17 de mayo 2010 - 00:00

Brandoni y Peretti realzan la puesta de obra de Sacheri

Las actuaciones de Diego Peretti y, sobre todo, un magistral Luis Brandoni, junto a la sugerente escenografía de Jorge Ferrari, compensan los desniveles de puesta de «Aráoz y la verdad».
Las actuaciones de Diego Peretti y, sobre todo, un magistral Luis Brandoni, junto a la sugerente escenografía de Jorge Ferrari, compensan los desniveles de puesta de «Aráoz y la verdad».
«Aráoz y la verdad» de E. Sacheri. Versión y Dir.: G. Izcovich. Int.: D. Peretti, L. Brandoni y D. Di Nápoli. Esc.: J. Ferrari. Luces: E. Sirlin. (Paseo la Plaza).

Antes de que Eduardo Sacheri saltase a la fama como coguionista de la película de Juan José Campanella «El secreto de sus ojos» (basada en su primera novela), este profesor y licenciado en Historia ya era un best seller gracias a sus cuentos futboleros.

En «Aráoz y la verdad», su segunda novela (ahora convertida en comedia dramática por Gabriela Izcovich), el fútbol reaparece como una simple excusa argumental para vincular tres destinos.

Aráoz es un hombre de 42 años, que arrastra varios traumas de infancia y un fracaso amoroso del que no logra recuperarse, hasta que un día decide entrevistar al gran ídolo de su niñez, Fermín Perlassi, un crack de fútbol de los años 70 sobre el que pesan serias sospechas de corrupción. Aparentemente una maniobra suya favoreció a un delantero del equipo rival, condenando a su propio club al descenso hasta su total desaparición.

Aráoz (un personaje al que Diego Peretti le aporta la exacta dosis de indecisión y melancolía) viaja hasta un pueblo perdido para hablar con Perlassi, ahora dueño de una estación de servicio. Pero el hombre está en viaje de negocios y quien lo recibe es Lépori (magistral actuación de Luis Brandoni), mano derecha del ex futbolista y algo hosco como anfitrión. Aun así, Aráoz decide quedarse varios días a la espera de Perlassi para averiguar si éste merece seguir siendo su ídolo o no. El enigma recién se resuelve en la última escena, en la que también irrumpen otros conflictos de peso (entre ellos, la infidelidad de la mujer de Aráoz) casi sin desarrollo previo.

Tras un inicio algo desangelado (el cuadro de la estación de tren podría suprimirse sin perjuicio para la historia principal), la acción va atravesando distintos espacios, pero la intriga que envuelve a los protagonistas no termina de cobrar forma, pese a lo mucho que éstos ocultan.

Izcovich centró su puesta en la pintura de personajes y en el reparador vínculo padre-hijo que va surgiendo entre Lépori y su desamparado inquilino (el día de pesca está muy logrado, así como el conmovedor monólogo final, a cargo de Brandoni).

Los desniveles de la acción dramática se ven compensados por la sugerente escenografía de Jorge Ferrari, que con su impronta cinematográfica logró realzar esta ficción. Otra curiosidad: el bar de la estación de servicio remite a las ilustraciones de Norman Rockwell, pero en versión criolla.

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