2 de mayo 2013 - 00:00

En su debut argentino, Kent Nagano electrizó al Colón

El público correspondió con su más sonora ovación a la soberbia actuación del director Kent Nagano al frente de la Sinfónica de Montreal.
El público correspondió con su más sonora ovación a la soberbia actuación del director Kent Nagano al frente de la Sinfónica de Montreal.
Orchestre Symphonique de Montréal. Director: Kent Nagano. Obras de R. Wagner, F. Liszt y J. Brahms (Mozarteum Argentino, Teatro Colón, 29 de abril).

El debut argentino de Kent Nagano, el gran director norteamericano de origen japonés, no podría haber sido más feliz, no sólo porque su performance fue extremadamente inspirada sino porque el presentarse junto a la orquesta de la que es titular desde hace más de 6 años, la Sinfónica de Montréal, garantizó que su maestría tuviera el mejor vehículo de expresión.

El primero de los dos programas que ambos brindaron para los ciclos respectivos del Mozarteum Argentino contrapuso inteligentemente dos estéticas románticas casi enfrentadas: en la primera parte, Wagner y Liszt, en la segunda Brahms. Y en todas las instancias de este menú la maestría de Nagano, su capacidad de concebir y llevar a la práctica las proezas sonoras más extraordinarias (en las manos de ese maravilloso instrumento que es el ensamble canadiense) iluminaron este emocionante encuentro entre el director y el público porteño.

Podría decirse que Nagano trabaja el sonido con una "materialidad" inusual, como algo casi tangible, como una sustancia prima levísima o densa según las necesidades expresivas. Y este trabajo de alfarero es llevado a cabo sin una fingida extroversión, sin artificios gestuales, con movimientos perfectamente eutónicos, con una mirada poderosa y exacta a los músicos. Por momentos su desempeño evoca el de un organista manejando con gesto suave los registros de un órgano colosal, y algo de eso hay en su talento para construir "bloques" sonoros perfectamente definidos, como se advirtió por ejemplo en las páginas wagnerianas del comienzo (obertura y música de ballet del "Venusberg" de la ópera "TannhTMuser") y el primer bis (preludio al acto tercero de "Lohengrin"). Notable es también la respuesta de la orquesta a las indicaciones dinámicas: la mano del director flamea y no hay distancia entre el gesto y la intensidad obtenida.

Al canadiense de origen ucraniano Serhiy Salov le tocó acometer el bello y extraño "Concierto en La mayor" número 2 de Franz Liszt (mucho menos transitado que el primero), y en él su toque sensible se integró perfectamente a un conjunto instrumental sin fisuras en el que sobresalieron los solos de cello, oboe y flauta que entablan con el piano diálogos breves y camerísticos.

Es difícil concebir una buena interpretación de la gran música de Johannes Brahms sin un manejo perfecto de las estructuras y los engranajes de la orquesta pero sin perder el brío, la pasión y el lirismo, y por esta razón el equilibrio entre intelectualidad y vigor que transmite Nagano fue su carta de triunfo al abordar la "Sinfonía en Mi menor" número 4, donde su claridad retórica tomó forma en un conjunto perfectamente cohesionado. Luego del primer bis ya enumerado, otros dos hicieron subir aún más la temperatura: la "Farandole" de la música incidental para "La Arlesiana" de Bizet y el final del "Bolero" de Ravel, donde la Sinfónica de Montreal alcanzó su mayor potencia (inolvidables los rugidos de los metales y los gritos de las cuerdas) y el público correspondió con su más sonora ovación, en una entrega mutua que electrizó al Colón como pocas veces.

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