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Aun sin orquesta, el Colón logró una proeza con Ligeti
La impresionante producción de la Fura dels Baus, a la que por sus características especiales (ausencia de orquesta) los directores del grupo catalán ya denominan la «versión Buenos Aires».
La historia es conocida: hace casi un año la dirección del Colón anunció la contratación del grupo catalán La Fura del Baus para el estreno local de «El gran macabro», la ópera de G orgy Ligeti (1923-2006); también es conocido que el conflicto gremial que hizo eclosión a fines del 2010, aún no resuelto, obligó no sólo a interrumpir la venta de abonos para el 2011 sino a llevar adelante esta superproducción escénica sin orquesta, y en forma de «ensayos abiertos» gratuitos.
En este contexto inédito, suscriptores del Gran Abono, melómanos en general, fanáticos «fureros» y curiosos se congregaron en el Colón anteanoche, con una gran dosis de expectativa y también de incertidumbre. Cuando pasadas las 20.30 Valentina Carrasco (directora de escena) y Baldur Brönnimann (director musical) se hicieron presentes en el escenario, por un instante el fantasma de la cancelación sobrevoló la sala, pero los responsables de esta versión venían a hacer saber al público que prefirieron seguir adelante con el proyecto para respetar el mensaje de la ópera misma: no temer los pronósticos apocalípticos y vivir con intensidad.
Brönnimann habló inclusive de la «versión Buenos Aires» para referirse al esquema al que hubo que apelar: dos pianos, sintetizador, celesta, órgano, clave (también sintetizado), pista grabada y una parafernalia percusiva. Una vez comenzada la función lo anecdótico dio paso a aquello que había despertado tanta expectativa: una puesta en escena descomunal, genialmente concebida y ejecutada como un mecanismo de relojería, para una obra de una contundencia demoledora.
Todo gira alrededor, sobre y dentro de Claudia, la famosa muñeca andrógina de 17 metros de altura a la que es imposible no asociar con una de las figuras del «Infierno» de El Bosco, pintor que junto con Pieter Brueghel (al que alude el nombre de Bruegheland, donde transcurre la acción) sirvió de inspiración para la puesta de Valentina Carrasco y Alex Ollé y la escenografía de Alfons Flores.
Por los pezones, la boca, los ojos, los intestinos de Claudia entran y salen los personajes de Michel de Ghelderode llevados a la ópera por uno de los más grandes compositores del siglo XX. Claudia, microcosmos decadente, encierra los siete pecados capitales y se transforma en la protagonista de esta «tragedia bufa».
Un elenco impecable llevó adelante la proeza de encarnar y cantar papeles de una dificultad extrema (Ligeti explotó aquí una gama amplísima de escrituras vocales), comenzando por el célebre tenor Chris Merrit como Piet the Pot, el barítono Roderick Earle como Nekrotzar y el contratenor Brian Asawa como el príncipe Go-Go. La soprano sueca Susanna Anderson deslumbró como la diosa Venus y Gepopo, el jefe de la policía secreta, abordando las coloraturas y sobreagudos de ambos papeles y sus difíciles escenas con una facilidad pasmosa.
No menos impactantes fueron el bajo Wilbur Pauley y la mezzo Ning Liang como Astradamors, el adivino del príncipe, y su mujer Mescalina, o los ministros Blanco y Negro de Gustavo de Gennaro y Javier Galán. Desbordantes de sensualidad corporal y vocal, Ilse Erens y Frances Bourne se enfundan en los impresionantes trajes «musculados» de Amanda y Amando (Clitoria y Spermando en el original), y los argentinos Sebastiano De Filippi, Alejandro Meerapfel y Christian Peregrino son enérgicos y exactos como los policías Ruffiack, Schobiack y Schnabernack.
El Coro Estable cumplió a la perfección, preparado con meticulosidad por Peter Burian y su asistente Marcelo Ayub. Sobre el final las ovaciones cayeron desde las localidades altas y fueron más tibias en los palcos y plateas, donde hubo espectadores sorprendidos y en algunos casos escandalizados por una puesta que, en definitiva, nada tiene de escandaloso respecto del texto original y el concepto de la ópera. En el fondo del «parterre», más allá de los conflictos y de las críticas por esta «versión Buenos Aires», los responsables de la producción y las autoridades del Colón respiraban felices y aliviados, tras demostrar que la aventura había valido la pena.


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