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“El magnetismo del perverso es siempre lo más peligroso”
Lucía Puenzo: «No quería caer en el estereotipo del malvado porque eso es simplificar la cuestión. Esos tipos eran hombres muchas veces carismáticos, cultos, y no llevaban el cartelito de perverso en la frente».
Periodista: ¿Cómo se le ocurrió contar una historia protagonizada por Mengele?
Lucía Puenzo: Mengele aparece sin ser Mengele. Surge por el temor al costado más oscuro que pueden tener los médicos en el contacto con el poder, en sociedades totalitarias y asesinas como fue el nazismo. Todos sabemos que allí no fue tangencial el papel de los médicos, sino una parte central del plan de matar millones de personas. Estaba leyendo sobre lo que había ocurrido con la medicalización del nazismo, con esa tendencia a ver todo desde lo biomédico. Por otro lado yo estaba muy interesada en cómo la medicina, que tiene una incidencia central en la vida de todos, puede tener también cruces de umbral muy cuestionables en temas de ética médica. Y en eso el médico que encarna ese costado oscuro de la medicina en su máxima expresión es Mengele. Así fue que apareció esa voz que, aunque no esté en la primera persona de la novela, es la presencia de esa medicalización en el texto.
P.: ¿Y la historia?
L.P: Comenzó como un texto tamizado por una voz que no era la de Mengele, pero que ve a los seres humanos que se mueven a su alrededor como especímenes para ser diseccionados. Al aparecer esa voz fui tirando de ella, y fue surgiendo la historia de «Wakolda». En un primer momento fue la curiosidad sobre algo que no es casual: un personaje obsesionado por la pureza racial que desembarca en un continente mestizo, que no termina en un lugar de pureza racial sino deambulando por países latinoamericanos, que si hay algo que los condiciona y los marca es la mezcla de sangres y de genes. A mí eso me pareció una bomba de tiempo.
P.: ¿Su novela de algún modo humaniza a Mengele, lo muestra queriendo curar a Lilith, la chica protagonista, ayudando a la familia de ella en la hostería, en una fábrica de muñecas?
L.P.: Más que humanizarlo, yo no quería caer en el estereotipo del malvado, porque eso es simplificar una cuestión que es más compleja y más perversa, porque esos tipos no eran hijos de puta con un cartel escrito en su frente que denunciaba el peligro. Por el contrario, cuando no estaban en un campo de concentración, y no podían dar rienda suelta a toda su perversión, su oscuridad y su maldad, sino que tenían que ser seres sociales, viviendo con cierto ocultamiento, porque no podían mostrar su ideología, eran hombres muchas veces
-dicho por testimonios de cientos de personas- carismáticos, cultos, que tenían miles de corazas con las que recubrían la perversión. Eso los hacía más peligrosos y complejos. No es casual que cuando salta que Erich Priebke estaba como director de un colegio alemán, decenas de barilochenses salieran a decir que era un viejito adorable, una persona perfecta para la comunidad.
P.: Usted muestra en su novela que Mengele sigue fascinado por los gemelos y por el enanismo.
L.P.: Estaba embelesado por lo que él llama el efecto gemelar. Era algo que lo fascinaba particularmente al punto que no sólo experimentó con gemelos en campos de concentración, haciendo aberraciones de todo tipo, sino que en su período de prófugo en América Latina hay muchos rumores de experimentos con gemelos que siguió haciendo, por ejemplo en una colonia de Brasil y en otros lugares por donde pasó. En cuanto al enanismo, que también manipuló en los campos de concentración, era para él la máxima expresión de la monstruosidad. Estaba encandilado con los tamaños diminutos. Y la familia que encuentra en Bariloche, en mi novela, encarna todas sus obsesiones.
P.: Encima tienen algo de alemanes.
L.P.: La madre es hija de alemanes, casada con alguien que tiene mezcla en su sangre, por tanto los hijos son mezcla de alemán con argentino. Porque el padre de los chicos, Enzo, tiene sangre francesa, italiana, como tantos de nosotros.
P.: Por momentos pareciera hacer un guiño a la novela de Ira Levin que fue base de la película «Los niños de Brasil».
L.P.: La vi muchas veces. Me gusta mucho todo lo que hizo Gregory Peck, y me interesó su caracterización de Mengele, pero es una vez más el estereotipo del malvado, y a mí me interesaba más su fascinación con la genética que con lo bélico. Y no he visto contado con detalle la atracción que tenía el nazismo por la genética, que era lo que a mi me interesaba.
P.: ¿Hay algún vínculo con la película «De eso no se habla» por como es Lilith, esa chica de 12 años que parece de 6?
L.P.: Respecto al enanismo de Lilith, sobre todo ahora que estoy escribiendo el guión, y pensando qué cara busco, no quiero una niña ni siquiera cercana al enanismo. Quiero esos cuerpitos diminutos que no están ligados con eso. Tiene que ser una niña pequeñita con cierto problema de crecimiento. El casting que tengo en la cabeza tiene que ver con la actriz estadounidense Christina Ricci, que es una bella monstruosa, una niña rara. Tiene un cuerpo extraño, una cara extraña, pero no deja de ser hermosa, y al mismo tiempo no lo es. Es el tipo de cuerpo y cara que me interesa.
