26 de septiembre 2013 - 00:00

Diálogos en Wall Street

La política copó la agenda. Y para nuestro hombre en Wall Street, el avispado analista que se presenta bajo el alias de Gordon Gekko, la llenó con sus problemas fiscales sin que, de momento, aflore una paralela capacidad negociadora. Así, el cierre temporario del Gobierno es una posibilidad que no descarta.

Periodista: La política le robó el show a la Fed. Ya no se habla de la compra de bonos del banco central, si va a haber una poda en octubre o no, sino del pago de sueldos de la Administración, si se van a cancelar puntualmente o habrá que esperar para cobrar. Una historia reiterada, por cierto, pero que pierde gracia con cada repetición. ¿Vamos a un cierre temporario del Gobierno? ¿A una solución bipartidaria de último minuto? ¿O a una decisión unilateral del presidente Obama de ignorar el techo de la deuda?

Gordon Gekko:
Hace tiempo que la política sentó sus reales en Wall Street. Lo hizo cuando Obama anunció la no renovación de mandato de Ben Bernanke y jugó la candidatura de Larry Summers al frente de la Fed. Y luego con el ultimátum a Siria.

P.: Pero ahora se lleva todas las cámaras. Es impensable que la Fed pueda tomar una decisión de recortar el QE3 en este marco. Hemos vuelto a una dinámica de precipicio fiscal. Y ya dijo Bernanke que es poco lo que la política monetaria podrá hacer si no hay un acuerdo razonable y las negociaciones descarrilan.

G.G.:
La crisis se repite. Sabemos, a esta altura, que el agua nunca llega al río. Pero ignoramos el derrotero particular de cada episodio. En parte, porque las condiciones iniciales siempre son distintas. En 1995 y 1996, en la presidencia de Bill Clinton, hubo que cerrar el Gobierno en un par de oportunidades. Pero lo que Clinton tenía enfrente era un Partido Republicano que acababa de arrasar en las elecciones de mitad de período.

P.: Fue el momento de auge de Newt Gingrich y su Contrato con América.

G.G.:
La lección de 1995-1996 fue tremenda. En esa pulseada el favorito Gingrich enterró sus chances presidenciales, y Clinton resucitó como el Ave Fénix ante la opinión pública. Después de ese percance, las sucesivas crisis fiscales fabricadas por la intransigencia política se solucionaron siempre en el último minuto. No se quiso ir nunca más allá.

P.: ¿Piensa que ésa será una vez más la regla? Mucho ruido y pocas nueces.

G.G.:
Lo que yo veo es una fatiga negociadora enorme. No me sorprendería que volvamos a las andadas.

P.: ¿Le conviene a los republicanos? ¿No estarían repitiendo el error de otrora?

G.G.:
No le conviene al partido. Pero es lo que pide su núcleo duro. Y los legisladores -que ya han estado atrapados por esta dinámica perversa- no han sabido encontrar un atajo convincente. Así, no tienen mucho margen de negociación. Acuérdese, el año pasado, cuando su líder John Boehner cerró un preacuerdo con los demócratas y luego sus propios colegas, ante la presión de las bases, lo dejaron en la estacada.

P.: Se me hace difícil pensar en una ley que genere tanta animadversión, tenaz y, sobre todo, tan duradera, como la reforma de la salud -el llamado Obamacare- entre los votantes republicanos. Uno diría que ésa fue una batalla que el partido perdió hace años. Y, sin embargo, la siguen combatiendo.

G.G.:
La oferta es correr los límites fiscales por un año a cambio de postergar por el mismo lapso la vigencia de la reforma. Para Obama, simplemente, no es aceptable.

P.: ¿Y qué ofrece el presidente?

G.G.:
Buena pregunta. Nada muy atractivo. Los republicanos exageran diciendo que la estrategia del Gobierno tiene tres componentes: 1) no negociar, 2) no ceder y 3) recordar que no tienen que negociar ni ceder.

P.: En otros momentos a esta altura, y hay que tener presente que el año fiscal termina el lunes próximo, había una hoja de ruta con una variedad de temas potables para la discusión sobre la mesa.

G.G.:
Por eso le citaba el cansancio. Obama viene de dos fiascos consecutivos -Siria y Summers- que llaman la atención. Uno diría que éstos son errores difíciles de explicar; fueron groseros, no forzados y muy evidentes. En ambos casos Obama obtuvo lo que no quería: transformar a Putin en un impensado estadista defensor de la paz, y a Janet Yellen, en la banquera central por antonomasia. O reacciona y cambia, o así chocará de frente con cualquier obstáculo que de motu proprio no decida apartarse.

P.: Los republicanos, por lo que usted dice, no tienen mucho espacio para dar marcha atrás.

G.G.:
De ahí, las chances de que haya que cerrar el Gobierno, mandar a los empleados públicos a sus casas y sin cobrar, y ablandar un poco las pretensiones de las partes.

P.: ¿Ello podría acontecer antes de colisionar con el techo de la deuda pública?

G.G.:
Podría suceder la semana próxima si no hay una norma que contemple una extensión del gasto. O sea, un par de semanas antes que la fecha oficial para desbordar el tope del endeudamiento.

P.: ¿Y cómo lo tomaría Wall Street?

G.G.:
Si va a corregir, será un buen motivo. El agua no llegará al río, pero puede mojar los tobillos y, ya se vio en 2011, más de uno puede asustarse.

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