23 de marzo 2012 - 00:00

Cupones bursátiles

El enorme cráter que dejó Grecia -saliendo del escenario- para los redactores de supuestos argumentos que inciden sobre los índices de los mercados, se fue notando con crudeza en la semana. Faltando esa gran veta diaria, donde el problema griego cargaba con todo y hasta era retorcido a gusto y placer, según desearan los «imaginadores» de textos de Wall Street, estos días se dezlizan en completa pesadez y carencia de sustentos.

Nada más que esperar algún dato estadístico de la economía del Norte, para afirmarse en ello en tren de justificar los altibajos bursátiles. Entre martes y miércoles se les dio mala jugada, porque con el mismo rubro -inmobiliario- las señales no resultaron halagüeñas. Lo que generó el que parece un caso exótico: de ver que el Dow decayera dos fechas seguidas. Faltando esos retoques finales que siempre evitaban caer en el signo negativo, dando la imagen de una prosperidad en un recinto de riesgo, que continúa rodeado por los indicadores económicos que nunca arrancan.

De todas formas, ya arribará a tales escritorios un indicador seleccionado y que brinde buenos resultados -aunque sea por «venta de papa minoritaria»- para poder jugarlo como contrapeso positivo. Mundo que está en una planicie, con incertidumbre que no ceden y hasta temores para que existan noticias. Por el momento: «la mejor noticia de Europa, es que no haya noticias» (estarán repitiendo los franceses, que acuñaron certera máxima).

Ciertamente aburridas son algunas ruedas, con la impresión de que el techo de los índices se hace más duro de seguir perforando (el abanderado de esto resulta ser el Dow, al que nadie se anima a estimarle qué recorrido le queda). Cuando no hay más negocio hacia arriba y todo camienza a trabarse, el negocio ocupa el plano inferior y se hace imprescindible generar la brecha: para depurar la tendencia y poder retomarla, desde un nivel más acomodado. Y cuanto más se porfíe en continuar con la escalada, tanto más -y desde más arriba- se cae después.

Repetición de ruedas donde prevalezca la «calma chicha», los pequeños desniveles de mercados parejos en sus fuerzas de entrar y salir, deben ser forzados a ubicarse en otra medida y volver a tentar con alguna seducción. La magia está escaseando, los estímulos naturales no aportan y los artificiales se van quedando sin letra. Es cuando surge el «algo va a pasar».

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