Coinciden dos muestras notables

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Con miradas distintas, ambas artistas hablan de lo tácito.

El espacio de Salitas de la Fundación OSDE fue parte de la prestigiosa mueblería inglesa Maple, que exhibía al público mesas tendidas con manteles y vajilla. Esta sala con su artesonado en madera -reflejo de esplendores pasados de una sociedad opulenta- es el lugar ideal para que Ariela Naftal (Buenos Aires, 1966) exhiba su reciente instalación "Entre los restos". Una acumulación de copas, platos, jarras envueltas en manteles y servilletas que adquirieron, con los años, ese tono que sucede al blanco purísimo, con costuras a la vista, "momificadas", capas superpuestas y amontonadas, de dramático efecto, y, como señala la artista, "capas de silencio, que guardan historias que ya no serán contadas. Quedan las cicatrices y la angustia de lo que no se dijo nunca". Este trabajo tiene algo de ritual y remite a un pensamiento que ha desarrollado a través de varios años, la incomunicación, que sufrió en carne propia y con la que debió convivir.

Nuestra primera aproximación a la obra de esta artista ocurrió en 2002 con "Huellas del desencuentro", una instalación que exhibió en Elsi del Río. Platos de cerámica con comidas no aptas para paladares gourmet, una mesa en la que en lugar de platos, estos estaban ocupados por pantallas de TV de las que surgían ruidos e imágenes. Una manera de denunciar la falta de comunicación de una familia que no permitía a sus hijos expresarse. Si Naftal tuviera que repetir esta instalación, recurriría a los celulares. Naftal sacó lo que estaba debajo del mantel, una manera de exorcizar lo que nunca se dijo, lo que no convenía decir, un pasado concluido y, a pesar de las cicatrices, perdonar. (Suipacha 658. Primer piso. Clausura a principios de febrero).

A la izquierda, una de los trabajos de Ariela Naftal incluidos en "Entre los restos".

Andrea Moccio ganó el Premio Trabucco en la disciplina Grabado en 2016. En 2006, en el ciclo Estudio Abierto que se realizaba en las oficinas abandonadas del Correo Central, expuso "Yo también me fui al cielo". Esas oficinas con muebles vetustos estaban "tomadas" por un mar de papel. Antes habíamos conocido sus guirnaldas con guías de teléfono, sus trabajos con libros de medicina. Es decir, el papel, que para Moccio no tiene secretos y que lo trabaja como una maga. Uno de sus últimos trabajos fue una muestra de 400 m2, un laberinto borgeano (2015) en el que utilizó 2.000 kg de papel blanco impoluto al que se podía acceder desde una pasarela o penetrar en él y perderse en los meandros del papel plegado que tenían distintas formas.

Pero esta inquieta artista depara sorpresas y en su actual exposición, "A partir de las flores de un jardín de Quilmes", nos enfrenta a lo que creemos son fotografías. En realidad, el origen son fotografías de plantas, flores que no aparecen cuidadas y prolijas como en un jardín francés. Por el contrario, hay un desborde de la naturaleza. El soporte: papeles delgadísimos, etéreos, hechos a mano, en blanco, negro y matices de grises, que Adriana Lauría, curadora de la muestra y autora del texto, llama tonergrafías, pequeños fragmentos de papeles que se yuxtaponen y forman una trama textil delicadísima. Quizás la artista haya elegido esta temática, flores, follaje de un jardín abandonado, algo inusual en un mundo que ha puesto lo sentimental en pausa, para demostrar que todavía es posible emocionarse ante la arrolladora fuerza de la naturaleza. (Clausura el 5 de diciembre. Cecilia Caballero, Montevideo 1720).

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