14 de enero 2014 - 00:00

El estatismo y el ajuste imprescindible

Daniel Artana. Economista jefe de FIEL.
Daniel Artana. Economista jefe de FIEL.
Hace casi tres décadas FIEL publicó un libro titulado como esta nota. Luego de hacer un diagnóstico de cada área de políticas públicas se incluyeron propuestas de reforma del Estado, ambiciosas para la época, que incluían, entre otras, privatizaciones, reducción del gasto para lograr un equilibrio presupuestario, apertura de la economía y desregulación. Luego de algo más de una década de un populismo extremo el Gobierno que asuma a finales de 2015 enfrentará un desafío similar al de finales de la década del 80.

En lugar de pensar los desafíos de esa agenda de reformas, la dirigencia argentina parece enfocada en precisar si explotará o no una "bomba" antes de finales de 2015, ya que parece suponerse que quien asuma el nuevo Gobierno podrá recrear las condiciones "exitosas" de los años 2003 a 2007.

Sin embargo, la macroeconomía de aquel período no está disponible. El Gobierno de Kirchner heredó en 2003 un tipo de cambio que, ajustado por inflación, duplica el tipo de cambio oficial de hoy, un esquema de impuestos pensado para la convocatoria de acreedores que nunca se redujo a pesar de la recuperación de la economía y de la restructuración de la deuda, y un capital en infraestructura holgado que años de populismo tarifario han convertido en una insuficiencia crónica. A eso se sumó la suba en el precio de la soja y la fuerte expansión de Brasil medido en dólares. Todo eso fue dilapidándose desde 2003 en adelante y se hizo visible para una parte de la profesión desde la mentira del Indec y para una parte de la sociedad desde 2011, cuando el Gobierno decidió apostar a evadirse de los problemas por medio del cepo cambiario.

Además, entonces las cuentas públicas estaban más o menos equilibradas y el impuesto inflacionario se utilizaba para acumular reservas en el Banco Central. Hoy caminamos a un déficit del 6 al 7% del PIB, con reservas netas camino a la extinción y con la emisión inflacionaria como el último recurso de financiamiento del Estado. Y la suba en la presión tributaria de 14 puntos del PIB que percibieron los tres niveles de Gobierno desde entonces, se gastó por completo.

Simplificando, es como la familia que no llegaba a fin de mes y de repente se gana el gordo de Navidad. En la abundancia el derroche no se nota, uno llega seguro a fin de mes. Pero en algún momento se percibe que hace falta ganarse otro gordo para poder sostener el ritmo de derroche, o hay que ajustarse el cinturón. Como ni siquiera hay sorteo navideño a la vista, hoy llegó la hora del ajuste tal cual adelanté en una nota publicada hace dos años en Ámbito Financiero.

Pensando en el mediano plazo, con un estado sobredimensionado que alcanza una participación de la economía similar a la de los países europeos pero con una gestión deplorable algunos parecen apostar a que una mejor gestión de lo público hará la diferencia. Pero ¿con qué incentivos dentro del Estado se logrará tal mejora en la eficiencia? ¿y cómo se arreglan los desincentivos al sector privado que genera la mayor presión tributaria de la región? ¿y de dónde saldrán los recursos para eliminar el impuesto inflacionario?

Mal que le pese al "populista que llevan adentro" casi todos los políticos argentinos no hay escapatoria para reducir el peso del Estado en la economía. Y además ello deberá ir acompañado de una mejora notable en la gestión estatal que tampoco es algo que genere muchas adhesiones dentro de la política. Profesionalizar el Estado choca contra el puntero repartiendo asistencia social y contra los militantes cobrando un sueldo estatal independientemente de su capacidad para el puesto. Profesionalizar el Estado choca contra el reparto de favores a capitalistas prebendarios a través de privilegios impositivos o barreras artificiales a la competencia de otras empresas. Profesionalizar el Estado requiere aceptar que hay restricciones básicas macroeconómicas e instituciones que respetar. En otras palabras, nuestros dirigentes ¿quieren ser "Kirchner con buenos modales" o aceptan la importancia de respetar las reglas de juego y de una gestión profesional aún cuando ésta limite la discrecionalidad en la toma de decisiones?

La década K ha sido la década del derroche. Muchos políticos de la oposición acompañaron varias de las reformas económicas y, en particular, avalaron los subsidios universales que hoy no son financiables (energía y transporte baratos para todos, jubilación sin aportes para todos, fútbol para todos, etc.). Y muchos empresarios toleraron la expropiación a otros por la vía de controles de precios y tarifas o a través medidas directas, porque la última línea les era favorable.

Hace falta una visión de largo plazo en muchos actores de la vida nacional. Recuperarnos de la década malgastada va a requerir algo más que buenas intenciones y buenos modales.

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