8 de enero 2009 - 00:00

El juego de las lágrimas

El juego de las lágrimas
«¿Qué hizo el mundo para evitar el Holocausto?». Ésta es la pregunta -retórica, recurrente y sin repuesta-, que los israelíes formulan cuando el grueso de la opinión pública internacional se vuelca contra su país en los momentos en que el conflicto con los vecinos árabes se hace más áspero. Se repite hoy, tal como durante la ofensiva de 2006 contra Hizbulá en el Líbano y tantas otras veces. La idea es clara: sólo el propio Israel velará por su seguridad.
No puede negarse que el Movimiento de Resistencia Islámica (Hamás, según su acrónimo en árabe, que además significa «furor») sabía exactamente qué cuerda tocaba cuando anunció el viernes 19 de diciembre que no renovaría, tras su vencimiento, la tregua de seis meses por la que había suspendido el segundo de sus pasatiempos favoritos: lanzar andanadas de cohetes más o menos rudimentarios sobre zonas pobladas del sur de Israel. Es que, claro, se ve impedido, por la dureza de las condiciones de seguridad que impone Israel, de llevar a cabo el que prefiere por encima de todos: enviar terroristas suicidas para inmolarse con la mayor cantidad posible de israelíes en un colectivo o en un centro comercial. La tregua, en rigor, había sido ya violada por ambos bandos.
Millares de cohetes han caído durante ocho años en el sur israelí, provocando más de treinta muertos, numerosos heridos y una permanente alteración de la vida cotidiana de sus residentes. Es obvio que ningún país, sobre todo uno en el que los gobiernos se eligen por el voto popular, puede convivir sine die con una realidad de ese tipo. Muchos analistas explican en estos días que la respuesta militar israelí es electoralista, y señalan en ese sentido las elecciones del mes que viene y las ambiciones de la canciller, Tzipi Livni, y del ministro de Defensa, Ehud Barak. A veces el análisis político se interna en el terreno farragoso de la lectura de las mentes de los protagonistas. Mejor es comprender que el reflejo que muestra hoy el Estado judío responde a una motivación más estructural: la necesidad de dar respuestas a una población acosada, algo natural en cualquier democracia. Sin duda, Hamás sabía qué cuerda tocaba.
Ese grupo islamista no pertenece a la rama chiita del islam, pero, a pesar de eso, reconoce en el régimen teocrático de Irán -que ahorca a sus homosexuales y a sus adúlteras, pero que inexplicablemente es defendido por no pocos sectores de izquierda que presumen de laicos y defensores de los derechos humanos- su referencia política, financiera y militar. Si puede inferirse que al retomar el lanzamiento de sus cohetes Hamás sabía perfectamente cuál sería la respuesta israelí, cabe preguntarse quién define en realidad la agenda de Medio Oriente.
Con un Irak en precario equilibrio, hasta la invasión israelí a la Franja de Gaza el tema dominante sobre Medio Oriente pasaba por el plan nuclear iraní, con la AIEA, la agencia de la ONU que supuestamente debería monitorear que su orientación no sea militar, declarándose impotente para lograr su cometido.
«Lamento que todavía no nos encontremos en la posición de aclarar completamente si no hay material nuclear y actividades no declaradas en Irán», dijo a fines de octubre el director de la AIEA, Mohamed El Baradei, al presentar su informe anual a la Asamblea General.
La pregunta se cae de madura: ¿quién habla hoy del plan nuclear iraní? Además, en medio del drama de Gaza, ¿qué lugar ocupa ese tema sensible, que podría modificar toda la geopolítica conocida en Medio Oriente, en la agenda de las grandes potencias mundiales?
Mientras, aunque a los israelíes les importe poco frente a la necesidad de velar por su propia seguridad, las imágenes de niños muertos y heridos en la guerra de Gaza dan la vuelta al mundo y acortan los tiempos del enfoque militar. No por nada, tras el revuelo que provocaron los cruentos ataques a escuelas de la ONU en las que se refugiaban cientos de civiles, Israel decidió ayer aplicar una tregua diaria unilateral de tres horas y, virando su discurso reciente, se mostró más permeable a la negociación del cese del fuego que promueven franceses y egipcios.
Contra reloj
El tiempo apremia, además, porque Barack Obama asumirá el próximo martes 20. Si no hubo hasta ahora veto de Washington a la ofensiva fue porque se sobreentendía que el trabajo militar debía estar culminado para esa fecha. Si la guerra continúa más allá del inicio de una administración que promete cambios y negociaciones antes que guerras, Israel se arriesgaría a un deterioro grave de su relación con Estados Unidos. Hamás e Irán también saben eso.
Ahora bien, ¿alcanzará el tiempo para doblegar una estructura como la de Hamás, cuidadosamente preparada desde hace largo tiempo para esta eventualidad? De Vietnam a esta parte, pasando por la guerra en el Líbano de hace dos años y medio, es más que sabido que un operativo militar convencional suele tener dificultades insalvables ante tácticas guerrilleras, sobre todo cuando se da en zonas densamente pobladas. El «daño colateral», en esos casos, deja de ser tal y se convierte en parte central de los acontecimientos.
Mientras los civiles inocentes sufren y el mundo pone entre paréntesis su plan nuclear, Irán movilizó a veintidós enviados a Siria, Líbano, Turquía, Sudán y otros países musulmanes. Y a Venezuela. Así lo reveló la propia prensa de ese país, que por estar controlada, funge casi como una vocería oficial.
Además, sus aliados libaneses, los chiitas de Hizbulá, juegan con el temor de Israel y de Occidente a la apertura de un nuevo frente, esta vez en el norte del Estado judío, algo que produciría un desmadre incalculable de la situación. Su líder, Hasan Nasrala, dijo ayer que «todas las opciones están abiertas» para responder a «cualquier agresión» y advirtió a los israelíes que «si intentan entrar en nuestras villas y en nuestra tierra descubrirán que la guerra de julio de 2006 fue un picnic comparado con lo que encontrarán ahora».
Demasiados jugadores para un juego tan complejo y cruel. Los inocentes, mientras tanto, no dejan de llorar.

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