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El lunfardo académico celebra su medio siglo
José Gobello: «Si toda lengua se renueva, el lunfardo, que no es siquiera una lengua sino apenas un vocabulario, se renueva también. Está en continua efervescencia».
A buen número de periodistas y escritores se convocó para la reunión fundacional de la Academia: Borges, Julián Centeya, José Oría, que era entonces presidente de la Academia Argentina de Letras. Nueve concurrieron a la cita y decidieron por unanimidad fundar un cuerpo de carácter académico, con un número de miembros limitado a veinticuatro y encomendaron a León Benarós la tarea de redactar el estatuto y a mí la de iniciar la organización de la nueva entidad.
El cometido de la Academia Porteña del Lunfardo, según consta en la Inspección General de Personas Jurídicas, es la investigación lingüística. En la práctica la actividad académica se orienta hacia tres direcciones: un seguimiento contínuo de la evolución del habla coloquial de la ciudad de Buenos Aires y de su cuenca cultural, el rescate y la revalorización de la literatura popular urbana, y la difusión de esa literatura y de todo cuanto atañe a la cultura popular porteña, por medio de publicaciones diversas, que incluyen las comunicaciones académicas, a estas alturas 1590, y de una biblioteca pública abierta por igual a estudiantes y estudiosos. Esa biblioteca que tiene un nivel de unos 600 lectores por año, lleva el nombre del académico que lo organizó, Enrique R. del Valle.
En el curso de 50 años de actividad recibieron las palmas académicas 155 estudiosos consagrados a la cultura popular. El primero de ellos fue el historiador de Buenos Aires Ricardo M. Llanes, elegido Académico de Número el 29 de junio de 1963; el más reciente, Rómulo Berruti, entre uno y otro, ocuparon sillones académicos o se desempeñaron como correspondientes César Tiempo, Sebastián Piana, Cátulo Castillo, Giovanni Meo Ziglio, Juan Oscar Ponferrada, Arturo Berenguer Carisomo, Ben Molar, Edmundo Rivero, Beba Bidart, el premio Nobel Camilo José Cela, Marcos Morínigo, Luis Ordaz, Cora Cané, Horacio Ferrer, Hipólito J. Paz, Enrique de Gandía, Horacio Salas, Félix Coluccio, Oscar Conde y tantos más.
No es fácil describir la actividad académica. Quien permaneciera durante una tarde cualquiera en la casa de Estados Unidos 1379, advertiría un ir y venir de estudiantes que consultan la biblioteca, de músicos e investigadores en búsqueda de antiguas partituras, caballeros y señoras que llegan a entregar la contribución anual que ofrecen como Protectores, Patrocinantes y Benefactores de la institución, y seguramente algún becario procedente de Europa o de los Estados Unidos, que llega en búsqueda de información y asesoramiento para su propia tesis doctoral.
Hace diez años veíamos llegar casi diariamente a la biblioteca académica a una joven estudiosa que pasaba largas horas leyendo y tomando apuntes. Con esos apuntes, entre otras muchas investigaciones, redactó los dos gruesos tomos escritos en francés con que se doctoró en la Universidad de Brest, en cuyo departamento español dicta cátedra: es la doctora Jaqueline Ballint.
Hoy la Academia Porteña del Lunfardo celebra su cincuentenario con una velada que se ofrecerá en nuestro Salón Nicolás Olivari, dará su discurso de recepción académico el Académico recientemente incorporado don Rómulo Berruti, periodista de larga trayectoria, sobrino de Alejandro Berruti quien fuera académico de esta misma corporación entre 1962 y 1964 año en que falleció.
Las sesiones Académicas, que se realizan todos los primeros sábados, no sólo están destinadas a resolver las situaciones planteadas por la actividad diaria, sino también, y de modo central, al estudio del vocabulario popular. En cada sesión se analiza por lo menos un vocablo. Los Académicos llegan con un breve informe escrito sobre el particular y luego se cambian opiniones al respecto.
No se trata de establecer cuáles voces han de ser incluidas en el diccionario de lunfardo, porque la Academia, opuestamente a la Real Academia Española, no limpia ni fija ni da esplendor. Simplemente analiza la realidad palpitante del habla, tan cambiante que a veces parece inasible, y profundiza hasta donde resulte posible, en sus antecedentes históricos. Dicho más simplemente, la Academia no sentencia ni se propone sentenciar acerca de si algo es correcto o incorrecto. Sencillamente dice: esto es y es así.
Para la Academia Porteña del Lunfardo éste, el lunfardo, no es una lengua muerta ni un repertorio de quinientas o seiscientas voces recogidas por la primera literatura lunfardesca, por los más viejos tangos y los más viejos sainetes. Producto de la inmigración en un comienzo, el lunfardo, cuando dejó de recibir los aportes léxicos traídos por italianos, españoles, franceses y desembarcados de los grandes barcos que los traían desde Europa, encontró en la creatividad del pueblo porteño otra fuente en la cual nutrirse.
Así como el castellano de hoy, hablado en Madrid o en Salamanca, no es el mismo de Berceo ni de Cervantes, de modo análogo el lunfardo de hoy no es el mismo de Vacarezza o de Carlos de la Púa. Si toda lengua se renueva, el lunfardo, que no es siquiera una lengua sino apenas un vocabulario, se renueva también. Diríase que está en contínua efervescencia.
Su aparición puede establecerse hacia mediados del siglo XIX. Al comenzar el siglo XXI un nuevo vocabulario florece en la boca de los porteños, precisamente el que el Académico Marcelo Héctor Oliveri ha llamado en un libro de envidiable circulación, El lunfardo del tercer milenio. Si hay un castellano del Mío Cid, un castellano del Quijote; un castellano de Cien Años de Soledad y un castellano de las letras de Joaquín Sabina, también hay un lunfardo de Memorias de un vigilante, de Versos rantifusos, de La crencha engrasada y del rock argentino y la cumbia villera.
Todo ello es materia de investigación y de análisis en la Academia Porteña del Lunfardo, donde a las palabras, para tenerlas en cuenta, no se les piden títulos nobiliarios ni siquiera documento de identidad.


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