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Diálogos de Wall Street
Alivio en Wall Street gracias a una mujer que es de la Fed, pero no es Janet Yellen. ¿El banco central da marcha atrás con su intención de subir las tasas? Nos responde Gordon Gekko.
Gordon Gekko: Y lo fue de resurrección.
P.: ¿Cómo se explica?
G.G.: Es el milagro de la palabra.
P.: Todo muy endeble.
G.G.: Es así. Tómelo o déjelo.
P.: Con tasas al medio por ciento tenemos un mercado bull desafiante; pero si la Fed las sube un cuarto de punto, es un sálvese quien pueda. ¿Qué confianza podemos abrigar en la visión -y el valor- de las Bolsas?
G.G.: Un mercado bull suele terminar de dos maneras. O lo mata una recesión. O lo mata un banco central que lo aprieta demasiado.
P.: Estaríamos en vilo por la segunda variante.
G.G.: En principio, sí. Desde ya, si un cuarto de punto satisface la definición de demasiado, la salud de la economía y de las compañías deja mucho que desear.
P.: Es un bull market que se apoya en muletas.
G.G.: No lo discuto. Si se las quita, si suprime las políticas de estímulo, es otra historia.
P.: Esta semana, el jueves, se cumplirán ocho años desde el colapso de Lehman Brothers. Y todavía nos persiguen los mismos fantasmas. Cada vez que los mercados se bambolean pensamos que la tormenta puede volver a repetirse.
G.G.: Si uno examina los números, de la economía y de las compañías, queda claro que la situación de 2008 quedó muy atrás.
P.: Pero también los precios son otros. El S&P 500 multiplicó sus cotizaciones por 3,3. Y las utilidades hace un par de años que tocaron su techo.
G.G.: Las expectativas son que la rentabilidad se recupere a más tardar el año próximo. Si eso no se verifica, Wall Street no la va a pasar bien.
P.: Mientras tanto, cruza los dedos para que la Fed dilate su intervención.
G.G.: Es un acto reflejo.
P.: El patín del viernes sacó a relucir un temor rozando el pánico, muy profundo.
G.G.: Eso fue un cruce de planetas, la Fed, por un lado, y un berrinche de los bonos -otro "bond tantrum" como los del año pasado- que se desató, sin preaviso, en Japón, y se convirtió en un retroceso global de la renta fija.
P.: Como sea, nada muy reconfortante.
G.G.: Es que si uno toma los dos fenómenos al pie de la letra, lo que sobrevendría es un gran apretón de las condiciones financieras, y ello exige un cambio drástico de portafolios. Los inversores han sido reticentes a comprar acciones, pero han cargado toneladas de bonos de buena calidad.
P.: Es una puñalada por la espalda.
G.G.: En dos o tres ruedas, los bonos soberanos que rendían bajo cero pasaron de 10 billones (millones de millones) de dólares a 8,3 billones. Y entre supranacionales y corporativos hubo otra merma de 1,2 billón. Munición gruesa.
P.: Lael Brainard, gobernadora de la Fed, trajo la paz. No mucha gente sabía de su existencia, pero es como si hubiéramos escuchado palabra santa.
G.G.: Si Brainard, la número uno del palomar, decía que sí a la suba de tasas, entonces el retoque era un hecho consumado. No lo hizo. Mantuvo su posición de privilegiar la espera -repitió lo que dijo el gobernador Dan Tarullo el viernes y nadie escuchó- y, como su participación no estaba en la agenda, se decidió sobre la marcha cuando se desató el alboroto, todo el mundo interpreta que la Fed nos mandó, con su pico, la rama de olivo; que metió violín en bolsa y no quiere que la sangre llegue al río.
P.: Todo muy conversado. Pensar que había una época en la que uno no les conocía ni el tono de voz a los banqueros centrales.
G.G.: Eran otras circunstancias. Tasas altas y voz muy baja. Con tasas cero, hay que apelar al "forward guidance" y correr el riesgo de hablar por demás.
P.: ¿Fin del episodio?
G.G.: Entramos en el período de silencio oficial. Sólo nos resta esperar que concluya la reunión.


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