23 de febrero 2010 - 00:00

El excelente Figari ya tiene museo propio en Montevideo

El Museo Figari se inauguró ayer con la muestra «Figari: Acción y utopía», que abarca casi todas las facetas creativas del innovador artista uruguayo.
El Museo Figari se inauguró ayer con la muestra «Figari: Acción y utopía», que abarca casi todas las facetas creativas del innovador artista uruguayo.
El Museo Figari, ubicado en la Ciudad Vieja de Montevideo, se inauguró ayer con la muestra fundacional «Figari: Acción y utopía», integrada por obras de colecciones particulares, del Museo Histórico Nacional y el Banco Central del Uruguay.

Pablo Thiago Rocca, coordinador del proyecto «Museo Figari, en formación», señaló que la idea es presentar una panorama «que abarque casi toda la faceta creativa de Figari, procurando una mayor visibilidad de sus obras», que además fomenta el conocimiento del artista a través del sistema educativo y la investigación de su producción a todos los niveles de enseñanza.

Abogado, periodista, legislador y teórico, Pedro Figari (1861-1938) elaboró en 1912 su noción de regionalismo, anticipándose en setenta años a las posteriores propuestas de importantes teóricos contemporáneos. Los

arquitectos griegos, Tzonis y Lefaivre plantearon esa categoría en 1981, y en 1983 el conocido crítico inglés Kenneth Frampton,

desarrolló lo intuido por Figari, aplicándolo a la arquitectura.

Decía Figari, el escritor, superando la polémica entre nacionalistas e internacionalistas, que las realizaciones estéticas europeas o de cualquier origen no debían ser rechazadas ni imitadas; siempre que tuviesen valor, debían ser incorporadas, adecuadas y sometidas a nuestras necesidades y elementos expre

Un lustro más tarde, Figari, que había conocido París en 1886 y 1913, como devoto de la cultura, empezó a pintar. Sus convicciones y sus afanes eran sólidos y, sin duda, su talento rozaba al genio.

Tenía 55 años, en 1916, cuando dijo «me lanzo a fijar mis recuerdos según pueda, y esto servirá a los artistas nacionales para reconstruir nuestra tradición». La fijación de sus recuerdos fue tan significativa y tan regionalista su reconstrucción de las tradiciones, que se convirtió en uno de los más grandes artistas de América latina.

Comenzó por ser uruguayo, negándose al folklorismo, y también, a la copia servil, sin por ello cerrarse a las corrientes universales; no en vano preconizaba esa apertura, y exigía a sus colegas que utilizaran los lenguajes internacionales.

Necesidad moral

Desde su banca de diputado, Figari propuso, en 1900, la creación de una Escuela de Bellas Artes, cuyo ejercicio consideraba «una necesidad moral, más que un lujo». «Reina entre nosotros el empirismo artístico -añade-. Creemos en mil sortilegios y supercherías; se dicen, se exhiben y se estampan herejías de todo tamaño», porque «no hemos hecho nada, nada serio, por lo menos, en materia de bellas artes».

Figari no ambicionaba, sin embargo, una ostentosa academia de pintura y escultura, aislada de la sociedad, sino un centro de enseñanza de sus derivados: «La escenografía; la decoración con sus infinitas variedades y sus múltiples aplicaciones a la industria, que son incalculables; el reclamo [el afiche] tan en auge; la litografía, los cincelados, el grabado, la ebanistería, (.), y pocos son los artesanos que pueden prescindir del dibujo. Y no diré que no hay demanda al respecto, cuando la gran mayoría, sino la totalidad de estos trabajos vienen del exterior, como vienen los artistas».

Se trataba, en suma, de aplicar el arte a la industria, una modalidad «perfectamente encuadrada en el movimiento moderno, que tiende en todas partes a universalizar el arte», señala, en 1903, al insistir en su proyecto ante la Cámara de Diputados. «A medida que se eduque el sentimiento público por la divulgación de las nociones estéticas, se acentuará el desarrollo industrial y el espíritu de sociabilidad», afirmó.

Para concentrarse en su obra, Figari no sólo abandonó la abogacía y la política: se trasladó a Buenos Aires, donde, en 1921, presentó su primera exposición, cercada por la apatía y la rutina; al cabo de una segunda muestra, en 1924, mejor recibida, se afincó en París.

Al revés de lo acostumbrado, no eligió Francia para formarse sino para seguir pintando sus candombes, sus negros, sus gauchos, sus salones, sus patios, sus estancias, sus entierros, sus matronas, sus bailes, sus llanuras, o, como él los denominaba gozosamente, «mis sueños».

La vida cotidiana de los negros, especialmente sus candombes, sucede casi por entero en interiores; la del gaucho, en cambio, se desarrolla al aire libre, aun en el patio de las estancias. Si escasea el paisaje urbano, abunda el campesino, poblado (por hombres y animales) o solitario, que enciende a Figari creaciones soberbias. La elección de gauchos y negros no fue arbitraria: fueron dos arquetipos de la América latina, que empezaban a declinar alrededor de 1880 y se perdieron en la retórica folklorizante.

Figari regresó de París en 1933, y murió en Montevideo cinco años más tarde, a los 77 años.

El eje del Museo Figari es su obra artística pero también incluye sus reflexiones y escritos teóricos, así como su innovadora acción en el ámbito educativo desde la dirección de la Escuela de Artes y Oficios, entre 1915 y 1917.

La muestra incluye, además, fotografías históricas, primeras ediciones de sus obras y catálogos de exposiciones.

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