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El casco de Galarza, de trofeo a culpa
Gordon avanzó hacia un pozo de zorro en el que se parapetaba el enemigo, y bayoneteó a Galarza, mientras el compañero de marcha de Gordon mató al argentino que intentó repeler ese ataque: Héctor Abel Cerles. Un instante después, en un heroico intento por proteger a sus hombres, el suboficial Julio Saturnino Castillo, al grito de: "¡Inglés hijo de puta!", salió de su trinchera y recibió un tiro mortal por la espalda.
Entonces, Gordon Hoggan se acercó al cuerpo exánime del primero que había muerto, José Luis Galarza, y le quitó el casco para llevárselo como trofeo de guerra. Hoy, 32 años después de ese episodio, Gordon manifestó su deseo de entregar ese casco a la familia de Galarza, para quitarse de encima "el peso que llevo sobre los hombros". Miguel Galarza, padre de José Luis, aceptó el ofrecimiento del inglés, para llegar a sentir en sus manos y contra su pecho el peso del casco que llevaba José Luis a la hora de morir, torpe remedo de la presencia real de su hijo caído en combate.
"El único problema filosófico importante es el suicidio", dijo Camus, pero vale decir lo mismo de ese suicidio al revés que es el homicidio, quitarle a alguien la vida, privar a una persona del derecho de existir. Y la sentencia de Camus se liga con esta otra de Fedor Dostoievski: "Si Dios no existe, todo está permitido", que vale tanto como decir que si Dios no existe, el bien y el mal son una construcción cultural y nada más. Es lo que piensan muchos, legos y filósofos, pero a la conciencia no se la puede burlar. De esto da testimonio el mismo Dostoievski en su libro "Memorias de la casa muerta", en la que cuenta cómo los criminales de Siberia, con quienes convivió cinco años como un preso más, se jactaban de sus crímenes durante el día. "Pero por la noche la conciencia les daba alcance, y lloraban y gemían en sueños, espantosamente". Salvando las distancias, el caso de Hoggan es similar al de esos reos jactanciosos.
Durante años, el inglés matador de Galarza exhibió con orgullo sus medallas, relató con detalles el modo en que batió al enemigo y se fotografió con el casco de su víctima. Pero si pudo escapar a la muerte en la Guerra de Malvinas, no pudo huir de sí mismo, y con el tiempo los aplausos se volvieron humillantes, la victoria se trocó en derrota y el honor en vergüenza. Cayó en las drogas, el alcohol y la depresión más profunda. El casco de Galarza (comprendió al fin) llevaba consigo su fantasma, y no era posible tener paz mientras conservara consigo ese trofeo, que más que un trofeo era el vestigio de un acto abominable, sin importar que ese acto estuviera legitimado por el demonio de la guerra (que "las almas entigrece", al decir de Machado), e incluso premiado por los líderes de su nación.
Finalmente, dejó de importar que él hubiera matado en un campo de batalla, simplemente, a quien a su vez lo había querido matar. Había quitado la vida a un hombre y eso era todo. "No maté a un persona, maté a un insecto", se justificó el personaje principal de esa novela genial que es "Crimen y castigo", pero Raskolnikov finalmente sucumbió a la voz tronante de su conciencia, llamó a las cosas por su nombre y se aterró por lo que había hecho. Lo mismo Hoggan. Llegó un momento en el que ya no pudo afirmar, livianamente: "Cumplí con mi deber y maté a un enemigo", sino que tuvo que decirse a sí mismo: "Maté a un ser humano", y también entró en pánico al salirse de su justificación. "Mis recuerdos no me reconocen", pudo decir entonces como el escritor francés Henri Bosco, mordido por sus remordimientos y encandilado por el relámpago de la verdad. Y fue así que Hoggan buscó al fin redimirse con la devolución de algo que no le pertenecía, como tampoco le había pertenecido jamás la vida que había quitado, aun cuando las leyes humanas lo justificaran y protegieran.
El casco de Galarza es desde ahora mucho más que un trofeo de guerra a punto de ser devuelto por un soldado inglés a la familia de nuestro héroe del pueblo rural de Duggan, en el partido de San Antonio de Areco (Duggan suena, curiosamente, como Hoggan. Ese casco es una prueba material y simbólica de que el bien y el mal existen, y de que a la voz de la conciencia no se la puede matar. Es urna votiva de la patria, con las cenizas invisibles de quienes murieron aquella fría mañana de junio de 1982, heroicamente, en un archipiélago desolado del Mar Argentino. Y es caracola de acero en la que sopla, sempiterno, el Verbo ineludible de Dios Vencedor.


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