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“Busco mostrar hacia dónde nos lleva la imaginación del deseo”
Ruy Sánchez: «Mis libros han tenido desde el comienzo una respuesta muy intensa por parte de las mujeres. Quiero creer que es porque traté de escuchar con atención el deseo femenino».
Periodista: Novela erótica, poética, posmoderna, ¿a qué género pertenece «Los jardines secretos de Mogador»?
Alberto Ruy Sánchez: Esa pregunta va a la raíz de mi historia literaria. Al comienzo los editores no sabían cómo clasificar los textos que les daba para publicar. De mi primera novela, «Los nombres del aire», un editor me dijo «yo no publico poesía»; el siguiente «acá sólo publicamos poesía», y otro, «lo que pasa es que no es ni una cosa ni otra». Es que es las dos cosas a la vez. Y, tal vez, algunas más. Como no tenían un estante para mis libros, cómo catalogarlos, les ofrecí una definición: prosa de intensidades, que no es poema en prosa tiene más que ver con la trama de un poema extenso. Mis relatos tienen una composición de intensidades como en la música, en cada una de sus partes y en el conjunto del libro.
P.: ¿Busca en el estilo dar al deseo expresión literaria?
A.R.S.: La palabra estilo me resulta insuficiente. Lo que llamamos estilo se convierte en una especie de ritual de las palabras. Rechazo completamente que haya una forma de hablar y de escribir que es natural. Para mí un libro que parece sin estilo es otro estilo. En mi libro «Cuatro escritores rituales» sostengo que la escritura es un ritual que provoca la aparición de lo poético. No es sólo la música de la lengua, pero la música de la lengua ayuda a provocar la visión poética.
P.: ¿Cuáles de sus novelas corresponden a su «saga del deseo»?
A.R.S.: «Los nombres del aire», «En los labios del agua», «Los jardines secretos de Mogador», «La mano del fuego», y «Nueve veces el asombro». El primer libro está escrito en tercera persona. Describo la historia de una mujer. Al concluirlo, parece que lo escribí yo. Pero, al leer el segundo, se descubre que fue escrito por un personaje de la novela que ahora se está leyendo. Se va formando una especie de telescopía, un libro dentro del otro, hasta llegar al último, al viaje fundador, al lugar donde todo comenzó, es el punto más amplio, más alto de la espiral de la historia. Está hecho de ochenta y un párrafos con las preguntas más frecuentes que me han hecho. Son nueve capítulos, con nueve párrafos en cada capítulo. Son respuestas poéticas a preguntas como ¿Mogador existe? Sí, existe, es una ciudad de Marruecos donde dicen que Mogador no existe porque la llevamos dentro. En toda la saga está el intento de mostrar hacia dónde nos lleva la imaginación del deseo, lo que nos hace ser con más contundencia que cualquier materialidad.
P.: ¿En «Los jardines secretos de Mogador» se propuso una nueva versión de «Las Mil y Una Noches»? Si Sherezade tiene que contar amenazada por que si no la matan, aquí un hombre debe contar amenazado porque si no pierde el amor.
A.R.S.: Recibe la amenaza de una muerte erótica, de no poder volver a hacer el amor con la mujer que ama. Sherezade se juega la vida. Para mí el erotismo no es transgresión, el orgasmo no es una pequeña muerte, es solar, tántrico. No creo que haya que romper reglas, sino darlas vuelta. Me pasó con una censura en facebook. Quitaron la tapa de la versión estadounidense de «Los jardines secretos» donde aparece la protagonista desnuda, a pedido de gente que se sintió molesta, cada cual sabrá por qué. Muchos me dijeron que iban a mandar sus quejas a facebook. Yo lo que hice fue avisar que esa foto estaba libre de censura en mi blog. Mas de 150 personas la tomaron y la pusieron en sus sitios. Así que la foto censurada apareció por todas partes. Una artista plástica que hace intervenciones que son labios vaginales con pétalos de rosas, a quien invité a hacer eso en la presentación de mi libro, me propuso poner un durazno, que cortado daba una imagen mucho mas erótica que la que me habían censurado. Era una perversión de la regla, más que el pretender romperla. Para mí el erotismo nada tiene que ver con un acto sacrificial sino con la afirmación de la vida. El reto que le hace la protagonista a su hombre es leer los signos del deseo exacerbados que hay en el mundo, considera que los jardines son metáforas de sitio reales o imaginarios, públicos o privados, que la intensidad del deseo convierte en pequeños paraísos. Piensa que si él sabe leer los deseos en el mundo también aprenderá a leer sus deseos, y se convertirá en mejor amante. Yo no me intereso por eso, es cosa de ella, sólo me preocupo porque sea un mejor contador de historias. Me interesó el caso de las mujeres que deciden transformar a su marido, en este caso en una Sherezade que enfrenta el reto de que no van hacer el amor hasta tanto no me cuentes cada noche un jardín secreto de Mogador. Pero si aquí no hay jardines. Son jardines en un sentido figurado, son edenes, son deseos. Hay dos reglas: no puedes inventar ningún deseo, esos paraísos tienen que existir realmente en el mundo, y tienes que encontrar la manera de contarlos, de modo que sea fiel a la naturaleza del deseo.
