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Cristina en la ONU: más cerca de Obama, más cauta con Lula
Néstor Kirchner, el canciller Héctor Timerman, el gobernador entrerriano Sergio Urribarri, el presidente provincial del Senado José Pampuro, la senadora peronista Roxana Latorre y (de pie) el embajador Jorge Argüello, escuchan en Nueva York el discurso de Cristina de Kirchner ante la ONU.
Por un lado, hay que destacar la evidente búsqueda de una sintonía cada vez mayor con el Gobierno de los Estados Unidos. ¿Cómo leer, si no, la esforzada gentileza en cada cruce con Barack Obama, la mención de la Presidente ante la Asamblea General de la ONU del tema palestino en los mismos términos que había planteado el estadounidense (el surgimiento de un Estado independiente antes de un año), la mención a la cuestión ambiental? Hasta se debe contabilizar la retirada de la delegación argentina antes del discurso del iraní Mahmud Ahmadineyad, algo que precedió la actitud análoga de la norteamericana cuando éste, fiel a su insistencia en culpar siempre a las víctimas de las tragedias, calificó el 11-S de autoatentado.
Y la recíproca, algo también calculado sin dudas: la alusión del estadounidense a las madres de los desaparecidos en la «guerra sucia» (término acuñado por los militares). Gestos y más gestos.
Todo esto no es nuevo, ya que es notorio que nuestro país es considerado por la Casa Blanca un aliado en cada uno de los temas que verdaderamente le interesan en relación con la región: terrorismo, narcotráfico, lavado de dinero, Irán. A la luz de esto, sorprende escuchar a quienes siguen insistiendo en una presunta «chavización» de la política exterior nacional.
Lo dicho no es bueno por una mera cuestión de marketing, de actos tribuneros o de fotos que puedan «pagar» políticamente puertas adentro. Lo que parece interesante es la voluntad de dejar los desacuerdos para situaciones puntuales y de no confrontar por confrontar.
Así, se evitan errores como los cometidos en la Cumbre de las Américas realizada en 2005 en Mar del Plata. El Gobierno de Néstor Kirchner privilegió entonces la intención de rechazar la pretensión de George W. Bush de imponer el ALCA y obligaba a dejar de lado una estrategia ligada preferentemente al Mercosur. El problema fue que para concretarla se usó un modo muy poco diplomático, de adhesión excesiva al histrionismo de Hugo Chávez y casi de solaz por la propia disputa. Ese antecedente recién ahora parece dejar de pesar en las relaciones bilaterales. Brasil también resistió aquella movida de Estados Unidos, pero las formas más sutiles de Itamaraty hicieron que Luiz Inácio Lula da Silva nunca pagara los costos que sí pagó el kirchnerismo.
Volviendo a la cuestión de Irán, la tirria con nuestro país se alimenta, claro, del tema AMIA, pero es funcional al enfrentamiento planteado por Washington sobre la cuestión nuclear. Algo en lo que el kirchnerismo se diferencia de Brasil, empeñado en una más que polémica (e irritante para Estados Unidos) aproximación al régimen teocrático y violador de los derechos humanos. Y de Venezuela, claro.
La propuesta de realizar el juicio a los iraníes acusados por el ataque a la mutual judía en un tercer país no es en rigor nueva, pero sí lo es por el carácter oficial que adquirió y por el foro en el que fue presentada. Se trató de una vuelta de tuerca inteligente, que, más allá del resultado que finalmente tenga, reactualiza el tema en el plano internacional, deja en una situación incómoda a los elementos más duros del régimen de Teherán y, acaso (y en la limitada medida de la capacidad de influencia nacional), atiza dentro de éste un debate con los sectores que plantean la conveniencia de un cierto regreso de ese país a la comunidad internacional. Obama, seguramente, sonríe también por esto.
La asunción al frente del G-77 + China, prevista para mañana, es otro punto a favor, sin dudas.
Más allá de la cuestión iraní, se planteó otra gentil y acertada diferencia con Brasil. El Consejo de Seguridad debe ser reformado, señaló la Presidente, pero la Cancillería trabaja en un sentido diferente al propuesto por ese país. Cristina de Kirchner no planteó en su discurso la letra chica de la propuesta nacional, pero ésta apunta, en acuerdo con Italia, México, Pakistán y otros países, a un esquema que amplíe la representación en función de regiones, no de países clave, como pretende Itamaraty.
Brasil debe ser un socio y aliado de nuestro país, seguramente el primero, pero tiene sus propios intereses y la Argentina no debe hace un seguidismo automático de sus posturas.


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