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Clave: la política cambiaria que debe hacer el próximo Gobierno
Existe el peligro de que, en la nueva etapa, prevalezcan funcionarios embebidos en la visión de tipos de cambio flotante y metas de inflación para fijar la política monetaria. Los partidarios de este enfoque se sentirán reforzados para adoptar ese enfoque por las magras reservas internacionales.
La experiencia argentina de tantos años confirma que, para buena parte de las transacciones y de los actores económicos, la verdadera unidad de cuenta es el dólar. Y que la moneda nacional sólo es valorada en tanto ofrezca una expectativa de poder cambiarla por dólares. Un peso sin perspectiva alguna de comandar una cantidad de billetes norteamericanos carecería de interesados. El respaldo último de la moneda nacional siempre ha sido el dólar, aunque la relación de cambio sea algo incierta.
Los partidarios de la flotación libre olvidan las nefastas experiencias argentinas al respecto. Muchas dejaron marcas indelebles, redistribuyendo patrimonios violentamente, frustrando empresas, familias y proyectos. Olvidan que la flotación libre sólo funciona, en forma pura, en sociedades con sistemas financieros muy profundos y desarrollados. Esto es, el dólar norteamericano, el euro, la libra esterlina, y monedas de excolonias inglesas, Australia, Canadá, Nueva Zelanda. El yen japonés no flota en forma completamente libre, ya que el Banco de Japón no es totalmente independiente del Gobierno, y mantiene amplias reservas internacionales, las segundas mayores del planeta, para, en distintos episodios, intervenir en el mercado.
La segunda economía nacional del mundo, China, tiene su moneda ligada al dólar desde larguísima data. Y cuando intentó variar el tipo de cambio en forma muy modesta, aunque inesperada, los mercados financieros agonizaron, como ocurrió en agosto de este año. Para recuperar la confianza, tras esa muy ligera devaluación, debió vender más de 150.000 millones de dólares en poco tiempo.
En nuestro país, y a pesar de las amplias críticas de muchos comentaristas, los períodos de mayor tranquilidad fueron alumbrados con tipo de cambio fijo, o con variación acotada y previsible. Apoyados en políticas monetarias y fiscales sustentables en el tiempo. Los saltos abruptos, sin un programa integral y comprensivo de modificación de variables y políticas, siempre trajeron frustraciones y desesperanza.
Las propuestas exitosas requieren gran trabajo previo, competente, apoyadas con conocimiento, novedades estructurales y refuerzos institucionales para destrabar actividades productivas y afianzar certidumbre. De ahí que sea tan frecuente que los primeros equipos económicos de cada nuevo Gobierno no sean exitosos y, por eso, luego sean reemplazados.
Sin previsibilidad en el tiempo, las fuerzas creativas se coartan, no hay inversión ni trabajo de calidad. La política cambiaria, monetaria y fiscal consistente es central para lograr la mejor coordinación de los esfuerzos individuales de todos los miembros de la sociedad, en pos de la expansión de la producción y niveles de vida de nuestros ciudadanos. Por supuesto es central, pero no suficiente. Debe acompañarse de avances en la estructura institucional.


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