Si en los tiempos de prosperidad mundial había una tendencia explosiva, reconocida a simple vista y que prometía deparar una crisis ominosa, no era otra que el desborde de las cuentas externas de los EE.UU. Tal el corazón de la tesis de los desbalances globales. Era imposible ignorar la desmesura del déficit de la cuenta corriente y su crecimiento incesante. Se sabe hoy, sin embargo, que la crisis que estalló se incubó en otra vorágine: la del crédito. Los desequilibrios de balanza de pagos, si se quiere, fueron sólo un partícipe necesario. No se les puede achacar la detonación -aunque hubieran sido capaces por sí mismos de gatillar una réplica exacta-, pero sí aceitaron el artefacto letal, los excesos del endeudamiento y su generosa ramificación a través de las fronteras.
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La dinámica de las cuentas externas de los EE.UU., se decía, era insostenible en el tiempo. Lo que se probó acertado. Y, como tal, no se sostuvo. Como no hay mal que por bien no venga, fue la propia crisis la que le puso freno al desborde. Así, el rojo de la cuenta corriente es hoy la mitad de lo que fue la norma en 2006 y su retroceso lo proyecta en línea con los registros de ocho años atrás. Es un viraje brusco. Y una buena noticia -una promesa de ahorrar sobresaltos- en un mundo en reconstrucción donde los flujos de capital, tanto brutos como netos, ya no son lo que eran y nadie puede afirmar con certidumbre cuándo regresarán.
En los EE.UU., en el marco de una crisis tan cruenta, el ajuste externo en sí -pese a su magnitud- resultó indoloro. Procedió sin sumar traumatismos adicionales. No requirió la zozobra del dólar. No lo urgió una huida de los bonos del Tesoro. Todo lo contrario. Ya se dijo: la explosión principal se produjo en la provincia del crédito. Más bien, durante el apogeo de los temblores, el dólar y la deuda pública obraron como refugio (salvo la zona gris de los títulos de agencia)
.La corrección que ya se ejecutó no es asunto trivial. De orillar los 400 mil millones de dólares en 2001, el déficit de cuenta corriente aumentó más del 50% en los tres años siguientes y superó los 630 mil millones. Pero su alza no se detuvo hasta traspasar los 800 mil millones en 2006. Nunca EE.UU. había forzado tanto sus desfasajes. En los años de Reagan, cuando imperaba el «superdólar», el récord histórico de la balanza de pagos, fue un faltante en torno al 3,5% del PBI en 1987. Las cifras de 2006 excedieron el 6%. Y el cielo parecía el límite.
Sin embargo, la crisis tenía otros planes. Las penurias de los inmuebles y las hipotecas deprimieron el crecimiento de la absorción doméstica a partir de 2007 mientras la experiencia del «desacople» de las economías emergentes -que impulsó la bonanza de las materias primas hasta julio de 2008- preservó mejor la salud del gasto fuera de los EE.UU. El rojo externo, que se duplicó entre 2001 y 2006, cayó un 12% entre 2006 y 2008. La debacle de Lehman, que arrasó con toda apariencia residual de estabilidad económica y financiera, profundizó la faena al desmantelar aún más el quántum de las importaciones y sumar una destrucción vertiginosa del precio del crudo. El desbalance trimestral pasó de 184 mil millones de dólares en el tercer período del año pasado a 154 mil millones en el cuarto y se derrumbó a apenas 101 mil millones en los primeros tres meses de 2009. Encontrar un guarismo similar obliga a bucear hasta el cuarto trimestre (desestacionalizado) de 2001. El ajuste en curso equivale a una poda del déficit de más de tres puntos del Producto Bruto (en relación con sus valores máximos). Así, la brecha puntual de enero a marzo se redujo al 2,87%.
Hay imágenes que valen más que mil palabras. Dos semanas atrás, la foto del secretario del Tesoro, Tim Geithner, reunido con el presidente chino, Hu Jintao, era la postal de un nuevo mundo. El epígrafe no lo retrataba mejor: presto y diligente, Geithner le transmitía a su principal acreedor, a domicilio, las seguridades de que EE.UU. manejaría su deuda pública con responsabilidad. Hu lucía vagamente satisfecho, pero quien hurgara en los cables de noticias leería que los estudiantes de la Universidad de Pekín, a quienes Geithner también consideró oportuno visitar, no terminaron muy convencidos de sus argumentos. ¿Se aprobó el examen? ¿Cómo hará EE.UU., en caso contrario, para financiar un déficit fiscal que, a instancias de la crisis, apunta a 13 puntos del PBI durante el ejercicio actual y a más de 9 el próximo? ¿Quién querrá comprar la oleada tras oleada de títulos del Tesoro que se acumulan en las gateras? La realidad, por fortuna, no se compadece con la crudeza de esos primeros planos. Si el desbalance de las cuentas externas cayó a la mitad, y ya no supera los tres puntos del PBI, por empezar, no son los extranjeros quienes están sufragando el brusco aumento del rojo de las cuentas públicas. Es el ahorro interno el que cubre la diferencia. Son las empresas y familias que redujeron su gasto en forma vertical. Contra lo que sugieren las fotografías y las declaraciones, EE.UU. hoy depende mucho menos de los capitales del exterior. Pero no es un almuerzo gratis: debió ajustarse el cinturón con brusquedad, aunque todavía gaste más de lo que efectivamente produce.
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