4 de febrero 2013 - 00:00

Diálogos en Wall Street

El rally estacional explotó con el efecto enero. Y arrancó febrero con pisada firme. No obstante, Gordon Gekko pone el acento en la desaparición del temor de los inversores y su reemplazo por un entusiasmo contagioso que quizás no se sostenga si se quiebra la racha alcista. Para peor, febrero no es mes de grandes augurios.

Periodista: Enero cerró con algún que otro titubeo. Después de trepar más del 5% es lógico que el inversor se pregunte cuánto más jugo se puede extraer. Pero febrero, el viernes arrancó con toda pujanza. Y, para que no queden dudas, la rueda remató con un cierre del Dow por encima de los 14 mil puntos. El rally está vivito y coleando.

Gordon Gekko: Entusiasmo no le falta. Lo que parece haberse agotado es el temor.

P.: No es un mal enroque. ¿O sí?

G.G.: El temor, cuando se disipa, es el combustible óptimo. Fue lo que propulsó la escalada de enero. Ahora todo el mundo está convencido de que no hay mejor alternativa de inversión que la Bolsa. Es una sensación más agradable, pero también más riesgosa. Ya no rigen los precios que dejó diciembre. Y quizás tampoco haya estómago para absorber un traspié que no se espera.

P.: Después del efecto enero, que resultó, como lo señala la literatura, llamativamente benéfico, ¿se puede esperar una repetición? ¿Existe un efecto febrero?

G.G.:
La estacionalidad no debería contar en un mercado eficiente. Sin embargo, es como las brujas, que no las hay, pero que existen, existen. Año tras año, la estacionalidad hace sentir su influencia. Muy visiblemente.

P.: Y el rally en curso tiene todas las credenciales posibles en este terreno.

G.G.:
Tanto que resucitó de sus cenizas a mediados de noviembre, en la antesala del Día de Acción de Gracias. Teníamos entonces un Dow por debajo de los 12.500 puntos, y un pesimismo generalizado bastante profundo.

P.: Y cumplió también con el avance de Año Nuevo, cuando, a última hora, se canceló, de momento, la novela del abismo fiscal.

G.G.:
Fue el puntapié inicial del efecto enero.

P.: Wall Street respeta a pie juntillas lo que marca el almanaque. ¿Seguirá así en febrero?

G.G.:
Nueve de los últimos diez años, el primer día hábil de febrero arrojó ganancias para la Bolsa.

P.: Como usted dijo, esto parece brujería. Es un rally dictado por los signos del zodíaco.

G.G.:
Si Washington no intervenía y dejaba que la economía saltase al abismo fiscal, otra sería la historia. No hay que exagerar. Lehman Brothers capotó en septiembre de 2008 y no hubo estacionalidad favorable que evitase el cataclismo. ¿No lo recuerda? No se verificó ningún efecto enero en 2009.

P.: Como decía un experto: «Puede fallar...».

G.G.:
Así es.

P.: Sólo por curiosidad. Retomo la pregunta: después del efecto enero... ¿podemos confiar en la ayuda del «efecto febrero»?

G.G.:
¿Usted lo escuchó mencionar alguna vez?

P.: La verdad es que no. Pero parecería natural, febrero es su sucesor. Y el refrán que sí conozco habla de vender recién en mayo.

G.G.:
De octubre a abril se observa un patrón recurrente de estacionalidad positiva. De esos seis meses, el «peor» es febrero. Así que, en principio, el almanaque no es muy alentador. El rol que suele desplegar febrero es el de corregir las ganancias desmesuradas de su predecesor.

P.: Por lo visto después de conocido el informe de empleo, los inversores quieren apostar por más. El viernes hubo una explosión alcista. Y en la pulseada por cerrar por encima de los 14 mil puntos también se le torció el brazo a los «bears» (pesimistas).

G.G.:
La encuesta de inversores institucionales es muy interesante. El más pesimista está un 60% invertido en acciones. Cuando le digo que no quedan «bears» es porque es así.

P.: Lo bueno de la suba del viernes es que no son los astros sino los indicadores económicos los que la impulsaron. Hubo más creación de empleos, un mejor informe ISM y de generación de ingresos personales, mayor confianza del consumidor y más ventas de autos.

G.G.: No se engañe. La recuperación es tibia. Y ese es el negocio de Wall Street (porque lo mantiene como socio obligado de la Fed). Cuando se vean señales rotundas de fortaleza, la Bolsa deberá poner barbas en remojo. Por ahora, la Bolsa quiere (y puede) seguir tirando: el Dow quedó a un 1% de los máximos históricos absolutos. Pero fíjese bien: a la par, ya comenzó un serrucho. Los árboles no crecen hasta el cielo. Y menos en febrero.

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