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El maldito ajuste ortodoxo (o una mezcla)
El déficit del Gobierno nacional durante 2013 fue de u$s 18.000 millones. Éste es el déficit que se debe eliminar si se quiere transitar 2014 sin emisión monetaria inflacionaria, y seguramente si se pretende dejar de perder reservas. El gasto primario total, sin intereses, fue de u$s 133.000 millones, y para deducir por dónde puede venir un ajuste fiscal hay que concentrarse en prácticamente sólo 3 rubros: salarios, por u$s 25.000 millones; prestaciones a la seguridad social, por u$s 49.000 millones; y subsidios al sector privado, por u$s 28.000 millones. Así, si se intenta practicar un ajuste fiscal por el lado de los gastos, como ya veremos el más ortodoxo de los ajustes, el mismo recaería sobre partidas por un total de u$s 102.000 millones, las que debieran reducirse casi en un 18%. Más aún, el efecto del ajuste en la capacidad de gasto de la gente involucrada es doble, puesto que verían reducidos sus ingresos en un 18%, pero al mismo tiempo tendrían que pagar más caras las tarifas por la reducción de subsidios.
Más que obvio, un ajuste de esta naturaleza no aparece como atractivo para ningún político que pretenda seducir a votantes o seguidores. No es de extrañar entonces que el Gobierno niegue que esté ejecutando o esté por ejecutar un ajuste, ni que toda lo oposición intente desenmascararlo para que pague los costos políticos, porque cuando de votos se trata, es casi una regla que "el que ajusta pierde".
¿Pero es inevitable el ajuste? ¿Lo podrá hacer este Gobierno en forma exitosa? ¿Necesariamente el que ajusta pierde?
Frente a un déficit fiscal, la alternativa más simple es la del financiamiento crediticio, para lo que se requiere tener acceso al crédito y pagar una tasa de interés que paulatinamente irá engordando el déficit. Esta alternativa es sólo transitoria, no es sostenible en el tiempo, puesto que nadie quiere prestar indefinidamente sumas crecientes, por lo que la tasa de interés comenzará a subir exponencialmente hasta que tarde o temprano el financiamiento se hace inviable y de alguna manera habrá que ajustar. El actual Gobierno no se ha preocupado por tener acceso al crédito durante toda su trayectoria, y ha optado por financiar el creciente déficit fiscal con simple emisión monetaria, en apariencia mucho más barato que endeudarse a una tasa de interés creciente. El problema es que la gente también se cansa de la inflación y de la devaluación persistente de la moneda, y llega un momento en que huye masivamente de los pesos y se vuelca a la caza de dólares y de las reservas del Banco Central. Y cuando no se pueden perder más reservas, si no se puede financiar el déficit, ni con créditos ni con emisión, no queda más remedio que ajustar. Entonces, pareciera que hoy por hoy el ajuste es la única alternativa. Aunque tampoco habría que descartar que temerariamente el Gobierno intente una mezcla de ajuste con algo de financiamiento muy caro, hasta del 30% anual, y con alguna dosis relativamente más moderada de emisión monetaria, con el riesgo de una nueva corrida y crisis cambiaria. Pero más allá de distintas hipótesis, si de ajuste se trata, cualquiera se dará cuenta que el más doloroso de los ajustes es el que se ejecuta por el lado de los gastos del Gobierno: es muy duro para los que lo sufren directamente, y es duro para los que los sufren indirectamente por sus efectos recesivos en toda la economía.
Menos doloroso sería el ajuste por el lado de los ingresos, opción que presenta dos alternativas bastante distintas. Una es aumentar la presión impositiva, lo que representa aliviar el dolor de los empleados públicos y jubilados pero trasladándoselo a las empresas, lo que aparece prácticamente inviable dada la saturada capacidad contributiva de las mismas y la ya elevada presión tributaria en términos históricos.
La otra alternativa es que aumenten los ingresos con igual o menor presión tributaria, sólo lograble a partir del crecimiento económico. Esto es, mantener los gastos del Gobierno como están, sin ajustes ni dolores, procurar financiamiento transitorio y tener un plan que demuestre cómo a lo largo del tiempo el déficit se va eliminando a medida que va aumentando la recaudación fiscal, no por mayores tasas impositivas, sino por mayor actividad económica y mayor capacidad contributiva de las empresas. Esto sería un plan "no ortodoxo", un heterodoxo "salto hacia delante", pero que requiere de un plan, del crédito y de credibilidad. Bajo este esquema, el crédito es esencial para financiar temporalmente el déficit, hasta que se elimine sin traumas a expensas del crecimiento económico.
En cambio, un ajuste ortodoxo, el 100% por el lado del gasto, requiere de mayor esfuerzo y sacrificio inicial, pero no por ello estará condenado al fracaso si se ejecuta con firmeza política y con consistencia técnica. Ambos requisitos son esenciales para generar confianza, porque el desafío es lograr que rápidamente todo lo que se contrae el gasto por el ajuste fiscal ortodoxo se expanda al mismo tiempo a partir del sector privado, al revertirse la huida de capitales, aumentando el gasto y la inversión productiva interna. Plan, consistencia técnica, crédito, firmeza, confianza, credibilidad... ¿Los tendrá el Gobierno ? La duda es importante, porque cuesta entender cómo se llegó a la actual situación si los precios de las exportaciones siguen elevados, las tasas de interés internacionales siguen bajísimas, no hay crisis de deuda, no hay efectos contagio por crisis de países emergentes o vecinos, no hubo ninguna catástrofe natural importante, se han descubierto importantísimos yacimientos de petróleo y gas, y el crecimiento desde hace diez años ha sido fenomenal. Indudablemente, frente a semejantes condiciones favorables y de tanta bonanza, algo se ha hecho mal.


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