30 de marzo 2012 - 00:00

Diálogos en Wall Street

¿Qué pasa en los mercados que aunque Bernanke les hace señas para que pasen, dudan en avanzar? ¿Y en Europa? Con Gordon Gekko, el «nombre de guerra» de nuestro experto en la arena internacional, analizamos las realidades que preocupan a ambos lados del Atlántico.

Periodista: Ben Bernanke, el titular de la Fed, le dio un empujón a la Bolsa, pero más allá del envión inicial, no hubo continuidad.

Gordon Gekko: Estamos instalados, las dos últimas semanas, en una meseta.

P.: Una altiplanicie que ha conquistado nuevos récords (post Lehman), pero que no se atreve a rasgar las alturas de modo sostenido y contundente.

G.G.: Así es.

P.: ¿Y esto es un buen signo, o una señal ominosa?

G.G.: Con todo el recorrido que hizo la suba, haría falta un repliegue importante para anular la tendencia de fondo. Y no se olvide que todavía el reloj juega a favor de los activos de riesgo.

P.: No parece haber consenso en la Fed para promover el meneado QE3.

G.G.: No lo hay. Pero como es un tema que habría que ejecutar recién en junio, hay tiempo para considerarlo.

P.: Usted pensaba que se resolvería en la reunión del banco central de fines de abril.

G.G.: Cuando se lanzó el QE2, el guiño de aprobación lo dio Bernanke en Jackson Hole a fines de agosto. Y la iniciativa, la compra concreta de los bonos de largo plazo, se comenzó a ejecutar a principios de noviembre. Sería lo ideal. Darse tiempo para anticipar los efectos de la medida antes de tomarla efectivamente.

P.: ¿Cree que se repetirá esa «programación»?

G.G.: La impresión que uno tiene es que no hay muchas razones para ensayar el QE3.

P.: ¿Y entonces?

G.G.: Ha sido la Fed, y el propio Bernanke de modo personal, los que no dejaron que el tema cayera en el olvido.

P.: Quiere decir que el QE3 mantiene sus probabilidades de ocurrencia.

G.G.: Habría que pensar que son bajas. Y condicionales, por entero, a una economía de los EE.UU. más débil de lo que traducen los números que se conocen.

P.: No hay garantías de que esa debilidad se produzca. Y menos de que aflore en lo inmediato.

G.G.: Tal cual. Pero entiendo la preocupación de Bernanke por salirle al cruce a la tendencia de la tasa larga a retomar el alza. Creo que el auténtico mensaje «afirmativo» de Bernanke es que las tasas cortas no van a subir.

P.: En un reportaje reciente, el titular de la Fed aclaró que cuando el comunicado oficial declara que las tasas cortas se van a mantener sin cambios hasta fines de 2014, la Fed no está emitiendo ninguna «garantía» de que ello efectivamente vaya a verificarse.

G.G.: No es una promesa. Estoy de acuerdo.

P.: No lo es. ¿Por qué confía entonces en que Bernanke no las subirá?

G.G.: Porque tampoco hay motivos. Pero si las tasas largas trepan porque el mercado de bonos descontaba una intervención de la Fed que finalmente no se produce, entonces se prestará a confusión. Y si se escucha a varios de los oradores de la Fed también puede dudar. Más de uno de ellos cree que habrá necesidad de aplicar retoques el año próximo. James Bullard de la Fed de St. Louis piensa que, caso contrario, se gestarán presiones inflacionarias. En ese marco, lo que Bernanke le está diciendo a usted es que no se enrede en la madeja. La discusión interna relevante, en la actualidad, no pasa por ahí.

P.: Bernanke es, a la postre, quien corta el bacalao.

G.G.: Tal cual. La política monetaria no se endurecerá. En el mejor de los casos, aunque es poco probable, se la soltará para alentar una cicatrización más rápida del mercado laboral.

P.: Acabamos de recibir el informe de subsidios de desempleo y los pedidos iniciales son los más bajos desde 2008. Parece difícil que la Fed se entrometa si las cifras mejoran por si solas.

G.G.: Es lo que le decía.

P.: Lo llevo a Europa. Tenemos una nueva cumbre presidencial. Se nos ha hecho costumbre.

G.G.: Hay una por mes.

P.: Pero ahora que se multiplican ya no son tan urgentes.

G.G.: En efecto. No hay asuntos de vida o muerte.

P.: Un día lo escucho a Mario Monti lamentarse por Rajoy y abrir el paraguas por el contagio terrible que España podría ocasionar. Al día siguiente, sin embargo, dice suelto de cuerpo que «la crisis está casi terminada». ¿Cuál de las dos versiones asistirá a Copenhague? ¿Qué partido tomará la cumbre?

G.G.: Uno no debería esperar mucho. Toda cumbre corre el riesgo de reinstalar la sensibilidad. Pienso que el silencio alemán sobre Rajoy es salud. Sería muy bueno que no se quiebre. ¿Qué hay en la agenda? En la reunión de diciembre se acordó analizar en marzo la necesidad de reforzar el poder de fuego de los fondos de rescate.

P.: El tema pendiente de la «bazuka».

G.G.: Sí. A los pocos días, Angela Merkel, la premier alemana, anticipó una negativa rotunda a incrementar su capacidad.

P.: Lo recuerdo. Pero ahora parece que mudó su opinión.

G.G.: Si esta cumbre va a dejar algún legado positivo, será culminar esa negociación.

P.: Se trata de fusionar la Facilidad de Estabilización Financiera -el fondo hoy operativo- con el Mecanismo de Estabilidad -el fondo que estaba previsto lo sustituyera- y sumar los recursos disponibles.

G.G.: Correcto. Y de esa manera elevarlos de 500 mil millones de euros a los 740 mil millones.

P.: Hay quien menciona hoy la cifra de 900 mil millones.

G.G.: No hay queja. Cuanto más, mejor. Aunque Jens Weidmann, el representante alemán en el BCE, diga lo contrario.

P.: ¿Cree que es factible?

G.G.: La llave la tiene Merkel. Si ella da el okay, no hay quien más se oponga.

P.: ¿Calmará el escozor que hoy provoca España, así como ayer Italia, y pasado mañana quién sabe quién?

G.G.: ¿Quiere quitar esas piedras del zapato, que no son graves ya, pero que molestan y generan una desconfianza inútil, nociva para la recuperación? Haga lo que hizo Rajoy. Pero que lo haga la cumbre. Y con una Merkel que sonría en la foto. Ponga el acento en las reformas y relaje, agresivamente, las metas de recorte del déficit. Pero me temo que eso, a esta altura, es pedir demasiado.

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