14 de diciembre 2011 - 00:00

El inconsciente en el taller literario

Una mañana Jorge Luis Borges llamó al Grillo Della Paolera para contarle su preocupación, estaba complicado con una frase que no podía traducir de un relato en inglés. En la entrada del pueblo de Montana había un cartel que decía: «Guns made Montana». Una oración de tres palabras, un sintagma breve había complicado a Borges. Así era él, decía Grillo, todo su mundo, toda la realidad tenía sentido en función de la literatura. Esa noche Grillo se comunicó para decirle que había encontrado la solución y Borges se lo agradeció entusiasmado. Hace muchos años que Grillo me contó la anécdota, he hecho la prueba, invariablemente, con personas bilingües y traductores y la respuesta les ha resultado un escollo. «Guns» puede ser traducido como arma, revólver, pistolas, etc. y «made» es el pasado del verbo hacer. Sin embargo, la traducción literaria no es sencilla. Al final de este artículo contaré la solución que Grillo le dio a Borges. Se llamaba Félix, le decían Grillo porque tenía dificultad para dormir y desde muy chico dedicaba tiempo del sueño en su pasión por la lectura. Sin lugar a dudas Grillo ha sido una de las personas más influyentes en la formación de escritores y en fomentar el gusto por la literatura que haya dado Buenos Aires. Porque toda su vida giró alrededor de la literatura y cuando decidió que iba a dejar de escribir se dedicó con una profunda vocación y generosidad a trasmitir sus conocimientos y acompañar el proceso de crecimiento de otros. Sólo dos personas geniales como él y Borges, cada uno desde su lugar podían generar diálogos como cuando Grillo lo fue a ver para comunicarle que no iba a escribir más y que había quemado toda su obra. Borges, asombrado, le preguntó: «Caramba, Grillo ¿por qué hizo eso?».

«Sabe qué pasa -le respondió-, que si yo en la ventana de enfrente veo una mujer que me gusta, voy y le toco el timbre».

Ah, dijo Borges, si usted va y le toca el timbre, no hace falta escribir.

Difícil saber la cantidad de alumnos que tuvieron el privilegio de asistir a su taller literario. Lo conocí en una casa de estudios que las hermanas Oyhanarte tenían en Belgrano, después continué en su casa de Posadas y Rodríguez Peña. Si tuviésemos el estilo de los parisinos, perfectamente podría haber una placa en el edificio invocando su obra. Apenas lo conocí y le entregué el primer ejercicio para corregir, me lo devolvió, dijo que estaba bien y me preguntó si trabajaba en Tribunales. Asombrado le dije que sí y me dijo que se había dado cuenta por el punto y raya al terminar las frases. Que se usaba en Tribunales pero no en literatura, que no me preocupase, que ya sacaría la raya. No me sentí cómodo y pensé que iba a seguir escribiendo de ese modo. Al tiempo, me devuelve otro ejercicio y me dice, sacaste la raya, está muy bueno. Me puse colorado porque el cambio no fue voluntario y él se rió. Respetaba en profundidad los procesos individuales de sus alumnos y sabía de la influencia del inconsciente. Cuando escribí un breve relato sobre un reino antiguo me dijo que estaba indagando sobre mis ancestros. Otra vez discutió conmigo porque había escrito sobre un psicoanalista que utilizaba la astrología para hacer diagnósticos de sus pacientes y me dijo que nadie en Buenos Aires iba a creer que un buen psicoanalista hiciera algo así. No tenía que ser cierto, pero sí verosímil. Infatigable seductor, puso siempre sus encantos al servicio de estimular a sus alumnos y amigos. Otro encuentro genial fue con Tato Pavlovsky, cuando Tato le dijo que para él el psicoanálisis no servía para nada; Grillo sorprendido le respondió, «¡Pero Tato, vos no me podés decir eso a mí, yo hice muchos años de psicoanálisis con vos y me sirvió! ¿Vos estás seguro? ¿No habrá sido el tiempo? Le respondió con ironía Pavlovsky. Privilegio de gente muy inteligente hacer relativo y con humor un recorrido ya hecho. Está claro que el inconsciente del acto analítico, que se interpreta en el contexto de un análisis no es el mismo y tampoco interpretable, pero Grillo sabía de su presencia, que allí estaba y ponía como ejemplo a Shakespeare. Como él decía, Freud también se dio cuenta de la presencia del inconsciente en la obra de Shakespeare. Algún día sus discípulos tomarán la posta y repetirán sus consejos, «To show, not to tell». Mostrar, no decir, como enseñaron los ingleses, o eviten los adjetivos, que son las arrugas de los libros, como decía Alejo Carpentier. Lo notable de Grillo era su vigencia, su sentido del humor e ironía, su espíritu joven para comprender los cambios de la modernidad y su mirada crítica hacia la estupidez que lo exasperaba. Y sobre todo, su generosidad. Le comenté que tenía ganas de hacer un taller literario en la Cárcel de Viamonte, enfrente al Colón y la vez siguiente me entregó una carpeta con todos los ejercicios que él produjo y creó en décadas de taller literario. Durante dos años, hasta que la Cárcel de Viamonte se cerró, dirigí un taller literario con todos los detenidos de la Unidad que tuvieron el privilegio de entretenerse y divertirse con las consignas del Grillo que estimulaban la escritura. Se fue como él quiso, sin ceremonias ni protocolos, su legado fue trasmitirnos el respeto por la palabra en la literatura.

Ah, me olvidaba, la solución del Grillo para el problema de Borges: «Montana se hizo a tiros». Gracias, Grillo, muchas gracias, le diría su amigo.



(*) Abogado, psicólogo social (Esc. Pichon-Rivière) y licenciado en Psicología UBA. En la actualidad, trabaja como defensor oficial en la Ciudad de Buenos Aires.

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