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Comunión e intimidad en un dúo artístico impar
La conjunción que parecía imposible en el Teatro Colón, Martha Argerich y Daniel Barenboim a dúo, tuvo memorables resultados.
Pese a que (es casi innecesario decirlo) ambos están en un mismo plano de excelencia y prestigio internacional, Martha Argerich y Daniel Barenboim son artistas de perfiles bien diferentes. Ella, una pianista superdotada con mucha más dosis de intuición que de método, tan famosa por su genialidad como por su tendencia inclaudicable a huir de las cámaras y de los protocolos; él, cultor en paralelo de las carreras de pianista y director (amén de otras aristas insoslayables de su personalidad), célebre por la obsesión con la que encara su trabajo en todas las áreas de la música y poseedor de un intelecto superlativo.
Si bien comparten raíces pianísticas en la misma escuela (Enrique Barenboim, el maestro de su hijo Daniel, fue discípulo de Vincenzo Scaramuzza, al igual que Argerich), sus mentes musicales se intuyen bien distintas, y comprobar en vivo cómo podía funcionar esa infrecuente combinación en un "mano a mano" era toda una incógnita para el público argentino.
Más que mano a mano o frente a frente, el concierto fue codo a codo, como anteriormente lo habían hecho. La disposición de pianos en paralelo tuvo un resultado acústico no del todo convincente, en especial desde determinadas ubicaciones de la sala; tal vez si se hubiera retirado la tapa del primer piano, que ocupó Barenboim durante todo el programa, el saldo habría sido más parejo. Desde las primeras filas, sin embargo, el caudal de ambos fue uniforme, y además la disposición permitió apreciar los bellos efectos imitativos de las obras de Mozart (la "Sonata para dos pianos en re mayor" KV 488) y Schubert ("Variaciones sobre un tema original para piano a cuatro manos en La bemol mayor" D. 813).
En lo estrictamente musical la conexión entre ambos fue total, con esa sensación de intimidad tan necesaria, y su preocupación estuvo más puesta en la exaltación de las delicadas texturas planteadas por estos autores y en la limpidez de la articulación que en la fría perfección.
La segunda mitad del concierto planteó un desafío completamente diferente. La interpretación en pianos de "La consagración de la primavera" requiere lógicamente de un intenso trabajo de búsqueda de colores que en el caso de Barenboim no convenció totalmente, aunque en líneas generales los juegos rítmicos tuvieron una traducción contundente en las manos del dúo.
Los bises constituyeron prácticamente una tercera sección del concierto (incluso en cierto sentido la más lúdica y disfrutable), que empezó de manera impecable con el "Andante con variaciones" para dos pianos, dos cellos y corno, versión original del opus 46 de Robert Schumann, con el concurso de 3 integrantes de la West-Eastern Divan Orchestra, continuó con un movimiento de la segunda suite para dos pianos de Rachmaninov, el esperado homenaje a la música argentina con el "Bailecito" de Guastavino y la "Brasileira" de la suite "Scaramouche" de Milhaud. Un Colón desbordante de público como pocas veces se lo ha visto agradeció en delirio con aplausos, "papelitos" y flores la conjunción que parecía imposible y sus memorables resultados.


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