10 de agosto 2009 - 00:00

Campanella indaga en los años oscuros

Juan José Campanella: «Muchos jóvenes creen que el mal empezó el 24 de marzo de 1976, a causa de una inesperada invasión de extraterrestres, y no durante el Gobierno democrático anterior».
Juan José Campanella: «Muchos jóvenes creen que el mal empezó el 24 de marzo de 1976, a causa de una inesperada invasión de extraterrestres, y no durante el Gobierno democrático anterior».
El regreso de la pareja Ricardo Darín y Soledad Villamil, la caracterización de Guillermo Francella, un amor velado a lo largo de los años, la revisión de los 70 y la justicia desde otra óptica, la solución de un crimen y las alternativas de la condena son los principales atractivos con que se anuncia el nuevo film de Juan José Campanella, «El secreto de sus ojos», basada en la novela de Eduardo Ascheri «La mirada de sus ojos». También, una escena de ostentación técnica nativa, cuya fórmula parece guardada en algún sótano.

Periodista: Ante todo, ¿de quién son «sus ojos»?

Juan José Campanella: Ventajas del castellano. Pueden ser de él, de ella, de otro, o de los demás. Este juego en inglés no es aplicable. Quisiera que alguien decida para el inglés un título que haga justicia a la película.

P.: ¿Cómo logró usted esa impresionante toma aérea que culmina con una persecución en primer plano, mezcla de humanos y digitales? ¿Y puede durar como seis minutos, sin que se note ningún corte?

Juan José Campanella: Avance cuadro a cuadro y no verá ninguno. Ya muchos sitios de software de efectos visuales nos están pidiendo esa toma, pero ahora no voy a develar nada. Forma parte de la diversión el que todos se intriguen queriendo saber «cómo lo hizo». Solo diré que nos llevó dos años de preparación, tres días de rodaje con actores y 200 extras, y nueve meses de postproducción, empleando en parte el programa Massive que usó Peter Jackson para «El señor de los anillos». Los de la productora «100 bares» somos los únicos en Latinoamérica que podemos y sabemos usar ese programa. Agradezcamos a nuestro supervisor de efectos visuales Rodrigo Tomasso, un entrerriano que dicta cursos en Estados Unidos, y esperemos que no se lo lleven.

P.: Ni a usted tampoco.

J.J.C.: Sólo voy cuando debo filmar algún capítulo de «House» o «La ley y el orden». Llego en vísperas de la preproducción, que dura ocho días, ahí me dan el guión, diseño cómo filmaremos, hago el casting de actores que aparecerán en ese único capítulo, y me vuelvo. No diferencio entre filmar acá o allá. Nuestros técnicos y artistas son igual de buenos.

P.: En «El secreto.» alguien parafrasea al general Perón, «Si junto sólo a los buenos vamos a ser muy poquitos», pero en sus películas se juntan muchísimos buenos.

J.J.C.: Es cierto, muchos me acompañan desde hace tiempo, como Darín y Villamil, el Chango Monti en fotografía, su hija Cecilia, vestuarista, Mecha Alfonsín directora de arte, Fernando Alcalde, primer asistente de dirección, imprescindible para un rodaje ambicioso como éste, o Walter Rippel, director de casting, que siempre me ofrece dos o tres hallazgos. Acá, por ejemplo, Mario Alarcón en el papel de juez, y José Luis Gioia con una pinta importante de policía. Una tristeza en los ojos, una cara en blanco, que logra simplemente bajando esa energía tan efusiva que lo caracteriza. ¡A veces, los cambios pequeños son tan grandes!

P.: Por ejemplo, Guillermo Francella.

J.J.C.: Sólo le sacamos el bigote y le agregamos pelo y anteojos. Lo demás es actitud suya. Íbamos a comer durante el rodaje, la gente se acercaba a saludar a Darín, ¡y él estaba al lado pero pocos lo reconocían! La idea es que algo parecido ocurra en la película.

P.: Los anteojos eran verdaderos.

J.J.C.: Y Guillermo se mareaba un poco. Soy muy hincha en eso: si el personaje lleva anteojos de aumento, deben ser de aumento. Igual con los detalles de cada época: ¿cómo estaban las paredes de Tribunales hace unos diez años?, ¿qué celulares se usaban? Para todo lo de los 70 estudiamos mucho «La tregua» (cualquier excusa es buena para verla). Analizamos gestualidad, léxico, portafolios, cortes de pelo, ceniceros, pocillos, discutimos sobre el papel que envolvía los terrones de azúcar Méndez (me fui hasta la fábrica en Barracas, no quedaba nadie, suerte que en Internet encontramos un coleccionista nostálgico). Fuimos obsesivos hasta en el vello púbico estilo 70 de una joven cuya muerte inicia la intriga.

P.: A propósito, ¿no es riesgoso haber mostrado un breve plano de algo que calza justo cerca del mencionado vello?

J.J.C.: Brevísimo, 17 fotogramas. Si el tipo que hace Javier Godino saca un cuchillo o un mazo de naipes, nadie se molestaría, pero saca otra clase de arma. No creo que haya problemas ni siquiera en EE.UU., pero eso porque ahí no se molestan en calificar películas extranjeras. Las consideran todas para mayores.

P.: Acaso el problema puede venir por el modo en que uno de los personajes busca justicia.

J.J.C.: Justicia, no venganza. Puede generarse un debate a partir de eso.

P.: O del cambio de época. La novela abarca de 1968 a 1976, y el film se centra en 1974-75, con una escena clave en el Ministerio de Bienestar Social de entonces.

J.J.C.: Le explico. La dictadura fue tan terrible que todos estos años hicimos foco en ella. Pero ahora muchos chicos creen que todo empezó el 24 de marzo de 1976, a causa de una inesperada invasión de extraterrestres. Me pareció más interesante ver cómo empiezan a invadirse ciertos límites en un gobierno democrático, en lo que se entiende como una democracia recuperada. Lo que se llama «el huevo de la serpiente», que mostramos en esa y la siguiente escena, es lo que permite a nuestros personajes «darse cuenta de la transición», por usar ese término. Como un bonus, los mayores reconocerán también los planos del Altar de la Patria, y actitudes que hoy parecen invención de una mente afiebrada, pero existieron.

P.: Otra fiebre, más linda, es la del personaje de Darín por el de Soledad Villamil.

J.J.C.: Para él es como Dulcinea. La relación calzó como un guante cuando al simple prosecretario lo rebautizamos Expósito, a ella le dimos título y dos apellidos, y ambos intérpretes, en un ensayo, empezaron a tratarse de usted. Eso nos permitió internarnos en la parte sugerida de la novela, y desarrollar la historia de otra forma.

P.: Hablando de otra forma, ¡en la novela el personaje que hace Pablo Rago es un flaco alto, rubio y de bigotito!

J.J.C.: Es que cuando leo una novela me imagino cada personaje a mi manera, salvo si es una de Hércules Poirot, que cada tres páginas Agatha Christie describe su bigotito de anchoa. El de él, claro.

Entrevista de Paraná Sendrós

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