28 de junio 2011 - 00:00

Dudamel: la disciplina y la pasión

Gustavo Dudamel, en su momento de mayor plenitud, hizo brillar a la Orquesta Simón Bolívar en el Teatro Colón.
Gustavo Dudamel, en su momento de mayor plenitud, hizo brillar a la Orquesta Simón Bolívar en el Teatro Colón.
Orquesta Sinfónica Simón Bolívar de Venezuela. Director: Gustavo Dudamel. «Sinfonía n° 7» de Gustav Mahler (Mozarteum Argentino, Teatro Colón, 26 de junio).

Es casi imposible hablar de Gustavo Dudamel sin mencionar el sustantivo «fenómeno». Nacido hace 30 años en Barquisimeto, Dudamel no es sólo la cara más visible del Sistema de Orquestas Juveniles de Venezuela (fundado hace más de tres décadas por el legendario José Antonio Abreu) sino uno de los directores actualmente más solicitados del mundo, que por su extraordinario carisma y energía mueve a multitudes como si se tratara de una estrella de rock.

Además de estar al frente desde hace 12 años de la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar, con la que desembarcó ahora en Buenos Aires en el marco de una gira latinoamericana, el «joven maravilla» es titular de las orquestas filarmónicas de Los Angeles y de Gothenburg y artista exclusivo del sello Deutsche Grammophon. Pese a que no se trataba del debut porteño de Dudamel, su presencia dentro de la temporada del Mozarteum en este momento, que lo encuentra en un nivel de fama y prestigio difícilmente superables, generó una enorme expectativa e hizo de sus conciertos en el Colón dos de las jornadas más esperadas del año.

Los programas elegidos por Dudamel fueron contrastantes: el primero estuvo abarcado íntegramente por la «Sinfonía número 7» de Gustav Mahler; el segundo (anoche) estuvo compuesto por la suite número 2 de «Daphnis et Chloé» de Ravel, la suite de «Santa Cruz de Pacairigua» del venezolano Evencio Castellanos, la «Sinfonía india» del mexicano Carlos Chávez y «El pájaro de fuego» de Stravisnky. Mahler (de cuya muerte se cumplieron 100 años en mayo) y su mundo poblado de claroscuros, de drama, de exuberancia, es uno de los autores predilectos de Dudamel, en quien tiene a un intérprete poderoso.

Así, la simetría arquitectónica de la «Séptima», con un movimiento inicial y otro final espectaculares que enmarcan otros dos denominados «Nachtmusik» («Música nocturna») y un arrebatador «Scherzo» central, fue puesta en relieve por la lectura del director. Su trabajo milimétrico de dinámica, de articulación, de limpieza en el contrapunto se hizo evidente en cada instante de la ejecución.

Podría hablarse de la excelencia de cada una de las secciones de esta orquesta y detallar una versión magnífica de principio a fin, pero si hubiera que seleccionar algunos pasajes sería necesario remitirse al comienzo del segundo movimiento, donde los cornos y las maderas funcionaron como un ideal ensamble de cámara, a la melancólica intimidad del «Andante amoroso» que constituye el cuarto movimiento -un extraño impulso casi mediterráneo de Mahler vertido con intensidad por los músicos venezolanos- o bien al último, donde la voluptuosidad sonora del «tutti» tuvo un efecto electrizante, y así lo entendió la audiencia de una sala repleta en la que se podían observar varias banderas venezolanas desde los palcos balcón hasta el paraíso.

Sin los bises que muchos esperaban, pero con sonrisas de gratitud, se marcharon una joven orquesta y un director en los que se conjugan la disciplina y la perfección de profesionales experimentados con pasión y compromiso.

Dejá tu comentario