P.: Hay en Mengele una cierta perversión pedófila, un interés sexual no concretado con la nena de su novela.
L.P.: De todas las novelas que escribí, «Wakolda» es la más perturbadora y la de material más inflamable. Me fue difícil escribirla. Por momentos no tenía bien en claro hacia donde iba. Lo que sí sabía es que no podía ser cobarde como autora si me metía con un personaje como Mengele. Me resultaba interesante no mostrarlo en el estereotipo sino en su complejidad magnética y hasta generando cierta empatía con el lector, porque eso es lo que le pasa a la familia de Lilith, y a Lilith, en la novela, y es lo que nos habría pasado a muchos si nos encontrábamos con alguien así, tan camuflado en una personalidad carismática. Además eso ocurría en una época en que no se tenía el nivel de información actual. En 1960 no había un mundo mediatizado, no se sabía al detalle lo que había ocurrido en los campos, en el sentido del papel protagónico que habían tenido los médicos. Entonces era complejo encontrar el punto de vista desde dónde escribir la novela. Por otra parte, si Mengele quería mantenerse viviendo en la hostería de los padres de Lilith, si quería ser un miembro aceptado de la comunidad, no podía ser un monstruo, no podía andar abusando de los niños, porque lo habrían eyectado inmediatamente. Pero esa tensión de cruzar la línea debía estar ahí todo el tiempo. Y en la medida en que lo hubiera podido impunemente, lo habría hecho. Como autora no tenía que ponerme trabas en eso, pero era difícil a la hora de escribir. Fue una escritura trabajosa. Es la novela que más lentamente escribí, la que más trabajo y reescritura me implicó, y el material que más ganas tenía de sacarme de encima, mandarlo a la editorial y publicarlo.
P.: ¿Por qué divide la novela en des partes, que corresponde al nombre de las dos muñecas claves de la historia?
L.P.: Eso es parte del lado misterioso de la escritura. Cuando escribo no tengo la más mínima claridad acerca del tema que subyace, hacia donde voy. Aparecen elementos con mucha certeza que suenan insólitos. Por ejemplo, por qué iba a dividir la novela entre Wakolda y Herlitzka, o por qué la historia se detiene durante 50 páginas en el cruce de esa familia mapuche con Mengele en medio de una ruta del desierto patagónico, donde las niñas de las dos familias intercambian muñecas, y es donde aparece Wakolda, la muñeca mapuche. Supe en ese momento que la novela se iba a llamar Wakolda, pero no por qué. Y eso me incomodaba mucho. Al llegar al final me di cuenta de que la novela era sobre la pureza y el mestizaje. Insólitamente eso estaba escrito en la primera página, cuando dice: «ésta es la verdadera guerra, pureza o mezcla». El proceso de la escritura es muy misterioso: uno no sabe, pero sabe. Hay un lugar inconsciente donde se sabe de qué se está hablando. Hay autores que tal vez lo ven más rápido, pero, por lo general, yo
tardo más en entender de qué estoy escribiendo, pero trato de confiar en que si aparece un elemento por algo es, aunque uno no tenga la menor idea de por qué, por ejemplo, le puse Wakolda a una muñeca.
P.: ¿Por qué cree que hoy la novela lleva el nombre de esa muñeca mapuche y no el de la chica protagonista, o su muñeca?
L.P.: Lo que le dice la niña mapuche que se la regala a Lilith es que esa muñeca tiene poderes, que fue hecha por una machi, que esconde algo en su vientre que nunca se termina de develar. Esto tiene que ver con el costado místico del nazismo, que era el corazón perverso de lo que querían lograr, esos superhombres arios que encarnaban la pureza racial. Y una muñequita como Wakolda es todo lo contrario, es la cima del mestizaje, de la mezcla, de todo lo otro. Esa muñeca hecha por una machi, que encarna a los chamanes del mundo premoderno, encarna también el contacto que hicieron ancestralmente los médicos en el cruce del umbral entre la vida y la muerte. Y tipos tan poderosos como Mengele hacen contacto con los chamanes del mundo premoderno en un lugar inconsciente de la gente. El chamán es la persona de la tribu preparada para sanar, no para matar. Cuando esos chamanes se convertían en brujos y utilizaban la magia negra generaban un cortocircuito porque se esperaba que sanara y no que matara. Hay algo muy complejo en el médico nazi transformado en un asesino, no en un sanador, que es algo que cuentan los sobrevivientes de los campos. Sabían que esos médicos estaban ahí para experimentar, para matarlos, y no terminaban de entenderlo conscientemente.
P.: ¿A qué está dedicada ahora?
L.P.: Escribiendo una cuarta versión del guión de «Wakolda», planeo filmar a fin de año con producción internacional. Por otro lado estoy escribiendo cuentos porque quedé muy cansada con «Wakolda» y quería una forma más breve. Y estoy haciendo una serie, «Prematuros», que ganó un concurso de televisión digital del Incaa, que es sobre los prematuros y las redes que hacen sobrevivir a los prematuros, médicos, padres, abuelos, enfermeras.
Entrevista de Máximo Soto


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