue ideado "por un tiempo limitado" y sólo para paliar "una situación de emergencia". Esto es, su existencia iba a ser sólo temporal mientras las malas condiciones económicas en un tiempo determinado se superaran por la buena muñeca de los administradores.

Una vez superadas las tormentas, el impuesto debía desaparecer o dejarse de aplicar, o al menos bajar sus presiones. Pasó con el Impuesto al Valor Agregado (IVA) al 21%, con Ganancias al 35% y extendido a los trabajadores en relación de dependencia, retenciones al 35% y, la última creación, el tributo a los débitos y créditos bancarios, popularmente conocido como impuesto al cheque. En todos los casos, estas cargas eran aplicadas con semejante presión por un lapso efímero y hasta cuando las emergencias desaparecieran. De más está decir que el lapso fue para siempre y la emergencia terminó siendo un detalle.

En el caso de Bienes Personales, la parábola se repite, como si la aparición creativa de impuestos nuevos fuera una maldición eterna del sistema tributario criollo. Bienes Personales (como el IVA al 21% y el impuesto al cheque) es obra creativa de Domingo Cavallo en aquel comienzo de sus gestión en la primera presidencia de Carlos Saúl Menem. Comenzó a aplicarse a partir del 31 de diciembre de 1991, con la promesa cavallista de que cedería cuando fuera superada la crisis derivada de la demolición del plan económico Bunge & Born y su posterior reacomodamiento fallido con Antonio Erman González, y el necesario fortalecimiento de las cuentas públicas. Duraría primero cuatro años, luego cinco y finalmente nueve períodos fiscales. Esto implicaba que para el ejercicio 2001 ya debería haber desaparecido. Curiosa paradoja. Para esa época, ya había retornado Cavallo a Economía, pero con otro presidente (Fernando de la Rúa) y otra creación (el impuesto al cheque). Obviamente, Bienes Personales quedó firme como un pilar inamovible, y ya nadie recuerda su condición temporal.

Otra curiosidad del tributo y su creación es que fue bautizado por el mismo Cavallo como "impuesto a la riqueza". Esto quería decir que en realidad era una presión hacia los ricos muy ricos del país, que insistían en evadir sus pagos fiscales en otros frentes, con lo que se hacía necesario embestir por costados más sofisticados para evitar esa elusión y cerrar los flancos. En la mira había no más de 50.000 o 70.000 argentinos y residentes, entre los más favorecidos por la diosa Fortuna, y que hacia adelante debían ser controlados. Para tener una idea sobre qué se consideraba rico en esa época, debían pagar el impuesto todos los ciudadanos con posesiones físicas (casas, automóviles, autos, yates, etc.) y líquidas (plazos fijos, moneda extranjera, acciones, títulos, etc.) por montos superiores a los 102.300 pesos al 31 de diciembre de cada año. Así navegó el mínimo no imponible hasta bien entrada la era kirchnerista, cuando recién hace cuatro años se elevó el monto a los 305.000 pesos. Pero en el medio, la inflación de esos bienes produjo estragos notables, llevando ese mínimo muy lejos de la riqueza. De los más poderosos del país, económicamente hablando, se pasó a casi todo ciudadano que tuviera alguna posesión inmobiliaria más o menos importante en cualquier ciudad del país. Hoy debería hablarse de un impuesto a "la clase media" más que a la "riqueza".

Sin embargo, la situación hubiera cambiado radicalmente si prosperaba la intención oficial de tomar los bienes inmuebles según su valoración de mercado y no ya la fiscal. Esto hubiera provocado, por ejemplo, que alguna viejita que cobre la mínima con un departamento de dos ambientes en Caballito, con problemas de infraestructura, donde además se hubiera cortado la luz en las últimas fiestas, pase a pagar el impuesto que alguna vez fue considerado exclusivo para los más ricos y evasores. Allí sí la parábola del Impuesto a los Bienes Personales hubiera sido completa. De alguna manera, el Gobierno de Cristina Kirchner demostró tener ciertos reflejos para evitar una crisis; y que hubiera sido de las más inexplicables, políticamente hablando.

@cburgueno

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