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Economía de EE.UU., un atleta con muletas
José Siaba Serrate
La producción industrial, en el tercer trimestre, aumentó un 5,2%. No ocurría desde que oficialmente comenzó la recesión en diciembre de 2007. Las ventas minoristas, una primera aproximación al pulso del consumo, treparon, en dólares corrientes, un 6,4% en el período. El plan canje automotor fue el responsable de una tromba en julio y agosto que cesó por completo en setiembre (forzando una caída del 1,5% de las transacciones minoristas en su conjunto). Y, después de una extensión que elevó el monto de los subsidios de u$s 1.000 a u$s 3.000 millones, no se repetirá.
Pero aun si se apartan los autos (+21,4%), las ventas remanentes, en términos nominales, crecieron un 3,6%. El consumo se estabilizó y es un mojón decisivo. De hecho, abril fue el último mes en que cayó el gasto personal en términos reales. Gracias al efecto puntual del plan canje, las cuentas nacionales mostrarán además un salto del consumo, en el tercer trimestre, que debería exceder el 3%. Tamaño vigor, como se apuntó, es irrepetible, pero hay otros sustitutos en acción para retener la demanda agregada en una senda positiva.
La posta de los planes de estímulo pasó de los autos a la compra de viviendas. El crédito impositivo de u$s 8.000 a quienes adquieren su primera residencia motoriza una inesperada primavera en el mercado de bienes raíces. La venta de casas se disparó un 9,4% en setiembre. Como la ventaja fiscal cesa a fines de noviembre, la actividad inmobiliaria se agita como no lo hacía desde 2007. Y sus efectos trepan en escalera. Los vendedores pueden, por fin, desprenderse de su vivienda -ante la irrupción de una oleada de flamantes propietarios- y adquirir una más rumbosa y de mayor valor (lo que depara beneficios impositivos estables).
Así, el inventario de casas en oferta cayó el 10,6% desde julio. Un año atrás superaba los 4,2 millones de unidades. En setiembre se redujo a poco más de 3,6 millones (sólo en el mes declinó en 300.000 viviendas). Todavía en abril, hacían falta más de diez meses de ventas para agotar el stock. Ahora se tardaría menos de ocho meses. De más está decir que toda la industria pugna por una extensión de la fecha tope del crédito fiscal (a la manera que se logró con los autos, pero con un horizonte que perdure hasta mediados de 2010). Este es otro mojón importante: que el mercado de la vivienda se estabilice. En lo que atañe a las cuentas nacionales, el gasto en construcción residencial no parece un objetivo distante. En los hechos, su propia contracción mermó su capacidad de infligir daño. De detraer un punto del crecimiento anual del PBI en 2007 y 2008, ya en el segundo trimestre rebanó menos de siete décimas de punto. Si se escarba en las series mensuales se observará que la construcción privada aumentó en julio y muy fuerte -un 4,7%- en agosto. Las ventas en alza de setiembre, seguramente, no la habrán perjudicado.
La otra carta bajo la manga -las exportaciones netas- se convirtió, paradójicamente, en la baraja más confiable junto con el gasto del Gobierno federal. Su contribución fue positiva en ocho de los últimos nueve trimestres. Sin espectacularidad, los temidos desbalances globales se corrigen: el déficit de la cuenta corriente de EE.UU. (casi un calco de su balanza comercial) supo registrar un valor extremo del 6,5% pero disminuyó, en el segundo trimestre, a un 2,8% del PBI. Un mundo más pujante que EE.UU. favorece el cierre de la brecha (y, vía mayores exportaciones netas, el crecimiento del producto). Por supuesto, el éxito del plan canje elevó las importaciones de autos pero, como se dijo, es un efecto de única vez (que se sentirá este trimestre). Estimular la primera compra de vivienda, en cambio, no incidirá sobre las cuentas externas.
Que la recuperación de la economía norteamericana procede en forma de ve corta es lo que marca la evidencia. Lo que las cifras que se conocerán esta semana deberán confirmar. Y, cuando se mira hacia delante, hay razones para pensar que la fuerza de la reacción no se doblegará pronto.
Quien revise el comportamiento de los indicadores líderes encontrará apoyatura. No sólo porque la canasta de variables económicas con probada capacidad de predicción crece sin pausas desde abril, y en forma compacta, sino porque su ritmo de avance -un 5,7% directo en seis meses (o cómodos dos dígitos anualizados)- es la marcha más rauda desde 1983 (cuando se abandonó el infierno de las recesiones con inflación que azotaron entre 1979 y 1982). Pero en la percepción también influye que, en paralelo con la recomposición de la oferta y el gasto, no se detecta todavía el agotamiento de la liquidación de inventarios. La fortaleza que se observa luce propia de la demanda final y no del rearmado de los inventarios. Los stocks empresariales de julio-agosto son un 3,2% menores que el promedio del segundo trimestre. Desde agosto de 2008, los inventarios merman, mes a mes, de manera metódica. En el comercio minorista, el cuchillo ya llegó al hueso y no se podrá cortar mucho más sin afectar los niveles de ventas. La recomposición comenzará allí en forma inminente. Sin embargo, hay mercadería en los depósitos de mayoristas y la industria como para satisfacer un primer aumento de los pedidos. Empero, si la dinámica persiste, se limpiará el «tubo», los canales de distribución, a más tardar a principios de 2010. Y ese clic disparará un latigazo sobre los niveles de producción. Contra todos los pronósticos, la economía de EE.UU. se demostró capaz de la proeza de una extraordinaria recuperación. Pero-como ocurría con la Argentina de la convertibilidad- es un atleta con muletas. Y el truco está en las muletas. Retirar el estímulo de las políticas públicas antes de tiempo sería tan peligroso para la estabilidad como quitarle la melena a Sansón.


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