9 de mayo 2014 - 00:00

El Colón ovacionó a Mitsuko Uchida

La famosa pianista japonesa Mitsuko Uchida debutó finalmente en el  Teatro Colón en un concierto del Mozarteum.
La famosa pianista japonesa Mitsuko Uchida debutó finalmente en el Teatro Colón en un concierto del Mozarteum.
Orquesta Sinfónica de la Radio de Baviera. Director: M. Jansons. Solista: M. Uchida (piano). Obras de Beethoven y Brahms (Mozarteum Argentino, Teatro Colón, 7 de mayo).

Pocos artistas han generado a su alrededor una mística tan grande y duradera como la que circunda a Mitsuko Uchida. O Mitsuko a secas, como basta con nombrarla para que cualquier amante de la música clásica sepa de quién se habla. Puede imaginarse entonces la enorme expectativa que generaba el debut de la pianista japonesa en la Argentina y en el Colón, hecho que se produjo anteanoche en el marco de la temporada del Mozarteum Argentino, y en inmejorable compañía: la Orquesta Sinfónica de la Radio de Baviera junto a su director titular, el letón Mariss Jansons.

Uchida trajo como carta de triunfo una de las obras que mejor conoce y que más ama: el "Concierto para piano y orquesta n° 4" en Sol mayor de Beethoven (la misma partitura seleccionada para sus conciertos de ayer, dentro del Abono Estelar del Teatro Colón, y esta noche, para el segundo ciclo del Mozarteum). Y desde los acordes iniciales del piano, que abordó acariciando literalmente las teclas, se percibió claramente que lo lleva marcado a fuego en su propio cuerpo.

Si Beethoven llevó los pianofortes de su época al límite de sus posibilidades, en cierto sentido Uchida parece hacer algo similar con la expresión, la levedad de su toque, los matices, el "legato", dando a cada frase un cariz renovado que logra que una obra tan transitada parezca estar sonando por primera vez.

La conexión entre la pianista y la Orquesta (que constituye a las órdenes del prodigioso Jansons el mejor sustento posible) es total: aun cuando no toca, ella interactúa corporalmente con el conjunto, y en los pasajes de piano solo los miembros del ensamble bávaro prestan una atención total a la alquimia de Uchida, una alquimia que seduce con su autenticidad pura y sin afectación.

Visiblemente emocionada por las ovaciones del Colón, la pianista brindó un único bis: el "Andante" de la más conocida sonata de Mozart (KV 545), en el que volvió a operar el milagro de llevar a los oídos algo casi nuevo en un estado de trance.

La conexión que Uchida estableció con la Sinfónica de la Radio de Baviera y Jansons se extendió más allá del intervalo. Sentada en un palco, siguió la narración musical de la "Sinfonía en re mayor" número 2 de Johannes Brahms en total éxtasis como si también esa música surgiera de su cuerpo, traduciendo en gestos de sus manos y su rostro (y también alguna lágrima) una completa devoción hacia lo que escuchaba, esa misma devoción que pone en cada nota que interpreta.

Hablar de la perfección de la Sinfónica, de la tersura y empaste de su cuerda, de la pulcritud de sus maderas, de la precisión de sus metales y de la homogeneidad del conjunto parece algo superfluo frente a un hecho más trascendente: no hay en ella un solo miembro en el que no se observe la capacidad de tocar como si le fuera la vida en ello.

Al frente de todo está Jansons, un sabio de la dirección orquestal capaz de guiar sin imponer, de estar presente sin sobreactuar, de sostener sin apabullar. En los bises ("Andante cantabile" de Haydn/Hoffstetter y un movimiento del "Concert romanesc" de Ligeti) brillaron sonoridades tan contrastantes como sorprendentes.

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