10 de junio 2011 - 00:00

Diálogos en Wall Street

Europa sigue su camino. El BCE no se aparta de la ruta trazada. ¿Viene otra suba de tasas de interés en julio? Un veterano analista de la economía internacional -caracterizado como Gordon Gekko- cree que sí y, por cierto, no es nada original. ¿Cómo se compatibiliza la estrategia del BCE con los avatares de Grecia y de la crisis de la deuda? En la tarea de hurgar razones en busca de una respuesta, allí sí Gekko vierte una contribución variada y muy personal.

Periodista: No es fácil entender un mundo tan revuelto. La crisis desacomodó también el mapa de las ideas. La economía de los EE.UU. apenas estornuda y se le pide a la Fed que lance otra ronda de compra masiva de bonos del Tesoro.

Gordon Gekko: Es la controversia por el QE3. Se trata, en rigor, de una solicitud denegada. No progresará. Ben Bernanke fue categórico.

P.: A la par, Europa tiene a Grecia (y a Irlanda y a Portugal) bamboleándose en la picota -y a España bajo presión- y no hay nadie que sugiera siquiera que el BCE podría hacer lo mismo. A diferencia de la Fed, el BCE no gastó mucha munición.

G.G.: El BCE va en otra dirección.

P.: A contramano.

G.G.: Como sea. Pero marcha con mucha convicción.

P.: Jean-Claude Trichet -el titular del BCE- ratificó la intención de proseguir con la suba de tasas.

G.G.: Hasta chocar con la pared no se detendrá. Y tiene una de frente y otra de costado. El BCE no comulga con los experimentos no convencionales. Y menos que menos a gran escala.

P.: No le gustan, pero cuando la necesidad lo apretó, también participó.

G.G.: De acuerdo. Sin embargo, ya los congeló hace tiempo. Fíjese que tuvo la oportunidad de acoplarse al lanzamiento del QE2 el año pasado y no lo hizo.

P.: Más bien fue uno de los críticos más feroces.

G.G.: Seguro. Salió bien en la foto. Evitó despeinarse. No obstante, la decisión tuvo sus costos. Ni Irlanda ni Portugal se habían caído cuando la Fed comenzó a comprar los primeros bonos del QE2.

P.: No hay el menor signo de arrepentimiento en el BCE.

G.G.: Diría que no se anotició.

P.: De hecho, el mensaje oficial es que la crisis europea es un problema estrictamente fiscal y que lo que hay que hacer es ajustar más el cinto.

G.G.: Se aportó también la sugerencia de crear un Ministerio europeo de Finanzas. Y, sobre todo, el rechazo profundo a cualquier conato de reestructuración de deudas, llámese reprogramación, extensión de plazos o lo que fuera.

P.: Nada que no sea voluntario.

G.G.: Nada que no se pueda presentar a la opinión pública como voluntario.

P.: Hay que pensar entonces que el BCE no nos sorprenderá. Toca despachar una suba de tasas de un cuarto de punto en julio. Trichet ya pronunció las palabras mágicas.

G.G.: Ésa es la idea. Salvo que la olla en la que se cocinan los países en dificultades explote antes.

P.: Dependerá mucho de cómo se resuelva el entuerto de Grecia. A fines de junio debería recibir otro tramo de asistencia, y lo que parecía abrochado resulta que no lo está.

G.G.: Berlín no está satisfecho.

P.: A juzgar por la carta del ministro alemán de Finanzas, su país no quiere dejar librada la contribución de los inversores privados (al financiamiento de Grecia) a un mero acuerdo de caballeros.

G.G.: En parte, porque un acuerdo similar rige en la actualidad y se ha probado demasiado poroso.

P.: Alemania quiere un canje de bonos que le asegure la vigencia del compromiso por los próximos siete años.

G.G.: Es el ministro de Finanzas quien lo plantea. La premier Angela Merkel se reserva la última palabra. Habrá que seguir negociando. Como es norma del Viejo Continente, hasta la exasperación, hasta el último minuto.

P.: El BCE estuvo siempre en contra. Pero, ¿qué piensan los demás jugadores clave?

G.G.: Alemania sobresale en su postura. Se recorta en soledad. Aunque quizás, bajo la mesa, cuente con otros apoyos.

P.: No el de la Comisión Europea.

G.G.: No. Pero uno no imagina a Holanda o a Finlandia muy lejos en sus pretensiones. Gran Bretaña podrá no pronunciarse por la cuestión de la deuda, pero también es reticente a participar de la contrapartida, a aportar una inyección adicional de recursos. Y hay bancos que, contra lo que pudiera suponerse, le han dado el visto bueno a la idea de un canje como el que quiere Alemania.

P.: Eso sí es una sorpresa.

G.G.: Crédit Agricole es el caso público más visible. Pero hay otros -JP Morgan, Crédit Suisse, RBS- que también expresaron apoyo.

P.: Sin embargo, el candidato de hierro a sustituir a Trichet en la jefatura del BCE, Mario Draghi, se refirió a los planes de reestructuración como una fuerza capaz de provocar «la desestabilización del sistema financiero». ¿Cómo compatibilizar visiones tan diferentes?

G.G.: No se guíe tanto por las declaraciones. No las tome al pie de la letra. Cada cual atiende su juego. Si yo tuviera un banco, también apoyaría la moción. Es la manera más barata de transmitir la imagen de estar a salvo del temporal. Y, total, no va a ser mi opinión la que defina.

P.: En igual sentido, se puede interpretar la jugada de Alemania como una carta marcada, destinada a la opinión pública de su propio país. Se la pone sobre la mesa, de manera teatral y muy visible, aun sabiendo que luego habrá que retirarla para preservar la unidad de Europa.

G.G.: Yo diría que para no incendiar Europa cuando todavía no hemos terminado de pagar la autobomba. ¿Será una pose política destinada al autoconsumo? ¿Por qué no? Mire cómo el Gobierno de Merkel giró sobre sus talones en el tema de la energía nuclear después de Fukushima, y este cruce de opiniones es apenas una nota de color.

P.: ¿Qué cabe esperar? Usted ya nos había dicho que el cántaro iría varias veces a la fuente, pero sin el ánimo de romperlo.

G.G.: No hay motivos para mudar de criterio. Como siempre, hay que rogar porque esta gente sepa lo que está haciendo y el cántaro no se le resbale de las manos.

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