Bonevardi: EE.UU. expone al maestro

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Su obra, de resonancias vanguardistas, jamás perdió el diálogo con la cultura clásica.

The Lowe Art Museum (Coral Gables, Florida), perteneciente a la Universidad de Miami, presenta “Marcelo Bonevardi: Magic Made Manifest”, una extraordinaria exposición de 50 obras entre pinturas, dibujos y esculturas de este gran artista argentino (Buenos Aires, 1929 - Córdoba, 1994). Una gran parte se exhibe en la galería de exposiciones temporarias y otra, intercalada en las salas de arte del Renacimiento, Griego-Romano y Africano, ya que su obra está llena de elementos clásicos como lo señaló en una ocasión el arqueólogo italiano Umberto Pappallardo: “Los arquitrabes con cornisas en dinteles son griegos y romanos, las franjas con aros son del mundo cretense-minoico; los astrágalos, del mundo griego; las pequeñas figuras en las casillas recuerdan a los ídolos neolíticos de las Cícladas que tanto habían fascinado a Picasso. Las superficies rugosas de sus cuadros invitan a la meditación como frente a las paredes de Pompeya”.

Estas observaciones eruditas permiten ubicar a Bonevardi en una gran diversidad de momentos y espacios geográficos, y lo más importante: rendir homenaje a su ilimitada curiosidad intelectual y estética así como a su permanente sed de aprendizaje.

En un catálogo de una exposición de junio 2006 en la Fundación Klemm dedicada a sus dibujos encontramos un escrito del artista fechado en 1965 en Nueva York: “Si mis sueños tuvieran la obsesiva persistencia del tiempo, si en meditación llegara a contemplar el misterio de mi propio esqueleto y ascender por el Arco Iris hasta encontrar el Gran Silencio y luego, en mi barca, arriesgara aventurarme por los laberintos de una geografía mística, tal vez un día podría construir aquel objeto que una vez vislumbré en una cajita de madera con un escarabajo muerto”.

A través de estas palabras se puede abordar una obra misteriosa, sacral, objetual por su formato, que está más allá del tiempo en el que se produjo. Se interesó toda su vida por lo enigmático, lo misterioso, lo oculto, lo primitivo. Sus obras, en muchos casos, de características totémicas con concavidades para alojar objetos que parecían estar allí desde siempre: amuletos, volúmenes geométricos que remiten a sociedades en las que lo religioso era primordial. Como arquitecto, en sus construcciones tridimensionales, Bonevardi apeló a columnas, arcos, cornisas, a veces pintadas; según sus palabras “los elementos decorativos aumentan el sentido del objeto, no representan, son”.

Influyeron en Bonevardi las lecturas de Borges, Xul Solar, las teorías de Torres García y sus contactos con Alpuy, Fonseca, artistas del Taller del gran maestro uruguayo que vivían en Nueva York y que le dieron la oportunidad de bucear en el concepto de adoptar símbolos precolombinos como un lenguaje estético universal. Bonevardi llegó a Nueva York en 1958 gracias a la Beca Guggenheim que en 1964 obtuvo por segunda vez. Se reunía con Pollock, Rothko, de Kooning, Kline en el Cedar Bar y fue uno de los artistas del mundo del arte neoyorquino. Trabajó en consonancia con el gran número de formas de la abstracción geométrica que se desarrolló en Estados Unidos, Europa y Latinoamérica a comienzos de la mitad del siglo XX. Estudió apasionadamente los múltiples caminos de la historia del arte; vio a Goya, Odilon Redon, Rodolphe Bresdin, Piranesi, la caligrafía japonesa que influyó en su obra gráfica. Cuando en 1961 conoció las cajas de Joseph Cornell, descubrió sus propiedades mágicas implícitas y logra combinar pintura, escultura y arquitectura en una misma forma. Bonevardi fue un verdadero maestro que debería ser conocido por las jóvenes generaciones. Ante su obra, se encuentra el Gran Silencio al que el artista aspiraba encontrar. El catálogo, profusamente ilustrado, contiene una introducción de Jill Deupi (Clausura el 26 de mayo).

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