P.: Un enorme desafío.
A.R.S.: Para mí, como narrador. Durante seis años me dediqué a buscar los deseos reales y los registros narrativos que fueran fieles a cada uno de ellos. El libro, que me llevó ocho años, es un arco iris de maneras de contar el deseo. Hay una coda, al final de cada jardín, que da unidad a la variedad, es una traducción de cada uno de los jardines en términos amorosos, un registro que quiere estar emparentado con San Juan de la Cruz. Todo los deseos son una carta de amor, y el libro entero es así un poema de amor, en súplica por el amor de la amada.
P.: ¿Cómo es uno de esos jardines que halla el protagonista?
A.R.S.: La Universidad de Kansas tiene un jardín con esculturas de Henry Moore, inspiradas en esculturas prehispánicas de México. Pensé que me serviría para contar uno de los jardines, pero no tiene intensidad, pasión, excentricidad, deseo. Es una acumulación. Pero en un museo había una sala repleta de unas cajitas de ébano, marfil, materiales diversos, que cada una era una obra de arte, que los emperadores usaban para coleccionar grillos. Ahí estaba la pasión de los coleccionistas actuales, la demencial de los emperadores chinos y de un jardinero ciego que cuidaba de los saltamontes, que permiten saber cómo será el día. Las geishas usan un kimono de doce capas y entre ellas ponen un grillo, para saber si el amante cuando acerca sus caricias está caliente o frío. Esto parece inventado, pero es real. Los grillos viven hasta cien años, y quien los cuida debe hacer florecer un jardín de voces.
P.: ¿Las mujeres caen seducidas cuando leen sus libros?
A.R.S.: Mis libros han tenido desde el comienzo una respuesta muy intensa por parte de las mujeres. Al principio yo no sabía bien por qué. Quiero creer que es porque traté de escuchar con atención el deseo femenino. Esto no tiene que ver con una idea de conquista ni de seducción. Ni siquiera ofrezco una respuesta a la naturaleza del deseo femenino. Lo que hago es proponer una escucha. Y he tenido la suerte de que las mujeres me cuenten historias. Cada uno de mis libros está alimentado de historias que me cuentan. Desde el primero me llegaron cartas que decían: gracias a su novela encontré las palabras para decirle a mi pareja lo que sentía, y que no sabía cómo decirle.
P.: ¿Su literatura proviene de haber estudiado con Barthes, Foucault y Deleuze?
A.R.S.: Ellos me dieron términos y conceptos para poder pensar. A la hora en que quise escribir historias del deseo, la manera de pensarlo tenía una fuerte influencia de algo que había visto nacer en Francia, el libro «Fragmentos de un discurso amoroso» de Roland Barthes. Todas mis formas de anotar el deseo, eran figuras del deseo. Barthes fue mi director de tesis de un ensayo que hice sobre Pasolini. Barthes tenía la idea de la dirección intelectual como una presencia, el director es el que está presente y los alumnos a su alrededor lo ven trabajar, y hacen sus propios trabajos, no imitándolo, sino consultándolo y viendo qué pueden aprender. Es el modelo del taller artesanal medieval. Eso lo explicó Deleuze hablando de los arquitectos nómadas del medioevo estudiados por Georges Duby, que aprendían de ver hacer mientras se está haciendo lo propio. En ese sentido tuve de partida el desafío de encontrar mi voz ante la presencia fulgurante de García Márquez y Juan Rulfo.
Entrevista de Máximo Soto


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