12 de agosto 2010 - 00:00

Desafíos gastronómicos en el gran quincho nacional

Activísima ayer la gastronomía política. Fernando de la Rúa estuvo en la cena de opositores al embajador Eduardo Sadous; Ricardo López Murphy festejó con radicales su cumpleaños, y Martín Redrado almorzó con peronistas federales.
Activísima ayer la gastronomía política. Fernando de la Rúa estuvo en la cena de opositores al embajador Eduardo Sadous; Ricardo López Murphy festejó con radicales su cumpleaños, y Martín Redrado almorzó con peronistas federales.
Difícil encontrar anoche remises y uvasal en el centro porteño; encima llovía. Centenares de políticos, militantes, punteros, funcionarios y otros voyeurs de la política, identificados con otras bandas opositoras a los dos oficialismos (el macrismo y el kirchnerismo, se entiende), se agolparon en dos comedores con solera para jalear a figuras que hostigan a los gobernantes. Más de 200 vecinos que buscan el sol desde la vereda del antikirchnerismo honraron el churrasco que se ofrece en el Club Americano del piso 10° del edificio que está en la calle Viamonte, frente al Colón, para hacer culto a la personalidad del embajador Eduardo Sadous, el hombre que dijo haber visto cosas en los negocios entre la Argentina y Venezuela, y al que la oposición le atribuye haber inventado la trama de la embajada paralela.

No es seguro que Sadous conociera a todos quienes se acercaron a saludarlo y felicitarlo por el señalamiento que ha hecho sobre las partes blandas del Gobierno, comprometiéndolo en una saga judicial sin fin, quizás con menos pruebas que furia, y que explota la acusación de corrupción que más molesta al Gobierno: la que está en la retina de quien acusa y que parece ilevantable por más respuestas que se den.

Aunque el convite incluía un discurso del filósofo y poeta Santiago Kovadloff, la cita de anoche organizada por el abogado Enrique Avogadro, el urólogo Luis Montero, y los conservadores Guillermo Alchouron y Alberto Allende Iriarte convocó un grupo que iba de Fernando de la Rúa a Patricia Bullrich, pasando por la ex senadora María Cristina Guzmán, René Balestra -florido orador-, el ex militar Miguel Ángel García Moreno, el ex juez Federico Young, el apoderado PRO José Torello, los ex diputados Jorge Enríquez, Nora Ginzburg y Carlos Araujo, el duhaldista Carlos Brown, y, entre otros, los ex embajadores Fernando Petrella, Juan Archibaldo Lanús y Andrés Cisneros.

A pocas cuadras, en el santuario radical «Lalín» de la calle Moreno y Combate de los Pozos, otros doscientos radicales, radicaloides y conservadores le cantaron el cumpleaños feliz a Ricardo López Murphy (59), y lo ilusionaron con que puede ser el candidato de ese sector a la Jefatura del Gobierno porteña, hoy en manos de Mauricio Macri, que fue su aliado fugaz en dos elecciones hasta que el economista giró a una oposición odiosa porque compite por el mismo padrón electoral del oficialismo de la Capital Federal. La tromba que asuela a Macri les hace crecer en confianza y la prueba es que nunca un cumpleaños de este dirigente convocó a tanta gente. Hubo mucho aspirante a subir en la escala zoológica de la política porteña que parece sin techo por la lesión Macri y eso abre nuevas convocatorias, algo que explica las presencias de un buen lote radical: Nicolás Gallo, Jesús Rodríguez, Héctor Lombardo, Rafael Pascual, Andrés Delich, Juan Manuel Casella, José Bielicki, Ricardo Gómez Diez, Humberto Bonanata, Claudio Pressman y el legendario Mario Losada. Esperaron hasta tarde a Elisa Carrió y Patricia Bullrich (apurada porque quería darse también un toque por lo de Sadous, pero tenía un compromiso con un canal de TV).

El recurso a la gastronomía es una obviedad como herramienta proselitista porque el solo hecho de sentarse a una mesa y compartir el pan no sólo alimenta la leyenda de que en el futuro seremos todos unos gordos a dieta; también porque transmite un aire amical, de concordia, compañerismo y lealtad, todos recursos muy escasos en la política. Desde el modesto choripán a los dorados techos de los vientres mejor alimentados, dar de comer es acto político, y todos buscan aprovechar los efectos de tan bíblica costumbre. Las grandes y pequeñas conspiraciones se hacen todas en torno a un plato de pretensiones, sea el radical arroz con pollo de Lalín, la conservadora lasagna del Club del Progreso, o el lujo del catering de las celebraciones oficiales. En este punto el ascético kirchnerismo, que ha querido evitar mostrarse en comidas -un gesto de revisionismo partidario ya que el menemismo convirtió a las comidas en su principal género de acción partidaria- hizo en los últimos días su aporte cuando convocó de nuevo para el catering de las recepciones oficiales al chef más encumbrado de la Argentina (no se dirá su nombre para no darle prensa). Más aun, cuando se sirvió la cena de la cumbre del Mercosur en San Juan, el matrimonio Kirchner se apartó de la dieta que observa contra viento y marea, y se deleitó junto a Pepe Mujica (hombre que en su país recomienda comer guisito para aumentar las exportaciones de carne), devorando un orgulloso ojo de bife que les cortaron ante sus ojos en la mesa principal. Belleza pura.

Hay condumios que quiebran lealtades, como el almuerzo que le propinaron a Martín Redrado ayer los senadores «federales» Carlos Reutemann, Adolfo Rodríguez Saá y Juan Carlos Romero para convencerlo de que les redacte un plan económico para la plataforma de la campaña de 2011. El repaso de las andanzas y malandanzas de la economía kichnerista, que el invitado ayudó a construir -glosado con datos por Redrado-, ocupó casi toda la charla, pero los anfitriones no terminaron de saber si el menú de iniciativas del «golden boy» de la economía patria no es el mismo que le ha llevado al kirchnerista Sergio Massa -que pelea por una candidatura a gobernador por dentro del PJ formal en Buenos Aires- o si será compatible con el que le ha llevado Roberto Lavagna a Eduardo Duhalde, armador también del peronismo «federal» y que, a diferencia de los senadores de ayer, sí es candidato a presidente. Le sirvieron pollo con ensalada y cassata de postre; en el Central se comía mejor.

Una rama de la antropología suele deducir conductas de lo que la gente come y basa sus pesquisas en cuál es el menú de cada colectividad. El arroz con pollo es patrimonio radical, el asado lo es del peronismo, que se permite algunos deslices, como el exquisito pollo con verduras grilladas, con entrada de niçoise de salmón, que le ofreció anteanoche el operador Ángel Torres al grupo de «federales», quien lo visitó en su departamento de la calle Callao. Esos antropólogos deberían acercarse a algunos tachos de basura que pueden conservar restos de gastronomía política de gran profundidad para saber, por ejemplo, qué les dio de comer a estos mismos federales y a Macri en la capciosa cena del martes de la semana pasada. Esos testimonios permitirían saber -frente a tanto ocultamiento y tanta fantasía kirchnerista- en qué anda esa gente.

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