15 de agosto 2008 - 00:00

El virus desembarca en Europa y Japón

Jean-Claude Trichet
Jean-Claude Trichet
La saga de las hipotecas no pudo todavía torcerle el rumbo a la economía de los Estados Unidos. Pese al tiempo transcurrido, los vaticinios de una cruda recesión -tan numerosos desde fines de 2007- aún no acreditan su confirmación. Sin embargo, el oleaje incesante de la crisis crediticia -sumado a la tenaza que provocan los altos costos de la energíaarroja ya evidencias de graves estragos. EE.UU. se mantiene azarosamente a flote, pero las economías de Europa (dentro y fuera de la zona del euro) y Japón se contrajeron los tres últimos meses a junio.

Contra todos los pronósticos, la tesis del desacople -que sostenía la capacidad del resto del mundo de soportar indemne el chubasco en los EE.UU.- funcionó muy bien hasta principios de año. Pero la profundidad de la integración internacional (que alentó también la propagación del virus de la inflación) terminó prevaleciendo como cabía esperar. Y el milagro desatanudos se interrumpió, con brusquedad, en el segundo trimestre.A medida que emergen las estadísticas oficiales, se comprende mejor la magnitud del daño. La Europa del euro redujo su nivel de actividad 0,2% (0,8% anualizado) en abriljunio tras un primer trimestre inusualmente robusto. Lo más importante, sin embargo, es la ruptura del patrón regional de dos velocidades que mostraba un núcleo sólido (liderado por la expansiónde Alemania) y una debilidad creciente en la periferia mediterránea e Irlanda. Esa distinción -clave para propiciar la suba de tasas del Banco Central Europeo a cargo de Jean-Claude Trichet el 3 de julio-se tornó borrosa. Mientras una España vapuleada por su propia desventura inmobiliaria se las arregló para esquivar un declive (+0,1%), Alemania se hundió 0,5% (es decir, 2% anualizado). Otros integrantes del hasta ahora núcleo firme (que aloja, a su vez, a los miembros más duros del Consejo Monetario) revelaron similares tropiezos: Holanda se estancó y Francia retrocedió 0,4%.

Únicamente Austria permaneció a salvo de la ventisca. La acentuada fortaleza del euro -que tan sólo en las últimas semanas comenzó a ceder-y el rigor del BCE --que se resistió al canto de sirena de la baja de tasas de interés-no explican, por sí mismos, el curso de los acontecimientos. No solamente los datos computados son previos a la suba de tasas de julio, sino que todavía el crédito al sector privado evoluciona a un ritmo generoso de dos dígitos al año (a diferencia del freno ostensible que se verifica, por ejemplo, en los EE.UU.; pese al activismo de su política monetaria). Así, la Unión Europea en su conjunto -los 27 países y no sólo los 15 que militan en la eurozonaacusa las huellas de la pesadez. En el segundo trimestre, el nivel de actividad agregado declinó 0,1% (0,4% anualizado). Más aún: muy lejos de la órbita de influencia europea, Japón denota los síntomas de igual enfermedad. El frenazo del segundo trimestre fue por demás rotundo: la economía se contrajo 0,6% (2,4% anualizado).

Paradoja de la evolución cambiante de la crisis, EE.UU., pese a habitar el ojo del huracán hipotecario, protagonizó el único desempeño elogiable del segundo trimestre. El nivel de actividad exhumó impensados bríos con un aumento de 0,6% (1,9% anualizado) que, tras la reducción del déficit comercial de junio, superior a lo estimado, podría ser corregido al alza. Todavía más: si se extiende el horizonte de análisis al último año completo, Japón incrementó su producto bruto 1% real, la zona del euro registró un avance de 1,5% mientras que la Europa de los 27 anotó 1,7%. Con todas sus vicisitudes a cuestas, EE.UU. se las arregló para redondear un respetable 1,8%. ¿Cómo fue posible? No hay secretos. Nadie tomó medidas más decididas para ahuyentar los efectos de la crisis que Washington. Tasas de interés, dólar, política fiscal, todo lo que estaba a mano (más lo que hubo que inventar sobre la marcha) se volcó al asador. Con éxito, en el inventario provisorio. Pero la historia todavía no terminó.

Más que por los sacudones de las hipotecas y los balances bancarios, la dinámica que se insinuó en el segundo trimestre (y se profundiza en el corriente) está gobernada por la fortísima escalada de los precios de la energía. Hay, en efecto, un denominador común: el comportamiento del consumo.

La reducción observada, tanto en Europa como en Japón, sigue los pasos de la brutal contracción del poder de compra de los consumidores a raíz del encarecimiento de los combustibles. Es verdad que el mismo fenómeno de carestía se verificó también en EE.UU., pero allí enfrentó una realidad muy diferente. La política fiscal habilitó una disminución temporal de la carga impositiva, con generosas devoluciones de tributos (cobradas hasta principios de julio). De esa manera, el consumo pudo sobrellevar el embate. Pero también en EE.UU. --finalizados los giros a vuelta de correo-el gasto comenzó a enfriarse de prisa. Entre puntas, no sería extraño que el consumo decaiga cuando cierre el tercer trimestre.

Si se comparan promedios, la merma aflorará en el cuarto. Por último, el desacople inverso -entre la llamativa resistencia de la economía estadounidense y los signos de fatiga del resto del mundo-tampoco es una apuesta duradera. El principal impulso que hoy tracciona a EE.UU. son sus exportaciones netas. Si sus socios comerciales se desaceleran, tarde o temprano, transmitirán sus efectos.

De ahí la enorme importancia de la violenta reversión que, desde mediados de julio, muestran los precios de la energía y alimentos. No sólo porque desactivan la necesidad de ceñir el cinturón de la política monetaria -cuando en los EE.UU., por ejemplo, la lectura anual de inflación minorista ya llegó a 5,6%-sino porque su traducción directa en mayores precios en el surtidor (o en los mostradores) ya comenzó a gravitar peligrosamente en los niveles de gasto y actividad. ¿Alcanzará su magnitud para contrarrestar la inercia acumulada? ¿O llegará demasiado tarde para impedir el sino de la recesión internacional? La impresión es que, si la baja de precios de la energía y las materias primas persiste, todavía se está a tiempo.

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