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El brasileño, ante un logro mundial... o un enorme fracaso
Mahmud Ahmadineyad definirá este fin de semana, en ocasión de la visita de Lula da Silva, si persiste en su desafío a Occidente o si acepta controles en las instalaciones nucleares iraníes.
Es en estas circunstancias que Lula busca poner una rodilla en tierra iraní para disuadir al Gobierno de Mahmud Ahmadineyad de su intencionalidad nuclear. Desembarca como un «mediador global» y de «última instancia», y con un traje de redentor venido de Sudamérica para reencaminar una crisis que, dilatada e inmanejable, no puede ser aislada de sus vasos comunicantes con el conflicto de Medio Oriente, la inestabilidad en Irak, la guerra permanente en Afganistán, el polvorín en Pakistán y los juegos de poder en los países islámicos de Asia Central. Crisis que, hay que decirlo, no pudo ser manejada hasta ahora por las potencias occidentales.
A este juego llega Lula. Que le queda grande, enorme, aunque es un hombre de suerte comprobada y el alineamiento de los dados le puede ser, otra vez, favorable. Si la mediación ante Ahmadineyad le sale bien, y los iraníes se avienen a las inspecciones y los controles de la AIEA (Agencia Internacional de Energía Atómica, dependiente de ONU), que es la instancia de máxima, o si aceptan enviar su uranio para ser enriquecido bajo supervisión de ese organismo en Francia o en Rusia (la instancia de mínima, ya rechazada por Teherán), el presidente brasileño podrá consagrarse como un influyente líder mundial que hace pocos días ya se ganó la tapa de la revista Time.
Coronación
En cambio, otras publicaciones, como la sesuda Foreign Policy, ponen en duda cuál será el tono de este epílogo para la saga iraní. «En sus últimos días de gestión, el presidente brasileño busca una coronación gloriosa para su política exterior, pero puede irle horrible, horriblemente mal», dice, introduciendo un planteo de derrota. Casi el mismo que, hace pocos días, pronunció el canciller francés, Bernard Kouchner, cuando dijo que temía que el brasileño fuese «engañado» en su viaje a Irán.
«Irán es el escenario para mostrar a Brasil en un rol global», explica el analista Fabián Calle ante la consulta de Ámbito Financiero. «Por eso es que el grupo más radicalizado de Itamaraty utiliza al Estado persa como el instrumento, el ariete, para posicionar a Brasil en el orden mundial y, sobre todo, más cerca en su búsqueda de un asiento en el Consejo de Seguridad», agrega Calle. «Para esa facción de Itamaraty no importa tanto el resultado, sino que Brasil juegue», dice.
En Washington, sin embargo, algunas fuentes de la administración Obama dan otra vuelta de tuerca al tema Irán-Brasil. Conscientes de la cruzada brasileña en pos del asiento permanente en el Consejo de Seguridad (un reclamo que ni la Argentina ni el mismo EE.UU. ven con buenos ojos), los norteamericanos ponen sobre la mesa cuáles son los peones que se han puesto en ronda en este juego de ajedrez, en el que «Brasil quiere mover la reina», juego en el que, vale recordar, Lula irritó más de una vez a la Casa Blanca.
Por un lado está Turquía, el país que hoy está en la misma categoría que Brasil (como miembro rotativo del Consejo de Seguridad). Tanto Ankara como Brasilia apoyan el plan de un «swap» de uranio a enriquecerse la propia Turquía o en Rusia y Francia, que son, justamente, los dos países que podrían votar a favor de Brasil en su ingreso como miembro permanente al Consejo de Seguridad. De allí que, en las últimas horas, Lula haya reflotado la opción del «swap de uranio» para domesticar las ambiciones nucleares iraníes. Y favorecer las rusas y francesas. Claro, nada podrá hacerse sin el aval de Washington.
Por el otro, Rusia y China, los últimos en bajar el pulgar frente a las sinuosas respuestas de Irán en el tema nuclear. Ambos Estados se oponen al embargo comercial y armamentístico que promueve EE.UU. Los dos, claro, se verían afectados: Moscú, como proveedor en armamento; Pekín, como inversor y comprador de energía persa. Teniendo en cuenta estas posiciones es que se debe calibrar el apoyo del presidente ruso, Dmitri Medvédev, a la futura gestión de Lula ante Ahmadineyad en su paso por Moscú ayer.
Así, sea cual fuere el resultado de la gestión, con su desembarco en Teherén Lula no sólo concretará el viaje que comenzó a gestionarse, no sin enormes controversias internas, a mediados de 2008. También habrá colocado a su reina, Brasil, en el tablero de las ligas mayores. Con o sin el premio del Consejo de Seguridad, o con o sin el encuadramiento del régimen islamista de cara a la reunión de la AIEA de junio. Lo que importa en este juego es, justamente, jugar.


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