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Da Bouza, los hermanos que mataron al padre
Da Bouza había militado en la Juventud Universitaria Peronista (JUP), el brazo político de Montoneros. Era poco más que un adolescente cuando tuvo sus dos primeros hijos, Emmanuel y Santiago, y no había terminado de estudiar cuando se separó de su primera mujer, Patricia Polo Devoto. Después tendría otros dos varones con su segunda esposa, de quien también se divorció.
El contador Da Bouza era alcohólico, había querido matarse un par de veces. Las vueltas de la vida lo habían llevado a mudarse solo a un antiguo, pero elegante, departamento de Chacabuco 584, en San Telmo.
Da Bouza era de carácter difícil. Maltrataba a sus hijos, según distintos testimonios que se recogieron en el expediente. A los mayores los agredía permanentemente porque no eran buenos estudiantes ni se esforzaban. Mantenían la relación, pero era tirante en extremo.
Emmanuel, el mayor, tenía 24 años cuando tomó una libreta y anotó un plan. Apuntó que debía comprar sogas, hacer un duplicado de llaves, conseguir una bolsa negra y pasamontañas. Fue en el año 1998.
Los hermanos fueron a una armería de la calle Sarmiento, donde compraron una pistola, que quedó registrada a nombre de Santiago, por entonces de 23 años. Era una Bersa calibre 22, que pagó con su tarjeta MasterCard. Después fueron a una ferretería de la calle Brasil al 600 y abonaron en efectivo 30 metros de soga.
El 25 de marzo de 1998, Santiago y Emmanuel fueron a cenar con el padre. Habían vivido unos meses con él, pero se habían marchado por discusiones y peleas constantes.
Antes de la medianoche, Santiago bajó del departamento para ir al kiosco a comprar cigarrillos y algunas golosinas. Los tres habían bebido mucho alcohol. Al regresar, el muchacho fue a un cuarto y volvió con el arma en la mano. Ramón Da Bouza nunca lo vio. Fueron dos disparos por la espalda. Después habría un tercer disparo y algunos golpes con un tarro de leche.
Santiago, tras el crimen, envolvió la pistola Bersa en una servilleta de papel y la llevó al baño. A partir de ese momento, hubo un intento por simular un robo y desviar la investigación: rompieron algunos vidrios, revolvieron la casa, colocaron cabellos entre los dedos del cadáver del padre y colgaron los 30 metros de soga desde la terraza.
Cuando llegó la Policía, los jóvenes gritaban desesperados y contaban la historia del robo, los ladrones, la soga y los disparos. Santiago llamó a la madre y a la novia para contarle del mortal asalto. Emmanuel estaba lastimado.
Luego de las pericias en el lugar, los efectivos de la Policía Federal llevaron a los jóvenes a la comisaría para que declararan como testigos del hecho y los dejaron ir. La primera calificación fue homicidio en ocasión de robo.
La primera historia duraría pocas horas. Los policías se dieron cuenta de que era imposible que los delincuentes escaparan descolgándose de la soga. También encontraron la factura del arma que había sido utilizada para el homicidio. Después, los investigadores hallarían el cuaderno con las anotaciones del plan criminal. Ambos terminaron condenados.


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